Familia y escuela Capítulo 11: ¿Violencia genera violencia?

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Muy generalizada se encuentra la idea de que si provienes de un hogar en donde privó la violencia y la agresión hacia mujeres y niños; o si creciste en un lugar en donde convivías con ambientes de inseguridad y pandillerismo, estabas condicionado a repetir esas conductas. De igual forma se menciona del consumo de sustancias prohibidas, del consumo de alcohol y tabaco, hechos de impunidad y corrupción, entre otros ejemplos.

Esta idea, se origina y tiene su fundamento desde la propia vivencia cotidiana que, al menos en nuestro país, se experimenta y nos coloca como espectadores de hechos en donde priva la agresión, los actos de corrupción y de injusticia, la violencia y la inseguridad; bien sea, apreciados de forma directa o por la efectividad de los medios masivos de comunicación y redes sociales existentes, las cuales prácticamente al instante en que ocurren, se transmiten y difunden al mundo entero.

Incluso, se ha llegado a grado tal, que la difusión de estos actos ha derivado en la creación de mitos urbanos; además de apreciarlos y aceptarlos como algo “normal” provocando la apología y modelo a seguir de diversos delitos y conductas antisociales; Ya Galeano (1996) lo comentaba: “…Paradójicamente, la televisión suele transmitir discursos que denuncian la plaga de la violencia urbana y exigen mano dura, mientras la misma televisión imparte educación a las nuevas generaciones derramando en cada casa océanos de sangre…” con todas las series y películas en donde las escenas de violencia son cotidianas.

De manera oficial, la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (INEGI, 2019), ha corroborado los niveles de percepción social al respecto, afirmando que, en los alrededores de su vivienda, de cada 100 personas al menos 65 han atestiguado consumo de alcohol en la calle, 52 han apreciado robos o asaltos frecuentes, 51 el consumo de drogas, 33 disparos frecuentes, 32 coexisten con pandillas o bandas violentas, entre otros indicadores.

La misma encuesta da cuenta de las actividades que, derivadas de la percepción sobre la seguridad, se dejan de realizar ante el temor de ser víctima de algún delito, teniendo que el 71 % no ha permitido salir a sus hijos menores, el 53 % ha dejado de salir de noche, el 61 % ha dejado de usar joyas, el 37 % ha dejado de salir a caminar y así continúa la lista de dichas acciones; llama la atención que, aunque con un porcentaje menor, el 8 % ha dejado de asistir a la escuela.

No cabe duda que las evidencias que existen acerca del clima y ambiente social, permeado por prácticas y conductas antisociales, son contundentes y plantea a su vez, el escenario perfecto para suponer que, en efecto, la violencia genera violencia y que las acciones y conductas aprendidas son producto de la imitación, como sugieren varios teóricos, entre ellos Bandura.

En lo que respecta a las escuelas, tal parece que se han visto invadidas no solo por la idea de que violencia provoca violencia, sino por el hecho de corroborar que en sus espacios se estén llevando a cabo situaciones de acoso escolar (bullying), estando catalogados por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en el año 2018, como el primer lugar internacional de casos de bullying en educación básica, en alumnos de primaria y secundaria de escuelas públicas y privadas. 

Por supuesto que este fenómeno de violencia siempre había existido, pero ahora se ha ampliado hacia profesores y agravado con hechos de pérdida de vidas humanas al interior de los planteles; pero sobre todo, se ha especializado y ampliado hacia los medios electrónicos y digitales, lo mismo que su difusión generalizada, exhibiéndolo ante los ojos de la sociedad con el consiguiente enjuiciamiento hacia autoridades escolares, profesores, medios de comunicación y, sobre todo, de manera muy voraz y en muchas ocasiones de manera injustificada, en contra de los padres de familia

Existen estudios muy sólidos acerca de cómo las formas de convivencia familiar, la dinámica que se establece en su funcionamiento, la imposición de normas y reglas, entre otros aspectos, tienen consecuencias en las conductas de sus hijos. Se ha comprobado que jóvenes que han incurrido en hechos de violencia, vandalismo, consumo de sustancias y en general en conductas delictivas, provienen de familias en las que sus padres establecieron una forma de dinámica familiar en “los extremos”, es decir, o impusieron reglas en exceso estrictas o en exceso laxas o inexistentes (Patterson, 1986; Dishion, 1990).

Hasta aquí, todo lo descrito, ratifica la idea de la violencia y su reproducción casi espontánea, el hecho de volver como una situación normal lo que, de origen no debería serlo; sin embargo, esto no es tan simple ni directo, dado que la mayoría de las explicaciones y evidencias han dejado fuera a uno de los elementos que por necesidad están presentes en estos fenómenos y me refiero a los niños, adolescentes y jóvenes.

Así es, estamos en muchos de los casos omitiendo la capacidad crítica, de raciocinio y de lógica, de libre albedrío y toma de decisiones, incluso de sentido común de ellos. Es un hecho: no son tan tontos como para reproducir de manera automática conductas de violencia, actos delictivos o conductas antisociales; está el caso en donde los padres son consumidores de alcohol, tabaco o de otras sustancias y sus hijos (as) eligen precisamente no ser consumidores; lo mismo para situaciones de violencia intrafamiliar en donde los hijos o hijas deciden no ser agresores, ni reproducir esas conductas cuando tengan su propia familia.

Entonces, ¿violencia genera violencia? Se puede afirmar que en lo que respecta a la reproducción, repetición o imitación de estas conductas, no es así de fácil y directo, dado que juegan otros factores que las pueden llegar a desencadenar, pero que siempre existe un filtro instaurado en la conciencia de cada persona, que lo lleva finalmente a decidir si las realiza o no.

Parte importante en la instauración y uso de ese filtro, es componente de lo que llamo “Educación Integral diversificada” y que recae no solo en la escuela, sino también en las diferentes instituciones sociales, en donde desde luego resaltan por su importancia: la familia y los medios de comunicación, incluidos en éstos las diversas redes sociales.

Algunas de estas instituciones, todavía no se han percatado de la importancia que juegan en el desarrollo de una educación integral, de la influencia que ésta tiene en la vida de las personas y particularmente en la reproducción, afirmación, corrección y autorregulación de conductas antisociales. Por supuesto que no es una labor sencilla, sin embargo, debemos comenzar a intentarlo y llevarlo a cabo de manera consciente y decidida.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx