Una sola pregunta

En estos días, vísperas del primer informe de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, la pregunta más acuciante que se hacen muchos mexicanos es ¿cuál es el límite de nuestras fuerzas armadas para soportar humillaciones? 

El pasado 18 de enero, en Tlahuelilpan, Hidalgo, las cámaras de video de noticieros televisivos grabaron el momento en que, minutos antes de la explosión de un ducto de Pemex que costó la vida de más de 130 personas, un individuo se aproxima a una camioneta del Ejército Mexicano en cuya caja estaba de pie un soldado uniformado y armado observando lo que ocurría. Sin más, sin que mediara ninguna interacción entre ambos, el sujeto aquel le gritó al militar “¡Bájate perro; bájate para partirte tu p… madre!”

El incidente se perdió en medio del pandemónium desatado poco después cuando los chorros de combustible se convirtieron en un fuego infernal que calcinó vivos a decenas de hombres, mujeres y niños. 

Cuatro meses más tarde, el 26 de mayo, en la comunidad La Huacana, Michoacán, una turba de civiles acorraló, maltrató, sometió, desarmó y vejó a una decena de soldados en uniformes de campaña que momentos antes, en estricto cumplimiento de su deber, habían despojado de armas prohibidas a algunos de esos sujetos. Las deprimentes escenas fueron reproducidas hasta el cansancio en los noticieros televisivos e innumerables trasmisiones por internet, donde todavía puden verse. Vale decir que todos las vimos y a todos, o por lo menos a muchos, nos angustiaron y deprimieron. Los militares sometidos fueron liberados hasta que la superioridad envió de regreso las armas decomisadas, incluido un fusil Barret calibre .50 capaz de derribar helicópteros y atravesar blindajes. 

Más recientemente, apenas el jueves pasado, en las cercanías de la comunidad michoacana Los Reyes, una patrulla de nuestro otrora glorioso Ejército Mexicano fue agredida a escobazos y empujones por un grupo de enardecidos civiles, que al parecer sospechaban que los militares habían detenido a un Halcón. Fue impresionante observar cómo un joven soldado, pertrechado con equipo y un potente fusil de combate, camina hacía atrás eludiendo los manotazos de un bravucón que quería arrebatarle los anteojos. Surrealista a más no poder la escena.

¿Por qué suceden incidentes como estos? La respuesta, que en su simplicidad oculta una carga enorme de dramatismo y malos presagios, es: porque no hay castigo para los responsables; nadie les hace nada.

Sin duda, contribuye a la muy peligrosa repetición de sucesos de ese corte el contexto creado por algunos posicionamientos, declarativos y en los hechos, de este gobierno de la 4T, que en la retórica suenan bien pero que en la práctica producen efectos funestos. 

Basten un par de ejemplos: “El pueblo es bueno”. Sí, pero no todo. Si todos los seres humanos se condujeran por los dictados de la bondad no se necesitarían ejércitos o policías, quizá ni gobierno como lo conocemos. Otro: “El Ejército nunca va a reprimir al pueblo”. Aquí el equívoco salta a la vista: no todo acto de autoridad para defender a unos ciudadanos (buenos) de otros (malos), para salvaguardar patrimonios o para mantener el orden, son actos de represión. De hecho, hay actos de poder, con violencia incluida, que son indispensables para evitar males mayores.

Desde hace años los medios de información, y más ahora con las nuevas tecnologías, nos traen un día sí y otro también noticias, fotos, videos de países con regímenes democráticos avanzados, con sistemas e instituciones que garantizan el respeto a los derechos humanos, con tradiciones libertarias incuestionables, en los que sin embargo en cuanto ocurren violaciones a la ley o alteraciones injustificadas del orden, la autoridad hace acto de presencia y actúa con la fuerza que las circunstancias demanden. 

Y no es que donde eso ocurre, trátese de Dinamarca, Japón, Canadá, Chile o Finlandia, el pueblo todo sea malo o las fuerzas del orden vivan reprimiendo a la población. No, nada de eso. La realidad es más simple: tienen gobiernos que saben para qué son gobierno y autoridades que saben para qué fueron electas.

En cierto sentido, garantizar la seguridad pública, preservar la paz y mantener el orden, es cuestión de eficacia gubernamental. Nosotros, en México, hemos cometido la estupidez de ideologizar esas responsabilidades.  

NUESTROS MILITARES ¿ESTÁN CONTENTOS, TRANQUILOS?

A lo largo del siglo transcurrido desde su creación, el Ejército Mexicano (y para facilidad de redacción aquí quedarían incluidas la Marina Armada y la Fuerza Aérea) ha dado muestras sobradas de institucionalidad, lealtad y disciplina. Incluso, conviene precisar, sus acciones más cuestionadas como el 2 de octubre en Tlatelolco, no fueron iniciativa propia ni un arranque de locura. Obedecieron órdenes de su comandante supremo, que era un civil.

Con el transcurrir de los años, nuestras fuerzas armadas han debido asumir tareas un tanto o claramente ajenas a su responsabilidad fundamental: auxilio a la población en casos de desastre, la seguridad de altos funcionarios, vigilancia de instalaciones oficiales y combate a la delincuencia. Lo han hecho siempre con disciplina y la mayoría de las veces con eficacia. Incluso, la que sin duda ha sido su encomienda más controvertida, la de combatir al crimen organizado, la han cumplido al límite de sus posibilidades aún y cuando el marco legal que los amparaba era deficiente.

Creo compartir la apreciación de muchos mexicanos en el sentido de que no es ni será nunca lo mismo sacar a los militares de sus cuarteles y mandarlos a enfrentarse con los narcos o los huachicoleros que pedirles que recorran las poblaciones para ser vejados, humillados y avergonzados. Han demostrado reiteradamente que están dispuestos a matar o morir pero no creo que acepten para siempre el triste destino de salir a que les griten perros, les arrebaten sus armas, los jaloneen o les den escobazos.

Pocas cosas hay más contrarias al sentido común que imponerle a las fuerzas armadas el mandato de permitir que los desarmen, los insulten y los conviertan al final del día en motivo de conmiseración, de lástima o de burla. Es también contrario al sentido común asumir que circunstancias tan deplorables y condenables puedan repetirse ad infinitum sin provocar alguna reacción. Es demencial esperar que si hechos así se multiplican y se convierten en parte de la cotidianeidad nuestros militarse se resignarán eternamente a cumplir ese lamentable rol.

Además, si nos remitimos a las conceptualizaciones maquiavélicas y weberianas de que las fuerzas armadas son in extremis el soporte del Estado, el recurso mayor para defender la nación y la garantía de que las grandes comunidades humanas puedan convivir en paz, nos podremos hacer una idea de la gravedad de los riesgos que enfrentamos si seguimos permitiendo que a las nuestras cualquier delincuente, cualquier vago o cualquier desquiciado las agreda impunemente, las ofenda hasta cansarse y las humille a la vista del mundo entero.

¿Sirven, para lo que fueron concebidas, unas fuerzas armadas a las que muchos no respetan, a las que otros no les temen, a las que nadie honra? 

Más aún, unas fuerzas armadas en ese escenario, en ese entorno ¿están contentas, están satisfechas; se sienten cómodas, aceptan sin reflexionar un destino así de deprimente? No lo creo. Más bien tiendo a creer que muchos militares están pasando noches de insomnio, largas jornadas de meditación, intercambios frecuentes de opiniones con otros compañeros. 

En estas horas previas al informe presidencial muchos especialistas señalan, explican y ponderan lo que consideran son los principales problemas que enfrenta el gobierno de la 4T: aumento de la inseguridad, estancamiento de la economía, puesta en marcha de las obras emblemáticas, etcétera, etcétera. Me parece que sería un grave error no incorporar a ese catálogo el trato a nuestro Ejército, el talante de nuestros soldados y sus jefes. ¿De veras están contentos, relajados, tranquilos, satisfechos? 

Concluiré como inicié: ¿Cuál es el límite de nuestras fuerzas armadas para soportar humillaciones?

COMPRIMIDOS

Interesante la jugada del gallardismo al “fichar” al ultrachilango operador político Héctor Serrano Cortés. A reserva de volver luego sobre el tema y el personaje, por lo pronto apunto que todo indica se trata de una jugada de doble propósito: ver qué se puede hacer aquí con las ganas de Ricardo Gallardo Cardona de ser candidato a gobernador por el Partido Verde, pero principalmente alejarse una buena temporada de la Ciudad de México, donde el clima se le volvió peligrosamente adverso al que fuera principal operador político de Miguel Ángel Mancera y a quien Claudia Sheinbaum trae atravesado.

La contundencia de los hechos hace polvo cualquier retórica: aquí la delincuencia ha robado bancos llegando de madrugada a atar cajeros automáticos y arrancarlos con la ayuda de algún vehículo. Luego, los ha asaltado a mano armada y a plena luz del día, para después meterse a una casa vecina vacía y dedicar largas horas a horadar muros y consumar un “boquetazo”. Habrá que esperar un poco a ver qué método les falta venir a ensayar en esta ciudad. Y mientras, el Secretario de Seguridad Pública convertido en damo de compañía del Caco.

Según trascendidos durante el reciente evento masivo celebrado en el estadio “Alfonso Lastras” por los antorchistas, a su organización no les preocupa tanto el desafecto de Andrés Manuel López Obrador por lo que pueda dejar de darles. Su angustia es por lo que pueda quitarles. A la fecha, Antorcha Popular y sus anexos es propietaria a nivel nacional de 50 gasolineras, más de 30 restaurantes y varios centros de entretenimiento que son algo así como salones de baile con venta de alimentos y bebidas. Con ese solo patrimonio, que no en todos los casos es bien habido, tienen ingresos multimillonarios cada año. Aparte, claro, las tesorerías de los ayuntamientos que controlan. Aquí en San Luis son siete.

La elección priísta del pasado día 11 deja a su servidor una certidumbre irrevocable: el PRI podrá sobrevivir un año o un siglo más; podrá desvanecerse como humo o algún día retornar al poder, pero nunca va a cambiar. En su ADN no están presentes los genes de la competencia democrática ni del juego limpio. Es perfectamente capaz de las mayores hazañas al mismo tiempo que se hace trampa a sí mismo y se cree las más delirantes fantasías. Es decir: no tiene remedio.

Al paso de las semanas se confirma que las grillas internas de Morena condujeron a un grave error al imponerle un voto de silencio a Leonel Serrato, quien es sin duda una de sus mentes más lúcidas y una de sus lenguas más afiladas. Así, mientras otros actores políticos se apoderan del escenario, el partido de AMLO hizo mutis.

Hasta el próximo jueves (y una disculpa, avisé que me ausentaba dos semanas pero las circunstancias obligaron a que fueran tres).