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Fabiola Juárez, sobrexpuesta a la violencia

Por PULSO

Junio 26, 2022 03:00 a.m.

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Cuenta Fabiola Juárez Rodríguez que en un choque automovilístico siempre hay tres impactos: el del carro con la estructura contra la que se estrella, el de las personas a bordo contra el auto y al interior, el de los órganos chocando con fuerza entre sí. 

Menciona haber sido diagnosticada con Síndrome de Estrés Postraumático tras siete años siendo fotoperiodista de la nota roja. 

Si bien nunca imaginó trabajar en este espacio, un profundo anhelo de independencia la llevó a un camino en el que tenía que aprender a utilizar la cámara si quería sobrevivir.  

Fabiola buscaba convertirse en docente y dedicarse a la investigación al egresar de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación. Sin embargo, como una de las tantas aventuras que nos prepara la vida, se vio envuelta en el mundo de la nota roja tras recibir un “sí” luego de haberse acercado a un periódico buscando trabajo. 

Con cámara en mano y un radio programado de forma exacta, se involucró en el frenesí que provocan las patrullas y las ambulancias. Salía con la adrenalina a tope a circular por la “70”, “Delta Julieta” o el “Eje” con el anuncio entrecortado de un “14”, un “51” o un “24”. Números que se asemejan a aquellos moños negros que se colocan en las casas con el propósito de anunciar una muerte. 

Sus salidas repentinas levantaron sospechas entre algunos miembros de sus círculos más cercanos, quienes comenzaron a cuestionar la veracidad de su labor. Con el eco de un “5-Alfa” y un “28”, decidió que lo mejor era migrar. Este impulso, además, llegó como una respuesta ante la advertencia de que cualquier amenaza que llevara su nombre, indefectiblemente llegaría a quienes le habían dotado de apellido.

La salida de casa no fue sencilla. Me dice que la idea del amor romántico la llevó a involucrarse con un par de uniformes vestidos de poder y adrenalina, equiparando su trabajo con su hogar. 

La escucho y aunque sé que esta historia no es mía y que la amistad entre nosotras suma apenas un encuentro, me identifico con los celos, el acecho y la tensión. Entre ella y yo hay dos vidas que apenas se conocen y sin embargo, parece que ambas atravesamos por lo mismo.

Este recuerdo le revela otros impactos y me cuenta de aquella vez en la que su silueta se volvió moneda de cambio entre colegas y miembros de las “fuerzas del Estado”. 

En un punto se vio involucrada en el delirio de un reportero quien imaginó una relación con ella y se dedicó a difundir descripciones ilusorias sobre la relación que su mente trastornada imaginó. 

Fabiola tuvo que actuar rápido para esquivar estos embates y afortunadamente lo logró. Ella retrataba víctimas sin saber que se había convertido en una. 

A lo largo de nuestra charla, Fabiola ha insistido en la complejidad que reviste retratar las escenas que componen la nota roja y que ella nombra como “dolor”.  

Fue precisamente esto, la empatía con la tragedia ajena, lo que la enseñó a bajar la cámara, a no fotografiar, a devolverle la dignidad a quienes nos han acostumbrado a reconocer a partir de conjugaciones anacrónicas. 

Nos abraza el silencio y reflexiono sobre sus palabras. Lo que hace Fabiola para ella y para todas nosotras es resistir. El fotoperiodismo en ella es resistencia.  

En medio de esta historia, se reportó la desaparición de Nayeli Alfaro Silva el día 24 de marzo de 2022. Fabiola me cuenta que ha seguido puntualmente la cobertura de este caso y me parece que más que un deber como periodista, esta historia le atraviesa profundamente. 

Le pregunto cómo se tramita su dolor y oscila entre el “es difícil” y el “No poder”. Reconquistar el suelo -y el aliento- puede parecer sencillo, pero no lo es. Hay veces en las que los recuerdos irrumpen descaradamente invadiendo su tranquilidad y se ve obligada a parar. 

Fabiola reconoce que ya no es la misma de antes. Su espíritu y su cuerpo han cambiado con el paso de los años. Los días de adrenalina le cobraron factura. “Siento algo adentro, pesado, que no me deja mover”, señala. Como si le hubieran tocado los impactos de un auto estrellándose contra un muro. 

Entre la gravedad de las historias que ha cubierto y las peripecias de su propia vida, la pesadez se presenta como algo normal, un síntoma de la sobreexposición a la violencia, dentro y fuera del medio. 

A punto de finalizar nuestra conversación, recuerda la ocasión en la que fue agredida por taxistas, o lo ocurrido en San Luis luego del lamentable asesinato de Édgar Daniel Esqueda. Me comparte las dudas que le abordan y que le hacen cuestionar la necesidad de sus retratos. 

¿Valdrá la pena?, cuestiona.

Lo pienso un instante y le digo sí Fabiola, tus retratos valen la pena

Por todas las víctimas que han sido despojadas de nombre. Por la historia de aquellas cuya muerte es justificada, escondida y negada. Por la posibilidad siniestra que ronda sobre todas nosotras. Porque seas tú quien vele por nuestra dignidad y memoria. Por Nayeli y Alicia. Por Janín, Fátima, Aída, Montse.

Por Eva, Alejandra, María. Pero —sobre todo—, por ti.

Brenda González Lugo