Pero no se trata de los pobres de siempre, sino de cierta clase política que ya no podrá hacer de las suyas con las necesidades de la gente al amparo del poder público. En el “antiguo régimen”, dominado por el priísmo “dinosáurico”, se hizo de esas necesidades un catálogo de perversas “virtudes políticas” para lucrar económica y electoralmente, sobre todo con los trabajadores del campo mexicano, llegando al extremo de considerarlos como el famoso reservorio del “voto verde”. Pero los campesinos resistieron y siempre acudieron a contradecir las supuestas bondades prodigadas por los gobiernos de ese régimen anciano. Arturo Warman dejó constancia de ese tipo de resistencia social frente al poder del Estado mexicano en un texto célebre cuyo título parafraseamos para referirnos a otros personajes que, ahora, ante la llegada de un nuevo régimen político, como el que se propone instaurar Andrés Manuel López Obrador (AMLO), se manifiestan en contra de todo y hasta descalifican por adelantado, pero más bien para contradecir…se.
No deja de ser paradójica esta situación porque mientras los pobres de México manifiestan una fundada esperanza en el gobierno de AMLO, un sector de la clase política que aquí identificamos la semana pasada como “los mochos”, ya se desgarran las vestiduras hasta por situaciones a las que ni siquiera se ha referido el nuevo presidente de México, haciendo hasta inferencias de muecas y gestos del mandatario con la pretensión de encontrar claves de su comportamiento venidero. Pero el caso más patético es el de los panistas encabezados por su nuevo dirigente nacional, un tal Marko Cortés (sí, se escribe con K) que anda como “chivo en cristalería” convocando a propios y extraños a contradecirse con respecto al ejercicio de gobierno de AMLO, adelantando que “dizque” no permitirán un gobierno “autoritario” y lanzando a los legisladores federales panistas al ridículo cuando al cuestionar en la toma de protesta el planteamiento obradorista sobre la reforma energética, cuando fueron los panistas quienes avalaron esa reforma que aceleró el gasolinazo.
Bien lo dijo AMLO: ahora resulta que esos que andan alborotando la gallera, fueron los que avalaron y aplaudieron la grave crisis que padece México. Esos “mochos” que más bien se dedicaban a negociar sus “moches”, nada dicen de los gobiernos de la “docena trágica” de Fox y Calderón que, a su vez, forman parte de ese viejo régimen que Lorenzo Meyer nos recuerda fue el de una larga noche que “incluye los años de preparación del terreno para la aparición del PRI como partido de Estado en 1929 (el entonces PNR) y los doce años de convivencia con el PAN en la Presidencia, pero que, en la práctica, no significó una ruptura en la naturaleza del ejercicio del poder” (artículo “El fin del principio” en “El Universal”, 2 de diciembre de 2018). El “siglo priísta”, pues, “caracterizado en su segunda mitad por la capacidad de la clase dirigente para administrar su decadencia, por prolongarla hasta el momento en que, sin otra salida viable, aceptó entregar el poder sin violencia y sin aspavientos” (Ibid.).
Por eso, los tempranos aspavientos de algunos panistas no evidencian más que las ganas de estar haciendo el ridículo porque convocan a contradecirse, invocando el respeto (en abstracto) de libertades y derechos que (en la realidad concreta) sus más conspicuos representantes han violentado. Por eso, si de adelantar vísperas se trata, lo que más bien se avizora es lo que Meyer denomina como “el fin del principio”, el fin de ese ciclo priísta que en los últimos años alcanzó el cénit de una lenta como sistemática descomposición institucional propiciada por la corrupción más desaforada. Descomposición que, a su vez, generó una larga como tenaz oposición de quién hoy es Presidente de México, a través de un amplio movimiento social que tuvo la virtud de contradecir, de manera pacífica, organizada y contundente los agravios ocasionados al pueblo mexicano. AMLO, ya investido como Presidente Constitucional, ha planteado con claridad los retos del nuevo gobierno y, más todavía, ha ofrecido no fallar a la confianza en él depositada, haciendo lo necesario “para obstaculizar la regresión”. Así las cosas, pareciera que los tempranos agoreros del desastre “no entienden que no entienden”. Conceder, por lo menos, el beneficio de la duda es, por definición, lo más razonable.
No deja de ser paradójica esta situación porque mientras los pobres de México manifiestan una fundada esperanza en el gobierno de AMLO, un sector de la clase política que aquí identificamos la semana pasada como “los mochos”, ya se desgarran las vestiduras hasta por situaciones a las que ni siquiera se ha referido el nuevo presidente de México, haciendo hasta inferencias de muecas y gestos del mandatario con la pretensión de encontrar claves de su comportamiento venidero. Pero el caso más patético es el de los panistas encabezados por su nuevo dirigente nacional, un tal Marko Cortés (sí, se escribe con K) que anda como “chivo en cristalería” convocando a propios y extraños a contradecirse con respecto al ejercicio de gobierno de AMLO, adelantando que “dizque” no permitirán un gobierno “autoritario” y lanzando a los legisladores federales panistas al ridículo cuando al cuestionar en la toma de protesta el planteamiento obradorista sobre la reforma energética, cuando fueron los panistas quienes avalaron esa reforma que aceleró el gasolinazo.
Bien lo dijo AMLO: ahora resulta que esos que andan alborotando la gallera, fueron los que avalaron y aplaudieron la grave crisis que padece México. Esos “mochos” que más bien se dedicaban a negociar sus “moches”, nada dicen de los gobiernos de la “docena trágica” de Fox y Calderón que, a su vez, forman parte de ese viejo régimen que Lorenzo Meyer nos recuerda fue el de una larga noche que “incluye los años de preparación del terreno para la aparición del PRI como partido de Estado en 1929 (el entonces PNR) y los doce años de convivencia con el PAN en la Presidencia, pero que, en la práctica, no significó una ruptura en la naturaleza del ejercicio del poder” (artículo “El fin del principio” en “El Universal”, 2 de diciembre de 2018). El “siglo priísta”, pues, “caracterizado en su segunda mitad por la capacidad de la clase dirigente para administrar su decadencia, por prolongarla hasta el momento en que, sin otra salida viable, aceptó entregar el poder sin violencia y sin aspavientos” (Ibid.).
Por eso, los tempranos aspavientos de algunos panistas no evidencian más que las ganas de estar haciendo el ridículo porque convocan a contradecirse, invocando el respeto (en abstracto) de libertades y derechos que (en la realidad concreta) sus más conspicuos representantes han violentado. Por eso, si de adelantar vísperas se trata, lo que más bien se avizora es lo que Meyer denomina como “el fin del principio”, el fin de ese ciclo priísta que en los últimos años alcanzó el cénit de una lenta como sistemática descomposición institucional propiciada por la corrupción más desaforada. Descomposición que, a su vez, generó una larga como tenaz oposición de quién hoy es Presidente de México, a través de un amplio movimiento social que tuvo la virtud de contradecir, de manera pacífica, organizada y contundente los agravios ocasionados al pueblo mexicano. AMLO, ya investido como Presidente Constitucional, ha planteado con claridad los retos del nuevo gobierno y, más todavía, ha ofrecido no fallar a la confianza en él depositada, haciendo lo necesario “para obstaculizar la regresión”. Así las cosas, pareciera que los tempranos agoreros del desastre “no entienden que no entienden”. Conceder, por lo menos, el beneficio de la duda es, por definición, lo más razonable.

