¿País en bancarrota moral?

La frase mediáticamente más resaltada del informe presidencial del pasado domingo fue la de que Andrés Manuel López Obrador percibe “moralmente derrotados” a sus adversarios. Sin saber qué exactamente entiende AMLO por derrota moral, por lo pronto vale la pena tratar de identificar a quienes él llama sus adversarios, para poder hacernos una idea de los alcances de esa supuesta derrota.

Una primera respuesta, rápida y concisa, compartida por diversos analistas, es que se trata de los partidos de oposición. Seguramente sí, pero no exclusivamente. Cierto, los partidos hoy fuera del poder están derrotados electoral, política y moralmente. Pero difícilmente pueden ser catalogados con rigor como adversarios: baste ver el apoyo en las cámaras del Congreso de la Unión a las iniciativas lopezobradoristas. Salvo la de la consulta sobre la revocación del mandato, por el tema de la fecha de celebración, prácticamente todo lo demás en materia legislativa que ha sido de interés para el Ejecutivo federal ha salido adelante con mayorías abrumadoras.

Miembros conspicuos de los partidos de oposición son sus gobernadores, pero salvo algunas excepciones se han ido entendiendo bien con el Presidente de la República, en algunos casos vale decir que muuuy bien, de tal forma que clasificarlos como adversarios puede ser inexacto.

Si abrimos el abanico en función de la categorización que ha hecho el propio López Obrador desde que era candidato hasta la actualidad, adversarios serían también los empresarios que alguna vez definió como “minoría rapaz”, pero que ahora son sus aliados, por lo menos parte de ellos, en asuntos relevantes para la economía nacional o de plano sus consejeros formales en la materia.

Otro casillero, sin duda de los más nutridos, lo ocupan algo revueltitos los nefastos neoliberales, los abominables tecnócratas -que se parecen pero no son necesariamente los mismos- y no pocos académicos e intelectuales alejados del sentir popular, encerrados en sus torres de marfil y distantes de la 4ª Transformación.

Menores en número pero no en importancia y alcances, están también los medios de comunicación conservadores, ‘fifís’ y hasta reaccionarios, con un amplio listado de colaboradores reacios a entonar loas a la 4T. Transversalmente a todas las categorías andan por ahí los hoy algo difuminados integrantes de la temible Mafia del Poder. 

Todos estos grupos, sectores e individuos son adversarios del presidente López Obrador, según él mismo lo ha decretado a lo largo del tiempo; de lo cual hay un buen registro en los archivos de las 189 mañaneras que había concedido hasta la víspera de su Primer ¿Tercer? Informe.

Si esto es así, sin que por ahora existan estadísticas ad hoc, no parece aventurado deducir que según nuestro Presidente, México es un país con una abrumadora y desalentadora población de ciudadanos moralmente derrotados. Por lo menos en la percepción lopezobradorista.

El desaliento no mengua si aplicamos otra métrica. Andrés Manuel López Obrador ganó la elección del  1 de julio del año pasado con 30 millones 114 mil votos, equivalentes al 53.2 por ciento del total depositado en las urnas. De entrada, hay un 47 por ciento de los votantes que explícitamente no simpatizaron con la propuesta electoral o el discurso político o la figura misma del tabasqueño. ¿Se les puede considerar sus adversarios? Pienso que sí, en la medida que todos ellos votaron por otros partidos distintos a los de la alianza Morena-PT-PES o por el independiente ‘Bronco’.

De quienes acudieron a las urnas en las pasadas elecciones y no votaron a favor de AMLO, en aras de mayor precisión hay que descontar los votos nulos y los otorgados a candidatos no registrados. Así, sufragaron a favor de Ricardo Anaya, 12 millones 610 mil; por José Antonio Meade lo hicieron 9 millones 289 mil y por Jaime ‘El Bronco’ Rodríguez Calderón, 2 millones 961. Es decir, frente a la boleta hubo 24 millones 860 mil mexicanos mayores de 18 años y debidamente empadronados que dijeron No al proyecto de López Obrador. Son menos que los 30.1 millones que dijeron Sí, pero de ninguna manera una minoría tan mínima a la que se pueda estar malmodeando un día sí y otro también.

Las cifras empeoran si el punto de referencia no son los 56 millones 611 mil mexicanos que fueron a las mesas de votación, sino los 89 millones 123 de la lista nominal en esa fecha. Es decir, del total de mexicanos en posibilidad de votar, sólo el 33.8 por ciento lo hizo a favor del Andrés Manuel López Obrador. En la misma proporción, obviamente, se caen los porcentajes de Anaya, Meade o El Bronco, pero el fondo del recuento no se altera: el 66 por ciento de los ciudadanos mexicanos empadronados no votaron a favor de AMLO, por preferir otras opciones o por quedarse en casa.

¿Son esos casi 60 millones de mexicanos mayores de edad que le negaron su voto a López Obrador sus adversarios? Yo pienso que no, pero lo que importa en todo esto es lo que razone el jefe del Ejecutivo federal. En el supuesto indeseable que él sí los incluyera en su amplio catálogo de adversarios, el resultado, por lo menos en lógica elemental, sería que el nuestro es un país en bancarrota moral.

Dos comentarios finales relacionados con el informe presidencial. Uno:  la decisión de denominarlo Tercer Informe y no Primero como indicaría la normalidad institucional, me hizo recordar el incontenible afán transformador de los revolucionarios franceses que llegaron al extremo de modificar el calendario y cambiar de nombre a los meses (modalidad que sobrevivió una docena de años). Dos: el informe resultó anticlimático porque se enfrentó a un contrincante muy difícil de vencer: las mañaneras. Ante una comparecencia diaria de entre una y dos horas por parte del Presidente, en las que abundan informes, anuncios, propuestas, explicaciones, aclaraciones, desmentidos, regaños, diatribas y denuestos, era extremadamente difícil que algo sorprendente o novedoso quedara para el Informe.

MALDICIÓN SIN CONJURO

La designación en el Congreso local de un nuevo integrante del Consejo de la Judicatura del Estado, el que corresponde al Poder Legislativo, fue resultado de una serie de acuerdos poco honorables, de reparto de posiciones al más viejo estilo, y sospechoso de desaseo jurídico.

La llegada a ese encargo del abogado Huitzilíhuitl Ortega Pérez tiene su origen en negociaciones entre las principales fracciones legislativas iniciadas hace unos cuatro meses. En ese entonces, los señores diputados que no han logrado conjurar la maldición que los condena a la deshonra, se percataron de que entre las semanas y meses siguientes deberían cubrir tres vacantes que se abrirían en otras tantas instancias oficiales.

Para empezar, debían designar al Contralor Interno de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos, conforme lo dispone la ley. La fracción morenista que todavía se supone coordina el atribulado Edson de Jesús Quintanar, de inmediato levantó la mano y dijo que esa posición era suya. El proyecto no se concretaría por los insuperables pleitos internos del grupo.

Llegó el momento de elegir al director de la Unidad de Evaluación y Control de la Comisión de Vigilancia del propio Congreso del Estado, y fue el PRI el que dijo “me toca”. Así llegó al cargo un antiguo colaborador del gobernador Juan Manuel Carreras cuando fue Secretario de Educación, y “Macabeo” por adopción, Ovidio Robledo Gómez.

En tales circunstancias, al aproximarse la fecha para elegir al Consejero de la Judicatura que corresponde al Legislativo, la fracción del PAN le recordó a todo mundo que esa era suya y propuso a Huitzilíhuitl Ortega Pérez, notario adscrito en la notaría de ex secretario general de Gobierno marcelista Alfonso Castillo Machuca. Esta chamba/prebenda es bastante más importante que las anteriores, pero en su oportunidad los diputados blanquiazules la metieron como parte del arreglo con el Caco Leal para no seguir adelante con el juicio político a Jaime Pineda. ¿Así o más cochinón?

Lo de las sospechas de desaseo en el nombramiento de Huitzi es que no hay constancia creíble de que se haya separado previamente de su función de notario adscrito, incompatible así sea por unas horas con su responsabilidad en la Judicatura. Si se presentó oportunamente, nada les costaba darla a conocer o, mejor aún, disponer su publicación en el Periódico Oficial. 

Lo que todo esto deja en claro es que en tratándose de repartirse chambas, a los señores diputados les importa nada ver que los perfiles aprobados sean los mejores. Nada de revisar calificaciones, preparación, experiencia, capacidad. ¡Na! Lo único que importa es que sean cuates y que no se les olvide a quién le deben el favor, por lo que más adelante se pueda ofrecer.

Con estos antecedentes, imagínese usted cómo se van a poner las cosas el año entrante cuando deberán ser designados y/o ratificados una decena de magistrados del Supremo Tribunal de Justicia. El manoteo, el manoseo, el tráfico de influencias, la subasta de votos, la búsqueda de prebendas y demás linduras por el estilo estarán a la orden del día.

COMPRIMIDOS

A más tardar la próxima semana en el Congreso del Estado tienen que elegir nueva mesa directiva y nuevo presidente o presidenta de la Junta de Coordinación Política. La primera la deja el Acción Nacional y según está convenido le corresponde al PRI. La segunda la abandona Morena y la debe asumir el PAN. La fracción priista está obligada a postular a una mujer para la presidencia de la mesa, para no pasarse por el arco del triunfo su compromiso con la equidad de género, tanto en el marco general de la Legislatura como al interior de su propio grupo, compuesto por tres damas y dos varones. A ver qué les ordena el Caco.

No será la primera vez que lo digo, pero la reiteración además de justa es necesaria: en materia de seguridad, el único que ofrece buenos resultados es el comandante José Guadalupe Castillo Celestino, al frente de la Policía Investigadora de la Fiscalía General del Estado. Ahí están los hechos.

Jaime Pineda, el rebasado secretario de Seguridad Pública, muy a regañadientes aceptó ir al Congreso convocado por la Comisión de Seguridad, luego de que en la primera cita hace un par de semanas se hizo como que la virgen la hablaba. Le fue mal, lo regañaron y no supo informar nada coherente o interesante. Peor aún, cuando los diputados le entraron al tema de la renuncia de su antiguo subalterno Raúl Alanís, quien lo acusa entre otras cosas de ocultarle información al gobernador, Pineda no fue capaz de responder nada inteligible. Enfrenta ahora el riesgo de que los diputados inviten a Alanís a un diálogo abierto. Estaría bueno.

En Morena se traen unos pleitos horribles, evidentemente sin darse cuenta de que el alto respaldo popular, la elevada aprobación y la en algunos sectores auténtica devoción es por López Obrador, no por su partido. El desagregado atento de las múltiples encuestas publicadas con motivo del Tercer/Primer informe así lo indican.

Hasta el próximo jueves.