Familia y escuela Capítulo 245: La realidad tan caprichosa y la educación tan necia en no reconocerlo
La seguridad que ofrece la educación escolarizada, amparada en todos sus preceptos científicos, ha sido una de las características que le ha conferido a la escuela su estatus e importancia para el crecimiento y desarrollo de las personas y de las comunidades en donde se convive.
Los planes y programas de estudio de las diferentes materias y disciplinas, creados por sus expertos, han establecido los conocimientos que cada individuo debe aprender acorde con su edad, contando con la ayuda profesional de maestros encargados de diseminarlos al pie de la letra entre sus alumnos, además de corroborar y evaluar de manera metodológica que dichos contenidos han quedado impregnados en ellos.
Tan claro ha quedado establecido este proceso que, cuando un alumno ingresa a un plantel escolar de cualquier nivel educativo, tiene entendido las reglas de este juego: tener que aprender, memorizar, comprender, retener todo tipo de conocimientos, técnicas y contenidos, muchas de las veces sin saber para qué se utilizarán y poder demostrarlo mediante algún tipo de evaluación, preferentemente mediante un examen; con la amenaza de que si no se aprueba, el castigo o norma a aplicar sería el abandono de la trayectoria escolar.
Desde luego que la obtención de conocimientos básicos resulta de suma importancia para acrecentar el bagaje científico y cultural que cada persona debe mínimamente poseer; sin embargo, entendido de esta manera el proceso educativo, resulta, no solo reducido sino también desfasado con lo que ocurre verdaderamente en las diferentes realidades.
Reducido, porque se ha "vendido la idea" que el proceso escolar es la única llave y puerta de entrada al conocimiento, casi asegurando con ello el éxito personal, como si fuera una fórmula o algoritmo, el cual, al desarrollarlo en cada individuo, tiene ya todos los elementos necesarios para transitar de manera segura e infalible por la vida cotidiana; y muchos compran y aceptan la idea: "...estudias, trabajas, consumes bienes materiales, te enamoras, tienes familia y ya" ¡eres feliz!
Sin embargo, ¡oh sorpresa! apenas se llega allá afuera, en cada una de las caprichosas realidades, éstas nos abofetean y nos dejan atónitos, al observar y entender que lo que ocurre a nuestro alrededor y contexto específico, además de ser algo muy alejado de lo que se inculcó, siempre está en constante cambio y movimiento, porque cuando apenas se logra entender y actuar en ese contexto, el día de mañana es otra realidad enteramente diferente.
Desde hace mucho tiempo se ha pregonado que se "educa para la vida" pero, como hemos visto, esto no es del todo cierto; más bien, se ha tenido la necedad de no reconocer que la educación recibida plantea un futuro "infalible, numérico y estadístico" que es insuficiente y que permanece omiso ante el educar de manera integral, no solo con el dominio de la ciencia y la técnica, sino también retomando desde familias y escuelas aspectos espirituales, sociales, culturales, psicológicos y otros más que deberían aclarar que la verdadera enseñanza para la vida está en preparar a los individuos para estar alertas y poseer las diferentes herramientas para hacer frente a todos los cambios que día con día van a presentarse.
Mencionaba Edgar Morin, sin desdeñar el carácter importante del aporte científico que: "El conocimiento es aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas" y que precisamente el papel de la educación del futuro y para la vida radicaba en preparar a los individuos para estar atentos y hacer frente a las incertidumbres, las cuales, desde luego que se desconocen, pero que sin duda van a aparecer.
Educar para la incertidumbre radica en enseñar a pensar y reflexionar sobre las acciones personales y del grupo y no solo ser un espectador pasivo e inmóvil; despertar e influir en las personas una actitud crítica, tomando la responsabilidad de entender y tener sentido de todo lo que vayamos comprendiendo y actuando; enfilar a los hijos y alumnos a tomar decisiones y asumir el compromiso de éstas; entender que se puede disentir de las ideas de los otros con el respeto hacia ellos; apertura hacia la comprensión de las ideas, costumbres y formas culturales asumidas por los demás, las cuales, incluso sin estar de acuerdo con ellas, respetarlas y no ser su juez implacable.
Definitivamente no es una tarea fácil para padres de familia, profesores y hasta los diferentes comunicadores, el cambiar de rumbo educativo, sobre todo por el lastre de "seguridades" que han venido arrasando como tromba, provocando la disyuntiva que plantea la formación recibida y el cambiarla o compartirla con formas que proponen la ambigüedad de reconocer como parte de una educación formal a aprender a esperar lo inesperado; sin embargo, es un reto que ha sido desdeñado, provocando con ello la insatisfacción de las promesas incumplidas y el choque con las distintas realidades.
Daría con agrado la bienvenida a temas y materias fomentadas en familias o escuelas, en donde se hable de resiliencia, herramientas socioemocionales, habilidades sociales y culturales, espiritualidad y sentido de vida; autoaprendizaje autónomo, autoconocimiento y detección de habilidades y talentos; y muchas otras más en donde se complemente la idea de la seguridad educativa existente a la fecha.
No cabe duda, el destino, el porvenir y el futuro es incierto y caprichoso; mientras tanto, la educación continúa con la necedad de no reconocerlo.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx