logo pulso
PSL Logo

La vida entre tumbas

El oficio de los panteoneros en San Luis Potosí

Por Estrella Govea PULSO

Noviembre 01, 2026 03:00 a.m.

A

Galeria

En el Panteón Municipal del Saucito, la muerte forma parte de la jornada laboral. Entre sepulturas, herramientas y familias que llegan a despedir a sus seres queridos, los panteoneros realizan un trabajo que suele pasar inadvertido para quienes visitan el cementerio.

Su labor comienza con la preparación de una tumba, continúa durante los entierros y, en ocasiones, se extiende hasta las exhumaciones, pero también implica aprender a convivir con el duelo de otras personas.

José Guadalupe Corpus lleva casi 21 años trabajando en el panteón. Llegó al oficio en busca de una oportunidad laboral estable y, con el paso del tiempo, encontró en ese espacio una parte importante de su vida. Lo que al principio le provocaba temor se convirtió en una actividad que conoce desde sus exigencias físicas hasta las emociones que acompañan a las familias en los momentos de despedida.

UN OFICIO QUE NACIÓ CON LOS PANTEONES CIVILES

¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí


La figura del panteonero está ligada a la transformación de las prácticas funerarias en México. De acuerdo con el historiador Jesús Martínez Melgarejo, antes de que existieran los cementerios civiles, los entierros se realizaban en atrios y espacios vinculados con los templos, donde las propias familias podían encargarse de abrir las sepulturas y dar sepultura a sus muertos.

Con la creación de los cementerios civiles y el establecimiento de su administración, estas labores comenzaron a institucionalizarse. Así surgió el panteonero como una figura encargada de los trabajos relacionados con las inhumaciones y el mantenimiento de estos espacios.

En San Luis Potosí, los panteones también forman parte de la historia de la ciudad. Para Martínez Melgarejo, son lugares que permiten observar las costumbres funerarias, las formas de recordar a quienes murieron y los vínculos que las familias mantienen con sus antepasados. Su función no termina en recibir cuerpos: también resguardan parte de la memoria de la comunidad.

EL TRABAJO DETRÁS DE CADA SEPULTURA

Para José Guadalupe, una de las principales exigencias del oficio es el esfuerzo físico. Preparar una tumba requiere trabajo manual y conocimiento de los procedimientos; sin embargo, las exhumaciones representan otro tipo de preparación, tanto por las condiciones en que pueden encontrarse los restos como por el tiempo que ha transcurrido desde el entierro.

Recuerda que, cuando comenzó a trabajar, tenía temor de encontrarse con situaciones como las que había visto en las películas de terror. Pensaba que, al abrir una sepultura, podía encontrarse con un cuerpo que abriera los ojos o reaccionara. Con los años comprendió los procesos naturales de descomposición y aprendió a reconocer las condiciones en las que pueden encontrarse los restos.

No todos los cuerpos presentan el mismo estado. José Guadalupe explica que algunos procesos de conservación, como los tratamientos de embalsamamiento, pueden retrasar la descomposición, por lo que cada exhumación requiere estar preparado para lo que se pueda encontrar. La experiencia le permitió dejar atrás los temores iniciales, aunque reconoce que el trabajo exige fortaleza física y mental.

APRENDER A ACOMPAÑAR EL DUELO

La convivencia cotidiana con la muerte también significa presenciar el dolor de quienes pierden a un familiar. Entre los recuerdos que conserva, José Guadalupe menciona el entierro de un niño. Su padre se desplomó y rompió en llanto durante la despedida. La escena lo afectó especialmente porque él también es padre y pudo imaginar el sufrimiento de aquel hombre. "Yo no se lo deseo a nadie", recuerda sobre aquel momento.

En los entierros, los trabajadores procuran respetar el tiempo de las familias. Cuando termina la ceremonia, se mantienen a distancia y esperan a que los familiares indiquen, con una mirada o una señal, que pueden acercarse para continuar con sus labores. Para José Guadalupe, ese gesto es parte del respeto que merece cada despedida.

Al principio, cuenta, existía entre los trabajadores la preocupación de llevarse a casa las emociones o la llamada mala energía del cementerio. Con el tiempo aprendieron a separar la jornada laboral de su vida personal. Eso no significa que las experiencias dejen de afectarlos, sino que han encontrado formas de continuar con su trabajo sin trasladar cada historia a sus hogares.

UN LUGAR AL QUE LAS FAMILIAS REGRESAN

El trabajo de los panteoneros no termina cuando concluye un entierro. El Panteón del Saucito recibe durante todo el año a personas que vuelven para visitar, limpiar o arreglar las tumbas de sus familiares. José Guadalupe comenta que algunas regresan cada ocho días, otras una vez al mes y algunas más durante fechas específicas.

Hay quienes mantienen esa costumbre durante décadas. Para él, esas visitas muestran que el vínculo con una persona no desaparece con su muerte y que el cementerio continúa siendo parte de la vida de quienes acuden a recordar.

En ese sentido, los panteoneros también conocen las historias que permanecen alrededor de las tumbas y las leyendas que circulan entre los visitantes. José Guadalupe menciona algunas como la de la Dama Enlutada, además de relatos relacionados con personajes cuyas sepulturas reciben visitas frecuentes. Son historias que forman parte de la memoria popular del lugar, aunque no necesariamente correspondan a hechos comprobados.

LA MUERTE TAMBIÉN ENSEÑA A MIRAR LA VIDA

Después de casi 21 años en el oficio, José Guadalupe dice que su manera de entender la muerte cambió. La exposición diaria a los entierros y a las despedidas le ha hecho valorar la vida y prestar atención al tiempo que comparte con las personas. También siente orgullo de pertenecer al Panteón del Saucito, un espacio en el que ha pasado buena parte de su vida y que ha aprendido a mirar más allá de las tumbas.

Considera que las personas deberían expresar el cariño y el reconocimiento mientras sus seres queridos están vivos, no esperar a que mueran para recordarles cuánto significaban. Aunque reconoce la importancia de visitar y mantener presente a quienes ya no están, también cree que el afecto debe manifestarse en vida.

Su reflexión no nace de una distancia frente a la muerte, sino de convivir con ella durante años. Para José Guadalupe, se trata de un destino que acompaña a todas las personas, aunque nadie sepa cuándo llegará su turno. Por eso, entre las labores que realiza cada día, conserva una idea sencilla: hay que disfrutar la vida y valorar a quienes todavía están presentes.