Palabrería
De ley aquí me tienen, aunque lo que diga aquí se lo lleve el viento.
Inventando anécdotas que no sucederán pero que sirven de distracción al desierto blanco en donde habita el potencial de las palabras.
Me confieso cada semana ante lectores que toman el periódico mientras ordenan el desayuno. Escuchan mis nostalgias y mis enredos y cambian de página cuando les insinúan que es hora de marcharse.
La ley es un invento en constante destrozo por su propios creadores.
Y lo blanco de la hoja por los escritores
¿Lo sabían verdad?
Dos revelaciones polarizadas que reúnen a los lectores en el reino del absurdo. Evolución del argumento que nos coloca en este momento, primer cuarto de un nuevo siglo, que cambia de lenguaje sin previo aviso y escupe generaciones con nombres de alfabeto que rebasan la comprensión humana a la velocidad del sonido.
Mis padres viajaron un par de veces en ese avión supersónico llamado Concord que al volar rompía el eco y las cacofonías; el otro día encontré el pase de abordar o el tarjetón con el número de asiento asignado. Lo regalé a un piloto de la familia que lo guardó entre esto y aquello. Mejor destino que la papelera a la que pudo haber llegado. Como el mismísimo Concord vuela el mundo y por eso ahora, la gente sueña otras cosas o no sueña. O sueña con ser huachicolero o autor de corridos tumbados o de mafiosos regionales, por no decir la palabra con empieza con N y que habita entre nosotros. O que forma las nuevas altas esferas de una sociedad en la que los del cuello blanco, han sido expulsados de club tan selecto.
La hoja en blanco reta a decir verdades, pero también mentiras, si no pregunten al que llevaba la cuenta de cuántas mentiras decían Trump y AMLO en su mandatos anteriores.
Aquí, yo no les cuento ninguna de las dos porque la imaginación y la confusión de la memoria da para nuevas creaciones o verdades inéditas que tienen aroma de sarcasmo o de rudeza innecesaria, como la que practican algunas de mis amigas, sin motivo o razón aparente.
Y como luego me regañan o abandonan esta columna cuando la encuentran demasiado nostálgica, demasiado lastimosa, rebosante de crudezas pasadas de moda, mejor una historia que no diga mucho, que entiendan pocos, que les llegue a los de afilada nariz e intelecto filoso y tan absurda que muchos crean que pronto me entregarán el premio al periodismo sin ser periodista, “tan solo y solamente”, por escribir en un periódico.