Ciudad de recuerdos

La única manera de conocer una ciudad, es caminándola, preferentemente durante todas las estaciones del año. Cada temporada entrega fases distintos, hasta que llegamos a conocer sus humores y saber hasta dónde nos invita a verla. Luego, ella sola nos restringe o se abre irrestricta. 

San Luis me gusta en abril, cuando las jacarandas florean y la cantera invita a caminar sobre ella. Andar la ciudad en épocas de Semana Santa da la sensación de que uno fácilmente puede toparse a la vuelta de la esquina, con todos nuestros muertos, que han vuelto solamente para sentarse en la orilla de la fuente de San Francisco, para platicar con nosotros y ver cómo van las cosas, mientras compartimos un esquite. Cuaresma en San Luis es nuestro día de muertos particular.

De niña, mientras nos recetábamos la visita de los siete altares, era fácil imaginar a mi mamá y mis tías de niñas, con sus vestidos de domingo, caminando con mi abuela y sus hermanas, jóvenes y guapas, vigilando frente a ellas a la marabunta de chiquillos. En estas épocas de Cuaresma, las escenas se repinen una y otra vez, con generaciones que van pasando y que se irán sin remedio para que, con suerte, alguien las recuerde muchos años después, y desee encontraros a la orilla de la fuente.

El domingo caminamos en el centro. Fuimos al Edificio Central de la Universidad, a pasear entre los estantes de la Feria del Libro. Las jacarandas todavía no están en su máximo esplendor, pero ahí, tímidamente, ofrecen manchas lilas que saben a promesa. 

Entramos con los padawanes a la sala de lectura, un espacio cerrado en donde gracias a cojines de hule espuma y unos triángulos de madera, se forman una especie de reposets en donde después de escoger un libro, uno puede tirarse con calma a leer lo que plazca. 

A mi lado derecho estaba una niña de no más de siete  años. La acompañaba su papá, un hombre joven. Vi a la chiquita e inmediatamente me recordó a una niña que fue mi amiga de la infancia: era más bien alta para su edad, gordita y con el cabello crespo.  En ese afán que tengo por encontrarme con el pasado, me transporté inmediatamente al patio de primaria, donde esta niña llegaba cada mañana con una enorme mochila al hombro, y  tomando con su mano derecha, una bolsa de plástico donde guardaba unas tortas enormes,  acompañadas de una fruta que casi siempre era plátano y un frutsi. Luego, recordé a la mujer que es ahora, que, aunque físicamente se separó de la niña que fue, conserva aún los rasgos de tristeza que acompañaban a su yo infante. Las fachadas pueden cambiar, pero hay veces que no nos movemos ni un ápice de lo que fuimos. 

La pequeña escuchaba a su papá, quien le leía la historia de una princesa de cabellos largos como la noche. Ella, movía los labios en silencio siguiendo las letras impresas en el cuento y sonreía cuando le ganaba a su papá al completar alguna palabra. Luego, siguieron con la historia de unos escarabajos que se fugaban del jardín, para después leer en verso el cuento de una bruja que no sé por qué, debía de llegar pronto al bosque. El papá hacía su mejor esfuerzo entonando la historia, mientras la niña no dejaba de mover los labios para leer. Bien podía decirse que el hombre no era un gran lector: las palabras se le trababan y los acentos frecuentemente eran autocorregidos. Sin embargo, lo que le faltaba en práctica, le sobraba en entusiasmo y se le quedaba viendo a su niña como lo que era: la maravilla más grande del universo. 

Volví a ver a mi antigua amiga, que tuvo una historia familiar complicada, y pensé en ella haciendo malabares para atraer la atención de sus papás. No era que la desatendieran, sino que gran parte de las niñas de su familia eran espigadas y lindas. Ella, simplemente, no pasaba los controles de calidad. ¡Quién sabe qué hubiera dado en aquél entonces porque le leyeran como aquel hombre le leía a su hija!

Una de las chicas que cuidaban la sala de lectura era la encargada de suministrarles nuevos libros. Después de varias historias, la pequeña fue a devolverle el último libro y salió del lugar de la mano de su papá. Escuché que la voluntaria de la  sala le decía a una compañera que habría que  pedir cuentos distintos, porque ya se le había acabado el inventario para la pequeños de ese rango de edad. Yo, entrometida como soy, y viendo que había un muy buen número de libros en general, pregunté si era la primera visita de la dupla que acababa de marcharse. Me dijo que no: la pequeña y su papá habían estado el viernes de la inauguración por casi hora y media. Luego, el sábado habían estado por la mañana y luego regresaron después de comer. El domingo hicieron lo mismo. La niña entonces, ya no tendría que leer el lunes, si no se apuraban a ampliar el inventario. 

No se si la niña volverá todos los días, pero ciertamente a mí me abrió la puerta al pasado como siempre ocurre con estas épocas, donde la ciudad se camina entre recuerdos.