Le propongo un ejercicio. Es breve. Haga una lista de diez asuntos que en su opinión, el gobierno –en cualquiera de sus ámbitos- debe resolver. Tenga cuidado: resolver no es lo mismo que atender.
¿Ya quedó?. Es probable que la lista que Usted elabora se relacione directamente con su entorno, con sus valores, sus expectativas y su experiencia de vida. También es probable que si compara esta lista con la que puedan hacer sus parientes en la comida del domingo, encuentre algunos puntos en común. Lo que interesa aquí son las diferencias. Todos observamos la misma realidad, pero solemos interpretarla de manera distinta a partir de un conjunto de escalas relativas de lo que es importante, necesario y urgente.
Soy de la idea de que la población tiene la capacidad de distinguir entre lo que quiere y lo que necesita. Me alejo de una noción mítica del pueblo bueno y sabio, pero sí creo que contamos con métodos participativos para conocer lo que la población considera como prioritario e importante.
A Joseph Schumpeter no le gusta eso. En su obra habló de la imposibilidad lógica y matemática de establecer un criterio unívoco de lo que sea que signifique el bien común. Existe la voluntad popular, pero solo se puede alcanzar a través de un acuerdo racional colectivo; y para él, este acuerdo se logra a través de elección de individuos que actúan en favor de la voluntad del pueblo.
Nuestro problema viene cuando la listita de los nuestros diez asuntos no se asemeja mucho a la de los individuos elegidos para actuar en favor de la voluntad del pueblo, cuando se impone otra listita de asuntos o cuando nuestros asuntos no son admitidos para ser incorporados en la lista de los temas por resolver. Puede ser peor: hay quien simula que escucha a la población.
Durante años he sabido de todo tipo de justificaciones que sostienen esta postura. Las más frecuentes se aglutinan en dos argumentos: El voto habilita y legitima las decisiones del representante; y el pueblo no tiene la madurez colectiva para expresar sus preferencias con visión de estado. Estas justificaciones contienen, en el fondo, un claro distanciamiento del valor que un gobierno tiene por la sociedad a la que se debe. Se trata, en el mejor de los casos, de la visión de una sociedad sin capacidad de entender su propia realidad.
Dejemos a Luis XIV la ficción del rey sabio y omnipotente. Pensar en una noción moderna de gobierno implica la capacidad de establecer una agenda de asuntos públicos desde el reconocimiento legítimo de las preocupaciones de la gente. Gobernar democráticamente requiere de método, pero también de voluntad.
La formulación de agendas ciudadanas es indispensable en este momento de la vida pública donde los problemas públicos parecen rebasar a la capacidad de un gobierno de reconocerlos como tales. Aún más de poder intervenir en ellos para aspirar a resolverlos. Estas agendas dependen de la voz de sociedad plural que presenta, desde la riqueza de su heterogeneidad, una visión completita de lo que un gobierno debe hacer.
Soy de la idea que la democracia también se relaciona con la eficacia. Un gobierno aprende en la medida en que desarrolla métodos de agregación de problemas, necesidades y demandas de la población. La política pública debería ser la variable dependiente que responde a estos insumos. Quienes realmente creen en las bondades del gobierno abierto entienden que la inteligencia colectiva también es colaboración.
Twitter. @marcoivanvargas

