No es el equipo
Los defensores de Claudia Sheinbaum no la defienden: se compadecen de ella. La persona más poderosa en el país suscita la compasión de los suyos. En muchos tonos se escucha la misma fórmula plañidera. La presidenta no tiene quien la cuide. Sus colaboradores no promueven sus logros. Su equipo no le advierte de los problemas que surgen. La engañan. Los más atrevidos responsabilizan al tutor de preservar un cerco sobre la presidenta. Se lanzan contra los barones del partido y los acusan de boicotear la agenda presidencial. Tal parece que Sheinbaum no es responsable de nada. No es responsable de la herencia que aceptó ciegamente y a la que sigue atada. No es responsable del equipo que formó, ni de la vigilancia que sobre ellos debería mantener. No es responsable del estancamiento económico, ni del deterioro institucional que sus políticas han reforzado. No es siquiera responsable de las iniciativas que llevan su firma. No es responsable de reformas mal pensadas, mal formuladas y peor promovidas que desembocaron en derrotas sucesivas.
Los defensores de Sheinbaum pretenden convencernos de que ella es una estadista brillante, que es una política seria que ha trazado una ruta de cambios sensatos y realizables, que está encarando con responsabilidad los complejísimos problemas del país, pero que, penosamente, está rodeada de incompetentes e intrigantes; que sus buenas intenciones y sus sensatas propuestas son obstaculizadas cotidianamente por los desertores incrustados en su gobierno. Nos invitan a creer que sus resultados son una maravilla pero que su equipo de comunicación no los hace relucir.
A Sheinbaum la engañan, parecen decir estos publicistas. Su equipo le miente, la acorrala, la deja sola. El reflejo de los claudistas no es nada nuevo. Se critican los resultados excusando a la responsable de los resultados. El argumento es curioso porque se presenta como crítico. Acepta las equivocaciones, pero absuelve de inmediato al sujeto responsable de ellas. Poco convincente resulta esta línea que pide lástima para un personaje de inmenso poder. Colocar al poderoso en condición de víctima de los subordinados es una coartada insostenible.
En Cuba se escuchó esa trampa durante mucho tiempo. A Fidel le ocultan las cosas. Él no está enterado de este problema porque, si estuviera enterado, lo habría resuelto de inmediato. De la infalibilidad del supremo nadie tiene derecho a dudar. Son los otros quienes no están a la altura de la Historia. Guillermo Cabrera Infante advertía el pecado que todos en Cuba cometieron alguna vez. "Al conocer una nueva arbitrariedad, fechoría o crimen del régimen teníamos una excusa siempre a mano y nunca en boca una explicación: "Seguro que esto no lo sabe Fidel," "Esto es cosa de Raúl, claro," "No es más que una argentinada del Che."
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Cuando un sujeto tiene un poder desmedido y las consecuencias de su poder son el desastre, los idólatras no tienen otra salida más que culpar a los subalternos. Se trata, decía el habanero en una nota publicada por la Revista de la Universidad en 1981, de la incapacidad de aceptar que el ídolo comete errores. Cabrera Infante encuentra muestras de esta enfermedad en todos los regímenes autocráticos. "Por supuesto que el Fuhrer no está enterado de esto". "Apuesto que el camarada Stalin no sabe lo que está haciendo (el jefe de la policía secreta) Dzherzhinsy." Los culpables son siempre los de abajo. Quienes se equivocan son ellos. El inocente eterno es supremo poder.
Claudia Sheinbaum es la presidenta con mayor poder en la historia reciente de México. Ella es la responsable de una reforma judicial consumada a través de la ilegalidad y la corrupción. Es la responsable de atizar desconfianza y, por lo tanto, de desalentar la inversión en el país. Es la responsable de conservar un equipo de comunicación empeñado en la promoción del engaño. Ella mantiene la política de polarización y de hostigamiento a todas las voces independientes. Es ella quien formó un equipo que está muy lejos de ser una selección de talento y probidad. Es ella quien gobierna. A ella le corresponde reclutar, vigilar, decidir, disciplinar. En todas estas áreas, Sheinbaum ha fallado. Su disciplina personal no se ha transferido a su gobierno. No es su equipo, no es su estrategia de comunicación: es ella.









