Mirador

En la huerta llamada de Las Melgas crece un cedro.

Es alto y es frondoso. Bajo su ramazón cabemos más de media docena de personas. Hice poner una amplia mesa redonda y unas sillas, y en ocasiones vamos ahí a disfrutar un sabroso almuerzo ranchero o una rica comida campirana.

Otras veces voy solo. Entonces converso con el árbol. Conoció al padre del padre de mi esposa, y a su abuelo. Ya era cedro, me dice don Abundio, cuando él todavía era niño. 

El amable gigante verdinegro me habla de la sequía, que dura ya ocho meses. "Después siempre ha llovido" -me dice sin palabras.

La lluvia en el Potrero es la vida. La lluvia es la vida en todo el mundo. Y no ha llegado plena y abundante, como ha de ser la lluvia para ser la vida. 

Me desespero. El cedro no. ¿Acaso las catedrales se desesperan cuando no llueve? Se mira gris por el polvo, igual que yo me miro gris por los años, pero no desespera.

Espera.

El viejo árbol ejerce un silencioso magisterio.

Su lección es la esperanza.

¡Hasta mañana!...