Por fin se encontró uno de su tamaño

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Hace días que traigo en la cabeza la idea de que, luego de una búsqueda esmerada y exhaustiva, el presidente Andrés Manuel López Obrador por fin encontró un adversario de su tamaño; un contendiente digno de tal nombre. Y no, no se trata del crimen organizado ni de la oposición partidista, tampoco de la prensa fifí, de los ubícuos conservadores o de los empresarios reacios a invertir; ni siquiera de Donald Trump. Ese adversario de a deveras es el propio Andrés Manuel López Obrador.

En estos momentos, la pelea se ve muy pareja; hay rounds para uno y para el otro, y como el último todavía está lejano, salvo que sobrevenga un nocaut, no es fácil hacer pronósticos.

El Andrés Manuel certero en sus diagnósticos de la problemática social y que iba arriba en las tarjetas de los jueces, comenzó a ver acortada su ventaja ante el Andrés Manuel desconcertado, errático y, sobre todo, obsecado en materia de seguridad pública.

Sobre este tema, un breve comentario: la argumentación lopezobradorista de que su gobierno está haciendo lo correcto al atacar las causas profundas de la delincuencia y la violencia criminal (pobreza, desigualdad, falta de oportunidades, etcétera) es sólida y puede  resultar exitosa. El problema es que nadie, ni entre sus más fervientes seguidores, es capaz de sostener que esa estrategia pueda ofrecer resultados ni en el corto ni en el mediano plazo. Los más optimistas hablan de 10 años para recoger frutos y otros, no tanto pesimistas como sensatos, hablan de una generación, o sea 25 años. ¿Y mientras?

A la luz de graves acontecimientos recientes -Aguililla, Tepoachica, Culiacán, familia LeBarón- ha quedado demostrado que los propósitos, que no planes operativos, de “abrazos no balazos”, “la violencia no se combate con violencia”, “el fuego no apaga fuego”, “los voy a acusar con sus mamacitas”, etcétera, a quienes verdaderamene han servido es a los delincuentes de todos los niveles y todas las especialidades. Para no adentrarnos demasiado en este único asunto, baste señalar que los territorios, unos más extensos que otros, y las poblaciones bajo dominio directo, inocultable y despiadado de la delincuencia, han aumentado considerablemente. Y es en esos lugares puntuales donde, en los hechos, no hay Estado; donde en la cotidianidad México es un Estado fallido.

Hace rato que el AMLO de buen humor, seguro de sí, conocedor de los temas y autor o rescatador de frases ingeniosas y pegajosas, ha estado contra las cuerdas por su contrincante malhumorado, intolerante, repetitivo, confuso en muchas respuestas y a ratos amenazante.

El Andrés Manuel obsecado, inflexible, intransigente, pugnaz, repelente a la crítica y, sobre todo, a la autocrítica, siempre ha estado ahí, pero no era la versión que se mostraba tan persistentemente como en estos días.

Pareciera que acontecimientos adversos, imprevistos y con frecuencia incontrolables, lejos de mover a la reflexión, a la reconsideración o una mentalidad abierta, han conducido al endurecimiento de actitudes desfavorables para el sano ejercicio del poder, resaltando entre ellas la cerrazón, la férrea negativa a darle la bienvenida a la realidad.

Durante los 10 años (1959-1969) que ejerció el cargo de Presidente de la República Francesa, el general Charles de Gaulle se esmeraba en disponer de los fines de semana para viajar a su casa solariega en la pequeña población Colombey-les-Deux-Églises, donde pasaba la mayor parte del tiempo descansando. Cuando le preguntaban por qué gustaba tanto de esas escapadas al campo respondía conciso “Hay que restaurar la serenidad”. Cuesta trabajo aceptar que gobernar sea un trajín permanente, sin reposo alguno.

EVO, EL DISTRACTOR

Más allá de afinidades ideológicas, de aprecios personales y del inobjetable apego a tradiciones diplomáticas, hay muchos elementos para llegar a la convicción de que el otorgamiento de asilo al expresidente boliviano Evo Morales, su complicado traslado, su arribo y su presencia entre nosotros, sirvió como eficiente distractor para que la opinión pública nacional dejara de estar centrada en los difíciles temas de la inseguridad y sus expresiones más brutales como Culiacán y la familia LeBarón, incluidos aspectos particulares que en otras circunstancias habrían tenido gran impacto, como la llegada de un numeroso contingente del FBI para participar (¿hacerse cargo?) de las investigaciones correspondientes.

   Desde el atardecer del domingo que se conoció la renuncia de Evo y se comenzó a especular sobre la posibilidad de que se asilara en nuestro país, ese tema capturó grandes segmentos de eso que ahora se llama la conversación nacional, que incluye desde los medios tradicionales de comunicación y las redes sociales hasta los diálogos personales.

Lunes, ya con el ex mandatario boliviano a bordo de un avión mexicano y el inicio de un largo y complicado viaje que el canciller Marcelo Ebrard ha narrado con lujo de detalles y que culminó el martes en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ese ha sido el tema dominante en la información mediática y entre la comentocracia de todas las filiaciones y visiones.

Sería una exageración decir que las secuelas sobre todo del horrendo crimen cometido en contra de la familia LeBarón en las inmediaciones de Bavispe desaparecieron del mapa y ya nadie se acordó del asunto, pero lo que sí es cierto es que la proporción de espacios y tiempos en periódicos,columnas de opinión, noticieros electrónicos y el ciberespacio, se redujo drásticamente.

Es en este contexto que se puede explicar que el ingreso a nuestro país, a medio día del lunes 11, por el punto fronterizo Douglas, Arizona-Agua Prieta, Sonora, de una impresionante caravana de 50 camionetas blindadas del FBI, con un estimado de entre 150 y 250 agentes y forenses, haya sido noticia menor en todos lados. En otras condiciones, aquello habría sido noticia relevante aquí y afuera.

Soy de los que creen que semejante despliegue del Federal Bureau of Investigation es en sí mismo un mensaje. Decenas o centenares de agentes, difícilmente van a ser simples observadores pasivos o si acaso asesores comedidos de las autoridades mexicanas. Y todo esto sin contar el apoyo que tendrán en cuanto a tecnología de avanzada, no solo de los equipos que hayan traído consigo sino de los apoyos de sus oficinas centrales y de las demás agencias norteamericanas de seguridad: satélites, intercepciones de todo tipo de comunicaciones, acceso a reos de cárceles en el vecino país, etcétera.

Ahora bien, independientemente de que la presencia espectacular de policias estadounidenses en nuestro territorio -algo impensable, por lo menos con ese nivel de visibilidad, en otras épocas- haya sido poco noticiosa hasta ahora por el efecto Evo, esto no suprime una arista delicada de todo el asunto: ¿Qué va a hacer el gobierno de la 4T si las pesquisas del FBI identifican a los responsables del ataque a la familia LeBarón, que muy probablemente lo sean también de otros hechos delictivos, y la Casa Blanca de Donald Trump demanda firmemente su captura?

No podemos dar por sentado que el principal responsable de aquella masacre sea un gran capo, pero ¿y si sí? Si las indagaciones conducidas o supervisadas por los estadounidenses revelan que en el extremo más alto de la cadena de mando está uno de los principales jefes de los cárteles que operan en la zona ¿seguirá en pie la férrea decisión de AMLO de no confrontarlos, de no ir contra ellos con policias o soldados armados autorizados a disparar? Qué disyuntiva tan difícil.

No hay que olvidar tampoco que los agentes norteamericanos no están en territorio nacional por sus pistolas. Fueron invitados a venir o, si se quiere suavizar las cosas, se puede decir que ellos lo pidieron y nuestro gobierno lo autorizó. Sea como fuere, lo cierto es que ya dieron muestras claras de que no llegaron a perder el tiempo sino que vienen con todo para obtener resultados.

Antes de pasar a otros terrenos, ¿y si entre los hallazgos del equipo del FBI aparecen nóminas de autoridades mexicanas de cualquier nivel pagadas por los delincuentes? Nada tendría de extraordinario, ha ocurrido antes, salvo que las halladas por nuestras fuerzas de seguridad rara vez salen a la luz pública.

COMPRIMIDOS

La figura de Evo Morales ha sido controversial, por decirlo suavemente. Con los medios polarizados y las redes sociales convertidas en rings sin reglas ni piedad, hay más ruido que nueces; más gritos que razones. Con todo, una de las defensas del boliviano más respaldadas y más combatidas es la que hizo Claudia Sheinbaum a partir de una premisa terriblemente equivocada. Palabras más, palabras menos, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México dijo que Angela Merkel lleva 14 años en el poder en Alemania y nadie le dice nada. Aparte de que ya nuestra embajadora en Washington le enmendó la plana y le dio cátedra sobre sistemas de gobierno comparados, hay un aspecto relevante que ha sido obviado en toda la discusión.

Franklin Delano Roosvelt, duró 12 años y tres meses en la Presidencia de Estados Unidos, pero si no hubiera muerto habría completado 16; Francois Mitterrand completó dos períodos de siete años cada uno en Francia, para totalizar 14; Margaret Thatcher estuvo 11 años como primera ministra de Gran Bretaña, Felipe González algo más de 13 años en España y Konrad Adenauer permaneció también 14 años en la jefatura del gobierno Alemán. Hay otros casos parecidos, con un denominador común: ninguno de ellos modificó la Constitución o las leyes electorales de sus respectivos paises en beneficio propio; ninguno legisló para alargar su permanencia en el poder. Evo sí lo hizo y eso marca una gran diferencia.

Habrá quién se pregunte si entonces una vez establecida en las leyes la duración de los mandatos no hay ya nunca la posibilidad de modificarlas. Sí la hay y se ha hecho pero en la mayoría de los casos para reducir esos períodos. En aquellos en que se han ampliado, la vigencia aplica a partir de las siguientes elecciones en las que ya no participa el autor del cambio. Jacques Chirac, sucesor de Miterrand, consensó con la Asamblea Nacional que los dos mandatos de siete años se redujeran a dos de cinco, por lo que aún habiendo sido electo con la posibilidad de catorce años se ajustó a doce. Una característica irremplazable de los auténticos demócratas es que saben cuándo irse. Y lo hacen.

Después de un tan largo como notorio silencio de semanas, en momentos en que el país estaba en ebullición por diferentes razones, el sábado pasado reapareció ante la opinión pública el dirigente nacional del PRI, Alejandro Alito Moreno. Lo hizo en El Universal mediante un documentado artículo ¡sobre avances tecnológicos! Patético.

Hasta el próximo jueves.