Conviene apartarse. Apagar por un rato los dispositivos. O sintonizarlos en otro planeta; alguno llamado júbilo o benevolencia.
Yo me interno en este teclado, explorando el mundo humano que tiene apabullado el ecosistema que lo alberga.
Visiones de la naturaleza llegan mediatizadas por nuestros móviles. Nos hablan de la estética de la creación, de la diversidad en la flora y la fauna, mientras los medios culturales -bien avenidos- pregonan la creación humana que nos cuestiona y nos maravilla o bien, no nos dice nada.
Qué fiesta la de ayer en el zócalo. No quise ni asomarme a ese discurso que supuse sería emitido por una voz estridente y bajo el cual deja entender que “no hay más ruta que la suya”. La historia debería mostrarle que tales consignas, históricamente han resultado contraproducentes, pues vivimos entre humanos con errores y hasta hoy, no hay noticias de que el Mesías habite entre nosotros.
No podemos regresar al mundo arcaico; ni Vasconcelos, ni Juárez lo hubieran hecho en su tiempo. Para ser un héroe de su época hay que vivir como un contemporáneo de su propio tiempo.
Nunca imitaciones o segundas partes fueron buenas. Ningún totalitarismo puede aflorar nuevamente. El pueblo es sabio y sabe que no podemos regresar ahí ni por resentimiento, vanidad, ni por escalar una posición en los peldaños de una clase que muestra un franco deterioro moral en medio de lo que pretendía implantarse como una revolución humanista, ante todo.
Para “resetear” al país primero hay que hacer una copia de seguridad y resguardar aquello que resulta útil. Requiere una detallada tarea de análisis y de aplicación de criterios técnicos y profesionales que van más allá de la buena voluntad, el sentido común o la sabiduría contenida en dichos y refranes como componentes esenciales del discurso de un estadista.
La votación del año pasado, tenía como fin elegir alguien que ordenara esta nación bajo criterios que todo hombre de estado conoce y no con la impronta de una vendetta contra lo que llama adversarios o mafia del poder. No se votó por un bravucón que arenga subliminalmente a una confrontación entre diferentes colores de piel o de diferencias sociales entre ciudadanos de una misma nacionalidad. No todos los empresarios son adversarios o corruptos. No todos los mexicanos se rigen por los mismos valores o creencias religiosas. Mas todos somos parte del pueblo para el cual se gobierna o debiera gobernar sin diferencias.
Los humanos tenemos matices que hacen variar las clasificaciones en las cuales, el aprendiz de estadista quiere meternos a chaleco. Y si la tenacidad es hermana de la terquedad, los ciudadanos tenemos que meternos en la cabeza que ante sus disposiciones, sólo con un contrapeso sostenido podremos detener una transformación que no augura una comunidad unida.
No se trata de transforma per se, ni de convertirse en el héroe que da continuidad a las figuras emblemáticas de la Independencia, la Revolución o la Reforma que México ha vivido. Tampoco se trata de compartir con los próceres de la patria, las páginas que llenan los libros de texto.
Se trata de lograr el bienestar común sin dañar el tejido social cuyo deterioro se ha experimentado desde el cambio de sexenio, aún cuando a pesar de los gobiernos anteriores, habíamos evolucionado en materia de derechos humanos y reconocimiento a las minorías vulneradas.
Las voces son ya muchas. El ocupante de la silla del águila haría bien en escuchar las noticias mañaneras y dedicar menos tiempo a ser la nota durante las primeras tres horas de cada día, para dedicarse a gobernar y no a ser el protagonista de un reality que da mucho que desear.


