Me gusta ir al supermercado, como la patita, a comprar todas las cosas del mandado. El sábado los padawanes se despertaron muy temprano, así que llegué a la tienda antes de que levantaran la cortina metálica de acceso. Alcancé a estacionarme en los lugares que están justo frente a la tienda, en la orilla de la derecha. Esperé a que abrieran escuchando la radio. Sonaba Happy, de Pharell Williams, así que me puse de mejor humor de lo que había llegado. Bajé del carro cuando acabó la canción y me puse a cotorrear con los empleados que siempre me atienden, y con la gente con la que usualmente me topo al chocar carritos en los estrechos pasillos de la tienda de la Uni. Probé dos o tres productos nuevos hechos por comerciantes locales y compré algo de lo que comí. Luego, me enfilé hacia las cajas registradoras y me dispuse a esperar por un buen rato. Pareciera que ir al supermercado muy temprano fue idea de media población universitaria. Todos decidieron llevar entre setecientas y novecientas cosas en sus carritos.
Una chica joven me ayudó a meter las cosas a las bolsas que siempre cargo. Teníamos unas 5 bolsas llenas y entre ambas guardamos todo en la cajuela de mi carro. Mientras hacíamos esto, el lugar de a lado se desocupó e inmediatamente, una camioneta se estacionó en el espacio vacío. Nosotras estábamos en la parte trasera del carro, así que no nos percatamos que la camioneta había quedado a unos cuantos centímetros del espejo lateral del lado de la puerta del conductor, por lo que no podía entrar a mi vehículo. La chica que me ayudó con las cosas se quedó parada a mi lado mientras veíamos que no había acceso al interior. Comentamos que quien se había estacionado, no le había medido, porque tenía como medio metro del otro lado y no se enderezó. Hasta ahí la plática. Yo quería darle a la joven propina por haberme ayudado, pero no traía nada en la cartera, así que le pedí que se quedara, para que mientras el vecino movía su camioneta, yo pudiera abrir la puerta y tomar algo de dinero del interior.
Así, les pedí a los ocupantes de la camioneta si podían moverse. Para mi sorpresa, la mujer que venía en el asiento del copiloto abrió la ventana y dijo: “-No te oí decir por favor-“ Me sacó de onda. Sí dije. La cerillito lo confirmó: “-Si dijo-“. La mujer, vestida con una blusa amarilla, volteó y soltó: “- Eres una corriente, grosera.-“ Acto seguido, me barrió de la pe a pa y dijo: “-Naca-“ A mí, que iba vestida con unos shorts, playera blanca, tenis y cachucha, porque el glamour lo llevo dentro, me dio risa. Yo no sé qué pensaron. A lo mejor cuando comenté con la chica que me estaba ayudando, creyeron que me estaba burlando. Qué se yo. Sentí una mezcla de risa, asombro y compasión por la pobre pareja. Luego, el conductor, me dijo “-Pues te chingas-“ prendió su camioneta, se echó en reversa y se pegó aún más a mi vehículo. La pobre chica que me ayudó con las bolsas estaba con cara de susto. Yo de plano decidí no pelearme, hubiera sido completamente absurdo. Le dije a la chica que me acompañara al interior de la tienda y ahí le explicamos a la guardia de seguridad lo que había pasado. En eso estábamos cuando vimos que la copiloto entraba a la tienda, se me quedó viendo y me dedicó una sonrisa victoriosa, así como diciendo “-Ya te jodí el día-“.
La guardia le llamó a otro policía, quien salió a hablar con el conductor de la camioneta. El hombre se movió y yo pude salir. Me dieron mucha pena. Pobrecitos. Pensé en ellos, que seguramente son universitarios como yo. Desee con todo mi corazón que ninguno de los dos estuviera en las aulas, frente a grupo. Y entonces, solo entonces, me dio coraje. Yo no hice nada mas que pedir que se movieran porque estaban mal estacionados. Yo me la estaba pasado a todo dar. No soy ninguna Teresa de Calcuta, al contrario, la neta tengo un genio de la fregada y soy canija cuando quiero, pero ahora sí no di motivo. Y entonces me di cuenta que esa pareja estaba hasta entonces ganándome.
Me estacione, conecté Spotify y busqué a Pharell Williams, puse Happy a todo volumen y arranqué. Porque a mi ningún par de simplones me va a amargar el día, ni me van a debilitar los argumentos que tengo a favor de conocer a los extraños, ni me van a matar la amabilidad. Que ellos pierdan, yo no. Y es más, seguro me los voy a volver a encontrar en la tienda, porque no pienso cambiar de supermercado nomás para no verlos. A lo mejor no los saludo, porque si con algo tan simple como mover un carro se pusieron así, decir “-Buenos días-“pudiese ser visto como una provocación, casi como escupirles en la cara y masoquista, no soy.
Miren raza, todos podemos tener malos momentos, incluso malos años, pero tómenlo con calma y respiren hondo. Tampoco les pido que sean así como Campanita y vayan esparciendo polvo de hada; pero con que no contagien su mala vibra, nos damos de santos.
Llegué a casa, salí del vehículo y entonces me di cuenta de que la puerta de mi lado, tenía un rayón que parece parte del ejercicio de caligrafía de un niño aprendiendo a escribir. Seguramente mientras regresé a la tienda a pedir el auxilio de los guardas de seguridad, la pareja hizo el favor de rayar el carro. En fin. Lo mío es un rayón en un objeto. Lo de ellos está en su alma. Ellos pierden.

