Contra la corrupción

De manera consistente con el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, publicado el doce de julio pasado en el Diario Oficial de la Federación, el señor López, al graznido* de guerra del combate a la corrupción, bandera que enarbola desde la atalaya de su autoafirmada honestidad y la de (según sus datos) sus allegados, como Manuel Bartlett y varios más, ha lanzado, mediante publicación vespertina de viernes (con ganas de que nadie lo vea) su Programa Nacional de Combate a la Corrupción y a la Impunidad, y de Mejora de la Gestión Pública 2019-2024.

Este Programa se apuntala en algo ya dicho en el Plan Nacional respecto de la corrupción. En la parte considerativa señala este madruguete vespertino de fin de semana que: “… erradicar la corrupción, el dispendio y la frivolidad, es una de las prioridades de la presente administración, en tanto la corrupción es la forma más extrema de la privatización, porque se trata de la transferencia de bienes y recursos públicos a particulares, y que las prácticas corruptas, agudizadas en el periodo neoliberal, dañaron severamente la capacidad de las instituciones para desempeñar sus tareas legales, para atender las necesidades de la población, para garantizar los derechos de los ciudadanos y para incidir en forma positiva en el desarrollo del país”.

El enunciado anterior encierra varios sesgos que, de no poner atención, pasan desapercibidos para muchos.

En primer lugar, parte de una afirmación falsa por su relatividad pese a su apariencia de universalidad, en el sentido de que la corrupción es la forma más extrema de la privatización, porque se trata de la transferencia de bienes y recursos públicos a los particulares. Nada que ver este desviado y falaz sentido con la realidad conceptual de lo que es la corrupción.

Este reduccionismo equipara a la privatización con la corrupción e, incluso, coloca a ésta como la forma más acabada de aquella, cuando, en realidad, el espectro que se incluye en la dimensión semántica de “corrupción” es bastante más amplio que solo la transferencia de bienes y recursos públicos a particulares. Basta leer la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción o la Convención Interamericana contra la Corrupción para darnos cuenta de que es corrupción el soborno de funcionarios públicos, la malversación o peculado, apropiación indebida u otras formas de desviación de bienes por un funcionario público, el enriquecimiento ilícito, el tráfico de influencias (como cuando se postula como Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a la esposa de un asesor presidencial) o el abuso de funciones, es decir, la realización u omisión de un acto, en violación de la ley, por parte de un funcionario público en el ejercicio de sus funciones.

Por otro lado, la referencia a que las prácticas corruptas se agudizaron en el periodo neoliberal igualmente es una intentona de encasillar el concepto, robustecer el asidero de la autoproclamación moral de López y buscar culpables para lo que pudiera salir mal.

La corrupción no distingue ideología, a menos que, de manera absurda, se compare con la privatización, pues así se trata de establecer un muro entre la corrupción de éstos, los transformistas de cuarta y aquellos, los “neoliberales”.

También hubo, hay y habrá corrupción entre socialistas, comunistas, derechistas, populistas, fascistas, anarquistas y cualquier otro “-istas” que guste el lector. Ahí queda para la posteridad el señalamiento de Martí Batres en contra de Ricardo Monreal, cuando el zacatecano operó la salida del doliente de la mesa directiva de la Cámara de Senadores; Batres no bajó de corrupto a Monreal.

Encasillar el fenómeno es banalizarlo. Hay que leer el Programa Nacional de Combate a la Corrupción y a la Impunidad, y de Mejora de la Gestión Pública 2019-2024, sobre todo en la “letra chiquita”, como es el tema de los “alertadores”, eufemismo empleado para designar a los delatores, mecanismo de control ya empleado a lo largo de la historia por personajes como Girolamo Savonarola que los usaba para ejercer ese terror místico con el que controlaba la Florencia de finales del siglo XV. Mucho que aprender del pasado y sus consecuencias.

Ya para terminar, queda en el aire el (*) que dejamos en el primer párrafo. Solo como nota cultural, el “graznido” es el sonido que hacen los gansos……los gansos, los cuervos y los buitres, entre otros.

@jchessal