La noche potosina de Ofelia Medina

La noche potosina de Ofelia Medina

Más de un año tardaron en convencerla de que aceptara un reconocimiento de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí a su trayectoria artística. Anoche, Ofelia Medina bailó danzón, disfrutó el Huapango de Moncayo, recitó a Sor Juana y a Rosario Castellanos, hizo corear el Cielito Lindo y bajó del tapanco para encontrarse en un abrazo, de uno por uno, con el público que llenó la sillería calculada con medidas sanitarias en el Patio del Edificio Central.

Había dicho que no y que no a Lucía Delgado Oviedo, de Arte y Cultura de la UASLP, quien la contactó para hacerle la propuesta del festival de cine universitario. Anoche ella misma reconoció que estaba feliz en San Luis e hizo votos porque la pandemia no nos robe más la dicha de abrazarnos.

En alguna de esas conversaciones de mucho insistir para que viniera, la actriz, recién laureada con el Ariel de Oro a su trayectoria, propuso a su interlocutora que mejor le hicieran un reconocimiento a doña Conchita Calvillo de Nava, con quien convivió en la zona zapatista de Chiapas. El punto es que doña Conchita no tiene relación con el cine y se trata de un festival cinematográfico. 

De esa mutua admiración entre la viuda del doctor Nava y la actriz, involucrada de hace años en acciones en pro de la niñez indígena, el cielo se abrió para la gestión de su presencia en el festival: aceptó por fin, pero eso incluía ir a ver a Conchita. Al público que la aplaudió y disfrutó, le confesó con humor que le parecía excesivo un homenaje por ese tipo de cosas son para gente "más ruca que yo".

El Huapango de Moncayo la animó desde el inicio de la ceremonia. Impredecible, artista al fin, bajó del tapanco y agradeció a los primeros músicos, muchachos universitarios la mayoría; luego, abrazó a uno, abrazó agradecida al director de la orquesta... y así se fue, abrazo tras abrazo, como fin de pesadilla pandémica y celebración de amar profundamente la vida.

Dice que es peleonera, dura, y por eso recurre a las voces de otras mujeres. Recitó las líneas de la monja que buscó poner bellezas en su entendimiento. Y recitó a Rosario Castellanos. 

Alzó el reconocimiento como una campeona. Pero si ese gesto no fuera suficiente para expresar su felicidad, cuando la orquesta ejecutaba un cadencioso danzón, bajó del podio y animó a bailar a cuanto presente, de la jerarquía, género, fortuna, catadura o pelaje que fuera, a bailar con ella.

Le habían dicho que en San Luis las noches eran frías. El clima estuvo de buenas al cierre de un día cálido. Una funcionaria municipal se acercó de parte del alcalde, Enrique Galindo, con un rebozo palomo en una cajita de marquetería. La actriz lo apreció y se lo puso de inmediato, encantada; portó la prenda en la cena, feliz, generosa con quienes la acompañaron.

Noche cálida e inmensa, como su trayectoria.