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Vuelta al balón

Por Yolanda Camacho Zapata

Diciembre 20, 2022 03:00 a.m.

A

Creo que fue Javier Marín el que dijo que el futbol nos gusta porque nos devuelve a la infancia. Nadie que haya nacido de este lado del mundo ha pasado su niñez sin haber vivido una cascarita callejera. Los equipos en ese momento se volvían bandos por los cuales valía la pena dar la sangre derramada por las salvadas de un gol que se veía venir. Nada en ese momento es más importante que conservar el balón, dar el pase exacto y lograr que el universo se condense adentro de una portería. 

Recoger pedazos de la infancia no es tarea fácil. Entre pagar hipotecas, cuidar hijos, estar al pendiente de papás, conservar el trabajo y lograr que esto de ser adulta salga razonablemente bien, lo cierto es que  encontrar a la niña interior resulta más difícil que recuperar el Arca de la Alianza. Quizá por eso hay tanta gente a la que le gusta la navidad: los conecta con aquello que fue. El olor a los tamales que preparaba la abuela, la emoción de recibir un regalo, el jolgorio con la familia, las preocupaciones en pausa y las pasiones desatadas para atrapar un bubulubu en el suelo después de romper la piñata. Añoramos entonces la vida simple de la infancia y la ligereza de aquello que en su momento no era importante: la presencia de los que ya no están, el roce genuino con aquello que fuimos y con  aquello que prometimos ser.

El fútbol tiene un efecto similar, por eso, hasta aquellos que permanecemos inmunes todo el año, caemos ante el seductor hechizo de la final de un Mundial y nos permitimos gritar por un equipo del cual sabemos, si acaso, dos o tres nombres. Así, el partido se convierte en un lazo sin nudos con el que se puede hacer lo que uno quiera: los ignorantes nos volvemos técnicos, si no sabemos estadísticas, las buscamos en Google y si hay un dios, lo adoramos. Messi, como ese gran Odín que a punta de patadas se ha convertido en el padre de los dioses, aquél que posee en la punta del pie principios y finales. Messi, el que sabe que está en la cumbre y por eso se alista para el final. Mbappe como el posible heredero, el que tiene el ímpetu, la ambición y el talento; pero también la inmadurez  altiva de que sabe que le toca esperar para recibir el trono, pero se resiste a hacerlo y por eso acaba subiendo al podio con cara de niño emberrinchado. 

El tiempo extra y los penales nos llevan a esa sensación de la Nochebuena, cuando presentimos que los regalos amanecerán al pie del pino, pero nos carcome la incertidumbre por saber si será lo que nosotros pedimos, aquello que deseamos, que seguramente no necesitemos, pero que nos hace falta. Luego, vienen los goles, la euforia al romper la envoltura del regalo y descubrir que hay un balón certero, un marcador favorable. Pero también está la decepción de quienes esperaban una bicicleta con llantitas y tiras de colores en los manubrios y en su lugar reciben un conjunto de suéter beige acompañado con pantalón de pana. No queda mas que decir “gracias” y retirarse en silencio pensando que la pana no se va a ver bien cuando uno quiera ir a la calle a sacudirse la ira a puro balonazo.  

Los juegos de poder se definen en la infancia: manda el dueño del balón. Si Juanito, el hijo de don Juan el de la tienda fue el afortunado en recibir ese regalo esférico envuelto en papel blanco con dibujos de flor de Nochebuena, sabemos que él será el amo de la cuadra, el que decide cuándo empieza el siguiente partido y definirá cuándo se cierra el torneo porque ya le están gritando que entre a merendar. Sí, Juanito es la FIFA, el jeque, el dueño del besht, esa túnica ceremonial catarí con la que Messi fue cobijado. Juanito manda con más tiranía que Musolini, porque para eso y más da el balón. 

El fútbol y la navidad bien podrían fungir de portales hacia dimensiones que hoy se antojan añoradas; por eso, qué más da si no sabemos nada de alineaciones en la cancha o en la mesa alrededor del pavo: quizá valga la pena cruzar los umbrales y desde el pasado, saber qué hacer con el futuro, tirar el balón con el deseo de atinarle a la portería.

Por mi parte, lectora, lector querido, le agradezco otro año de abrir páginas reales y virtuales en este Pulso nuestro. Me tomaré una semana de vacaciones, así que les veo en enero. Le deseo que el año que entra viva usted con la misma pasión con la que se tira uno al suelo para ganar el último bubulubu y que los partidos que tenga que jugar el año que entra, estén cargados de goles.