Después del golpe

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No es novedad que una parte de la sociedad mexicana haga suyo el lugar común que insiste en justificar el golpe de Estado en Bolivia, aludiendo a una presunta ambición personal de Evo Morales para re-elegirse por un periodo más en la presidencia de ese país. Ese lugar común se ha pretendido dotar de cierta “verdad científica”, apelando a un análisis electorero de la OEA, esa Organización de Estados Americanos que, desde hace ya buen rato, en manos de Luis Almagro, carece de autoridad moral para mediar en los conflictos de sus países miembros y, más bien, se muestra como cada vez más dócil a los intereses del imperialismo gringo. No es novedad porque ese imperialismo siempre ha requerido del apoyo cómplice de un sector nativo conservador variopinto (intelectual, empresarial, mediático), para apuntalar su peculiar narrativa del intervencionismo geopolítico y económico en América Latina.

     Michel de Certeau, en “La escritura de la historia”, empieza mostrando la imagen alegórica de Jan Van der Straet, en la que aparece el explorador Américo Vespucio, en tierra continental recién descubierta, frente al cuerpo de la mujer que luego llevará su nombre y sobre la que escribirá “su” propia historia, esto es, “la colonización del cuerpo por el discurso del poder”; surgiendo así la paradoja de una historiografía “como relación de dos términos antinómicos: lo real y el discurso”, extremos que, empero, frecuentemente, se tocan. Y se tocan cuando, por ejemplo, instancias como esa misma OEA que pretende adjudicarse la verdad “sabida”, pero no la verdad “vista” de las cosas, termina -siguiendo a Certeau- produciendo una imagen del poder como la de un “príncipe posible”, construido por el discurso, y no un “príncipe de hecho”, resultado de las circunstancias que le impone la realidad.

     ¿Y cuál es ese discurso del poder y cuál es esa realidad? Ese discurso del poder (externo) que pretende legitimar el intervencionismo, no es otro que el de un presunto ataque a una democracia que se reduce a lo electoral. Y esa realidad que tiene que enfrentar cualquier gobierno de corte progresista en América Latina, no es otra que la del despotismo del gran capital trasnacional asociado con el poder político estadounidense. Por eso, cuando se busca cuestionar al gobierno de AMLO sobre su postura en el asunto de la presunta re-elección de Evo Morales en Bolivia, se responde con toda razón que eso no se corresponde con el principio de política exterior de “no intervención” consagrado en la Constitución Mexicana, y la forma de gobierno que adopte otro país es decisión soberana que “ni nos beneficia ni nos perjudica, sino todo lo contrario”, citando a un clásico que sí gustaba andar de metiche en otros lares (Echeverría y su “tercermundismo” alucinado).

     El problema de fondo sigue siendo, pues, el que han señalado Evo Morales y Álvaro García Linera. El de un pensamiento conservador que considera que hay un inframundo, una realidad marginal en que deben ser confinados los pueblos indios, desestimando su fuerza cultural y moral, desconociendo su capacidad de gobernar más allá de la ignorancia y conveniencia de los racistas. La democracia electorera que usan como escudo de sus pillerías los conservadores es, apenas, una de otras formas de abordar la realidad y que René Zavaleta planteó hace tiempo, distinguiendo además la democracia como “movimiento general de una época” y como “problema de teoría del conocimiento”, pero sobre todo como “autodeterminación de las masas”, esto es, como “reemplazo de la democracia para la clase dominante por la democracia para sí misma”. En Bolivia hay una historia recurrente de golpismo por la precariedad constante de la democracia como representación, y eso ha propiciado la participación creciente de la población indígena y campesina en el gobierno de su propio destino. Sólo con violencia golpista se puede, lógicamente, contener la revuelta social, pero sólo con democracia como autodeterminación popular se ha logrado superar, históricamente, ese tipo de situación. En el fondo, también está la lucha por los preciados recursos minerales que el gran capital trasnacional no puede dejar de “zopilotear”. En suma, una historia aún por contar después del reciente golpe político-militar.