Chivos expiatorios o cortinas de humo

El lenguaje necesita la metáfora. Los políticos suelen ganarle la delantera a los escritores de ficción en eso de mentir, casi siempre sin las herramientas necesarias para hacer del lenguaje algo placentero, o al menos verosímil. Sacar una imagen o una frase de contexto les sirve para tratar de reinventar el pasado y lo que captan nuestros sentidos.

Suele decirse que una noticia es una ´cortina de humo´ cuando se crea para tapar otra, como lo hacen los ejércitos al aventar una bomba de gas, o los magos para desaparecer en el escenario. 

Y literalmente los incendios forestales son una cortina de humo. Una alfombra de llamas. "El fuego tiene voz", como escribió Jaime Hernández en este medio. 

Ya van 9 mil hectáreas siniestradas en San Luis Potosí. Se habla de fuego provocado (¿huachicoleros, narco, inmobiliarias, pirómanos?). De por sí ya hay pocos lugares donde los árboles sean los reyes, y las fotos de los animales calcinados estrujan semblantes y corazones. El ambiente es pesado, ya hay quienes sangran de la nariz. Las buenas intenciones de la ciudadanía para ir a ayudar directamente a apagar el fuego o a reforestar no bastan. Uno de los ´combustibles´ de estos incendios ha sido la descoordinación de los diferentes niveles de gobierno, a los que parece no importarle mucho este desastre.

¿Por qué han dejado crecer los incendios? ¿Cortina de humo? 

En todo caso hay otras cortinas de humo, esas sí muy evidentes. 

Hubo muchas noticias falsas esta semana y una me encantó: esa donde un supuesto alcalde de Sinaloa era atacado por un gato. En el video se apreciaba que el felino no lo soltaba a pesar de los golpes que le trataba de dar un hombre, pero la mayoría daban en la humanidad del funcionario. Resulta que el suceso fue en 2017, en una peluquería de Egipto, y el hombre que interviene con la silla, no se sabe si para defender al gato o al humano, era un peluquero que minutos antes le había dado servicio al supuesto presidente municipal.

Aquí es donde entra a escena la oveja negra, también conocida como víctima propiciatoria o chivo expiatorio. 

Las tres acepciones, una más culta que las otras (la segunda más bien religiosa) sirven para nombrar a la pieza que ha de sacrificarse para volver a la normalidad en una comunidad. No es cualquier pieza, sino una rara, por hermosa o por ser muy distinta a las demás.

Es el caso de Ifigenia, a quien exigió la diosa Artemisa en sacrificio para que los barcos de Agamenón pudieran partir a Troya. Es el caso de Isaac, a quien Dios pide en sacrificio a manos de su propio padre, Abraham. En ambos casos, la divinidad perdona a la víctima al ver la fe de sus progenitores.

En futbol lo saben y hay jugadores que se dejan caer con más veracidad que si fueran actores del método. Y no, no fue penal el que le regalaron a Maradona, uno más (pero somos de primera, qué caray).

En política ya no es tan fácil saber si alguien es víctima propiciatoria o se hace el chivo expiatorio para sacar provecho. Hay un montón de lobos con piel de oveja (negra). Lo más fácil es culpar al de al lado (o al que estaba antes), como cuando Homero Simpson acusa a Lisa de ser bruja, para evitar la burla del pueblo por apedrear su propia casa (en uno de los especiales de La Casita del Horror).

Chivo o bruja, la cosa es achacarle a uno los pecados de una mayoría, nuestra mayoría, para sentirnos simbólicamente purificados. Al fin que los demás no van a decir nada, o hasta se sumarán a quemar, golpear o denigrar. Es muy fácil caer en la agresión, como prueban los experimentos de la prisión de Stanford, en 1971, donde unos estudiantes hacían de guardias y otros de prisioneros. Fue tanto lo que mostraron sobre la perversidad del ser humano que se han hecho varias versiones para cine.

Viene bien aquí la fábula o minicuento de Augusto Monterroso:

«En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.»

Acerca del dibujo de M. C. Escher donde fondo y forma son ángeles blancos y demonios negros, Philip G. Zimbardo, coordinador de los ya mencionados experimentos de la prisión de Stanford, escribió:

«Se plasman tres verdades psicológicas. La primera es que el mundo está lleno de bondad y de maldad: lo ha estado, lo está y siempre lo estará. La segunda es que la barrera entre el bien y el mal es permeable y nebulosa. Y la tercera es que los ángeles pueden convertirse en demonios, y algo que quizá es más difícil de imaginar, los demonios pueden convertirse en ángeles.»

Hablamos aquí de políticos y personas que viven de su imagen, no de quienes resultan víctimas del sistema y la falta de justicia o de empatía. Hablamos de los que se hacen las víctimas para sacar una tajada de algo, ganar imagen. Quizá el gran ejemplo sea el de la película Sospechosos comunes (1995) de Bryan Singer.

A una víctima no se le critica, se le debe apoyar, y eso lo saben muchos políticos y otras mentes criminales. Usar el sufrimiento propio o ajeno, los ataques, no debería ser la constante.

Francisco Traver Torras escribió a propósito del libro El imperio del trauma:

«Ser víctima de una agresión y aparecer victimizado son dos cosas bien distintas. La victimización es un resorte de nuestra mente [...] Aparecer como víctima de algo es deseable, mucho más que aparecer como perpetrador. La víctima recoge simpatías sociales, y a veces seguidores para una causa. Pero la victimización tiene otras ventajas psicológicas adheridas: la principal es el mantenimiento de cierta autoestima. En la medida en que el culpable es el otro, yo soy inocente.»

Urge organizarnos para bailar la danza de la lluvia en la plaza de los Fundadores. Alguien que saque la coreografía, por favor, y convoque a los más posibles. Chance y rompemos un record. Chance y Tláloc, Poseidón, Chaac u otro dios se compadecen de nosotros.

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