Humanidades en crisis

El pensamiento humanístico puede ser una magnífica vacuna contra la crisis generada por la pandemia de Covid-19, señala el autor

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Humanidades en crisis

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Por Manuel Pérez

El término “crisis”, cuya etimología griega refiere a “decisión” (del verbo kríno “decido, separo, juzgo”), designa el momento en que se produce un cambio decisivo en alguna situación: una enfermedad, en la naturaleza, en la vida de una persona o en la vida de una comunidad; así que lo que vivimos hoy, por si alguien lo dudara, es una crisis en toda regla: un urgente momento definitorio que obliga a establecer prioridades y a replantear los caminos que nos han traído hasta aquí, así como a diseñar los que nos permitirán salir de esta y seguir caminando. 

Por ello nuestras autoridades no se cansan de proponer prioridades de ejercicio presupuestal y política pública alrededor del ahorro, la salud y el empleo, lo que tiene todo el sentido del mundo pues se trata de una crisis que amenaza la vida de las comunidades humanas en un sentido biológico y en un sentido económico; sin embargo, recuérdese que no solo de pan y vacunas vive el hombre, sino también (y quizás sobre todo) de proyectos, de utopías, de estructuras cognoscitivas capaces de otorgar sentido y dirección a las actividades humanas.

Ya Yuval Noah Harari, el célebre historiador hebreo, nos recuerda que la explicación paleontológica del salto cognoscitivo que permitió al homo sapiens trascender sus limitadas condiciones de existencia, así como proyectar su imagen a través de los milenios (en arte rupestre y en evidencias materiales de formas de vida atentas a las preguntas eternas: ¿qué es la vida?, ¿qué es la muerte?, ¿para qué estamos aquí?), involucra la capacidad de ficcionalizar el mundo y la experiencia. Porque si una colectividad de primates solo es capaz de organizarse para trabajar en comunidades de unas cuantas decenas de miembros, los primates humanos comenzamos, en determinado momento de nuestra evolución, a organizarnos en números bastante mayores, al grado de que actualmente nos organizamos por millones; dicha capacidad de organización masiva explica, como se sabe, la supervivencia de la especie en más de un sentido, pero explica también buena parte de nuestros retos y desafíos.

¿Qué haría posible la organización de los primates humanos en colectividades mayores a las de sus parientes? Al parecer fue la habilidad de crear símbolos, mitos, ficciones, sentidos de pertenencia alrededor de una idea y un propósito fundado sobre la posibilidad, no sobre lo existente. Tal como ahora opera una empresa, por ejemplo, una marca, una nación o una familia; todas son en principio hipótesis y todas encarnan una historia y un concepto a perpetuar. Así es como surgió también la mayor utopía intelectual que ha concebido la sociedad moderna, al amparo de un sentido racional del mundo y con el inmenso propósito de la libertad de pensamiento: así nació la universidad, hace casi nueve siglos, justo en medio de crisis, pestes y pandemias, justo en medio de milenarismos que auguraban el fin del mundo conocido. Así nació, otorgando certezas fundadas justamente en la perenne facultad humana de saltar cognoscitivamente desde estadios inferiores de conciencia.

Como se sabe, el término “universidad”, derivado del latín universitas contenido en el concepto mayor de universitas litterarum (generalidad de saberes), se empleaba también para referir a la totalidad de algo, como en la expresión universitas generis humani (totalidad del género humano), de donde nace la idea de proyecto de saber total y generoso al servicio de la humanidad, en lo que consiste grosso modo la misión de la universidad en la sociedad moderna, inspirada en los ideales del Humanismo renacentista. Eran los años en que se tenía claro que el gran criterio disciplinar o académico era simple y preciso: las disciplinas del número (artimética, geometría, astronomía y música) versus las de la palabra (gramática, retórica y lógica); otorgando a las primeras el deber de buscar la verdad empírica y sensorial, mientras que las segundas habrían de buscar la verdad que se esconde detrás de la información que podemos obtener de los sentidos superiores: la imaginación y la memoria. Con el tiempo y los enormes éxitos metodológicos de las disciplinas del número (hoy llamadas ciencias exactas), capaces de otorgar al hombre el control de la naturaleza, sobrevino una paulatina decadencia de las disciplinas de la palabra (hoy llamadas humanísticas), pero sobrevino también una serie de excesos sobre el mundo natural solo explicables desde la ausencia de sentido que justamente las humanidades aportaban a la tarea epistemológica de la humanidad. Excesos que nos han traído a este punto ecológico de no retorno.

Así, desde la Revolución Industrial las humanidades se anquilosaron y pasaron a ser objeto decorativo en las universidades. Sin embargo, después de un par de siglos, bajo el enorme temor a la guerra de extinción del siglo XX, el pensamiento humanístico encontró en aquellos grandes anhelos de paz una oportunidad de resignificación que recordó los ideales del Humanismo pacifista del siglo XVI y, justamente, su vínculo con la idea de universidad. De este modo fue que el estudio y la práctica del humanismo cobró para la UNESCO un papel más que relevante en la búsqueda de paz con justicia, proporcionando elementos para comprender una sociedad compleja y multicultural sumida en problemas de gran envergadura, capaces de poner en riesgo la propia supervivencia de la especie. El Correo de la UNESCO ha sido desde entonces un instrumento de difusión clave de este pensamiento, en los ya clásicos trabajos de Paul Geheeb (“A la busca de un nuevo humanismo en un mundo sin violencia”, 1962), Laurence M. Gold (“La ciencia y el Humanismo de nuestro tiempo”, 1968) o Noëlle Lenoir (“Ética de la ciencia: entre Humanismo y modernidad”, 1996); así como los fundamentales y más recientes de Irina Bokova (“Un nuevo humanismo para el siglo XXI”, 2010) y Maren Elfert (“Aprender a convivir: una revisión del Humanismo del Informe Delors”, 2015).

Como se ve, el siglo XXI aun mantiene viva esa llama; de hecho, en junio de 2012 se celebró en Río de Janeiro la Cumbre de la ONU sobre desarrollo sustentable denominada “Río+20”, donde se reunieron más de cien jefes de estado y de gobierno haciendo de este uno de los eventos más importantes de la historia reciente. El resultado de dicha reunión fue el plan de acción denominado “El futuro que queremos”, en el que se expuso la necesidad urgente de recuperar el sentido humano del desarrollo económico y la productividad mediante el respeto de la dignidad, la multiculturalidad, la biodiversidad y las prácticas tradicionales de producción local. Los participantes pudieron definir que la erradicación de la pobreza y la reducción de los efectos del cambio climático no serían posibles sin el reconocimiento de la dimensión humana de la existencia, así como del cultivo de las disciplinas que la sustentan. Al final, la Cumbre reconoció la necesidad de revolucionar el pensamiento, transformar la forma en que se percibe el entorno natural y la diversidad humana, hacia la construcción de una forma de relación ecológica y social más empática y más respetuosa: más “humana”.

Siempre se nos olvida, y más en países periféricos como el nuestro, pero es que en tiempos de crisis, de temores cataclísmicos, de peligro de supervivencia global, no solo debería haber lugar para el desarrollo del pensamiento concreto y la solución práctica e inmediata de los problemas que aquejan, sino también para el cultivo de la imaginación suficiente para resignificar esos esfuerzos y conducirlos a una verdadera superación de las condiciones que la hicieron posible; un salto cognoscitivo que nos haga salir de las cavernas a la luz, que nos permita volver a mirar las estrellas con esperanza, con creatividad, y con la certeza de que hacia ellas vamos, todos juntos: hacia la expansión interna y externa.

Nuestra Universidad Autónoma de San Luis Potosí tiene, desde hace 36 años, un humilde espacio de generación de conocimiento humanístico que tal vez sea tiempo de rescatar y usar en plenitud: el Instituto de Investigaciones Humanísticas, fundado en 1983 por el Dr. Joaquín Antonio Peñalosa, entre cuyos objetivos se encuentra justamente contribuir a la formación de ciudadanos humanistas, con una visión informada y global del mundo, emprendedores, éticos y competentes en la sociedad del conocimiento, capaces de colaborar con sentido ético a la construcción de una sociedad cohesionada, democrática, multicultural y basada en el conocimiento. 

Es tiempo de crisis y de decisiones trascendentes, es verdad, pero también puede ser tiempo de recuperación de nuestras capacidades dormidas. El Instituto de Investigaciones Humanísticas de la UASLP, que en agosto cumple un año más, es un espacio de todos, generoso y humilde, que sobrevive con un presupuesto realmente magro pero que no ha necesitado más para seguir presente y para aportar: actualmente uno solo de sus proyectos financiados por Conacyt tiene más presupuesto que el instituto en su conjunto, por lo que podría decirse que se trata de una entidad académica perfectamente sustentable que podría merecer mejor destino en el concierto de saberes que la universidad está llamada a ofrecer a la sociedad en estos momentos oscuros. Así que ¿las humanidades en crisis? Por supuesto que no, más bien “humanidades para la crisis”, porque el pensamiento humanístico puede ser, aunque lo dude, estimado lector, una magnífica vacuna contra la crisis.