Ayer, por alguna circunstancia que no viene al caso –pero que espero referir en algún momento– inicié a las siete de la mañana una caminata en torno al lago mayor del parque Tangamanga. Cuatro vueltas; 7,600 metros; 9,092 pasos; de ser ciertos los datos del podómetro de mi teléfono, cada vuelta equivale a 1,900 metros.
Aunque con mucha frecuencia caigo en consideraciones sobre lo maravilloso y excepcional que es nuestro parque, en pocas ocasiones llevo estas reflexiones –como ayer– a lo profundo. Mientras estas reflexiones van con mis pasos, la vista va hacia la Sierra de San Miguelito, esa que todos los de mi generación, y –obviamente las anteriores– conocimos, caminamos y disfrutamos a plenitud, completamente deshabitada. Antes de los voraces especuladores de suelo, de los nocivos lotificadores.
No es lo mismo, desde luego, caminar o trotar en la libertad del parque, que como burro de noria en el confinamiento de un club deportivo, por muy fifí que éste sea; hay –sin embargo– quienes los prefieren. Veo salir el rojizo disco solar por el oriente; recuerdo entonces la primera vez que estuve en ese parque (ya como parque) la tarde de un domingo. Lo que no recuerdo –aunque supongo que por esa extraña fijación femenina a recorrer supermercados los domingos buscando toda clase de ofertas en los más extraños productos– es por qué llegamos después de la hora de cierre; como fuera, el cansancio de la caminata –acentuado por las bolsas con víveres que como recua de mulas cargábamos– seguro se reflejaba en nuestras caras, que generosos vigilantes nos permitieron entrar a recorrerlo. Sobra decir que no íbamos en automóvil; un San Luis en que el tiempo era relativo, y las distancias más largas o cortas, según el caso.
Aunque el punto central de mis pensamientos matinales es el parque, no dejo de considerar a la Sierra de San Miguelito; la veo a mi izquierda o a mi derecha, según camine. Pienso utópicamente en que existen comuneros y lotificadores generosos que quizá en algún momento entregarán enormes extensiones de tierra de esa sierra que hoy invaden y mutilan, para sumarla a las más de 400 hectáreas del parque; pienso en gobernantes inteligentes que con verdadero interés emprenden acciones al respecto.
Un helicóptero vuela hacia algún punto cercano; supongo que es uno de los que luchan contra los incendios serranos; me olvido del parque y mis cavilaciones van a la sierra que se consume. Una sierra que a pesar de formar parte de nuestro entorno inmediato, pareciera nunca importarnos y, sólo a veces, como en estas ocasiones, la tenemos presente. Hoy la sierra arde, pero diario –y frente a nuestros ojos– es mutilada, desaparece.
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Ignoro a qué se refería el secretario general de Gobierno, cuando hace unos días –orondo– decía hemos logrado contener el fuego, avanzamos, retrocedimos…, hicimos…, abrimos…, hicimos…; no pude evitar imaginarlo con un machete o pala en mano, sumando esfuerzos con los brigadistas anónimos y gubernamentales, que combaten el fuego en esas latitudes. No pude evitar imaginarlo como a la sudorosa mosca aferrada al palo de escoba, diciendo: ya acabamos.
En este caso, a diferencia de los desórdenes políticos urbanos que él siempre logra controlar, no ve solución alguna, porque se escapa de su alcance, porque él no generó el problema; en éste, a diferencia de los otros, no puede ser el médico, ni suministrar el medicamento, porque él no generó la enfermedad.
El problema de la sierra es mayor, desde luego, pero no nos olvidemos que estas cosas ocurren cuando el gobierno se olvida de los que ahí y de ella viven; años difíciles en los que con el fuego parecen querer recordar a las autoridades que ellos también cuentan. A toda omisión, responde una combustión.
Al mismo tiempo evidencia la total desorganización que en estas ocasiones imperan en gobierno del Estado, la incapacidad es manifiesta, y el fuego parece no tener control, aunque dicen que sí. Hace cuatro años, también nos dijeron que ya habría gobernador.
Es como Manuel Barrera Guillén cuando dijo que el gallardismo no encontraría acogida en el Partido Verde; pero con ella o sin ella, ya le dieron madruguete y formaron su nuevo coto. Veremos que tal resulta Emmanuel Ramos, como vocero del polluelo.
A propósito de polluelos, ande usted a saber quién redactó la lastimera y patética carta de renuncia de Gerardo Serrano Gaviño a una direccioncita de la Secretaría de Comunicaciones; nunca había leído un documento tan conmovedor. Esperemos que a futuro el chico exatec se tenga poquito más aprecio, y tenga noción de lo ridículo.
Ridículo mayor, también, el de la diputada panista Sonia Mendoza, quien le ha agarrado una tirria mayor al Parlamento de Mujeres, al que acusa de extralimitarse en sus funciones y actividades. Sería interesante preguntarle por qué incentivan la creación de algo con lo que finalmente no están de acuerdo por confrontarse derechos con sus principios partidistas.
Partidistas, de políticos, no como el de futbol en el que se les fue la señal a los ayuntamientos de la capital y Soledad por transmitir señales piratas. Qué pena con la concurrencia, y así como que ponerse de ejemplo, pues como que ya no les queda.
Por cierto, en este asunto, resultó curioso como algunos medios de raigambre gallardista, le atizaron por el asunto al pobre alcalde capitalino, pero nunca mencionaron a la autoridad soledense. Tan pillos unos como pollos otros.
Y al que cuando no le llueve, le graniza, es al diputado Pedro Carrizales, El Mijis, quien luego de sufrir hace unos meses un atentado, que no se sabe en qué van las investigaciones, ahora –dijo– que atentaron contra la casa de sus padres; para ayer, ser discriminado en un hotel de lujo, en Cancún, por su aspecto. ¿Y la austeridad?; creo que tampoco le da mucho el cerebro, para ponerse a pensar que si lo hubieran querido despachar, ya sus asesores no tendrían ni chamba, ni jefe.
¿Será que ya no carburamos por los calores que nos alcanzan?
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan.

