Debatir el debate

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Necesitamos repensar la utilidad pública de la celebración de debates entre las personas que aspiran a un puesto de elección popular. Tremendo problema ahí. Como lo hemos dicho en otro momento, los dispositivos y mecanismos de nuestro sistema electoral tienen relación directa con la trayectoria histórica de nuestros propios procesos políticos. Por mencionar un ejemplo para ilustrar esta idea sin tener que desviarme demasiado: México no es el único país que cuenta con un Programa del Resultados Electorales Preliminares -el famoso PREP-; pero no logro identificar otra forma de organización electoral en el mundo que dote de tantos protocolos y mecanismos para la operación de un Programa que NO presenta resultados oficiales. Pero lo tenemos como lo tenemos porque cuesta más caro y es más peligroso que el electorado enfrente con incertidumbre o miedo a la noche de domingo de la jornada electoral, pensando en la posibilidad de que se “caiga el sistema” como ocurrió en 1988.

[Intermezzo apostador: le invito a que guarde este texto – como se hace con algunas cosas importantes- bajo el cristal del mueble de la tele. Al PREP no le quedan muchos años. Se lo garantizo. Las razones las escribo en otra entrega].

Regreso al asunto de los debates. Por razones de espacio quisiera obviar el recorrido de la historia de los debates entre contendientes a puestos de elección popular en México y solo quisiera referirme a algunos celebrados entre aspirantes a la Presidencia de la República. Menciono estos y no otros porque son los más sencillos de recordar y quizás los más útiles para ilustrar el punto que intentaré demostrar más adelante. 

Habemos quienes recordamos el debate organizado el 12 de mayo de 1994 en donde solo se invitaron a tres de las nueve personas registradas con una candidatura para contender a la Presidencia: Cuauhtémoc Cárdenas, Ernesto Zedillo y Diego Fernández de Cevallos. Dicen que ha sido el debate con mayor rating televisivo del que se tiene registro. Ese primer espacio mostró el enorme potencial de exhibición pública de las habilidades de una persona que puede saber o no debatir, pero a su vez desnudó otros problemas: no fue un espacio equitativo para Cecilia Soto (PT), Jorge González Torres (PVEM), Rafael Aguilar Talamantes (PFCRN), Álvaro Pérez Treviño (PARM), Marcela Lombardo Otero (PPS) y Pablo Emilio Madero (PDM). 

¿Recuerda aquel episodio del 23 de mayo del año 2000 donde Vicente Fox, Francisco Labastida y Cuauhtémoc Cárdenas intentaban acordar la celebración de un debate en donde solo participarían los tres candidatos punteros en las encuestas? Sí. Aquella célebre noche donde Fox acuñó la terca frase de “hoy, hoy, hoy”, sin importarles mucho que el IFE ya había celebrado un debate junto con los otros candidatos (Porfirio Muñoz Ledo, Manuel Camacho Solís y Gilberto Rincón Gallardo). Para ese tiempo, el debate ya tenía señales claras de degeneración tendiente a la obscena y espectacular frivolidad. 

Quiero ser claro en mi planteamiento. Tenemos un dilema importante. La celebración de debates puede -insisto, puede- ser un elemento particularmente útil para promover el voto informado. Durante los últimos años hemos visto cómo la tendencia de la sobrerregulación del debate -en el nombre de la equidad de la contienda- propició espacios rígidos y acartonados donde el desempeño de candidatas y candidatos respondía más a la estrategia de preparación para una exhibición pública que a la convicción por demostrar que una (un) candidata (candidato) tiene los atributos para ser un buen gobernante. Son rutas distintas. Y es un problema de todos.

Si lo que recordamos de los debates son frases chuscas o pifias técnicas, entonces algo se está haciendo mal, desde la concepción del espacio. Aunque en honor a la verdad esto es determinado por la conducta de los contendientes. ¿Ha visto el grotesco espectáculo del primer debate entre Donald Trump y Joe Biden en Estados Unidos?. Si de lo que se trataba era de desincentivar al electorado, ese debate lo hizo bastante bien. Supongo que hay alguien que gana con eso, pero hoy tampoco escribiré sobre ello.

Hoy la autoridad electoral tiene la obligación de celebrar y transmitir debates para algunos puestos públicos, porque en un país como el nuestro, es necesario ofrecer espacios de reflexión y de valoración de la calidad de las candidaturas. Aun tenemos algunos problemas por resolver. Corresponde a la autoridad el generar espacios flexibles que permitan que candidatas y candidatos puedan demostrar la calidad de sus postulaciones. Corresponde a las y los contendientes aprovechar y dignificar ese espacio. Y al electorado, como en un asunto de oferta y demanda, le corresponde ajustar las exigencias sobre la calidad de la oferta.

¿Por qué escogemos a nuestros favoritos?. Porque contamos con ventanas -así sean muy estrechas- para entender que puede haber convicción, afinidad, convencimiento. Estoy hablando de abrir y preservar esas ventanas de contacto. Cada quien escoge a sus clásicos y tendrá sus razones para ello. Si nos ponemos serios, una obscena teatralidad por diseño, no debería ser el criterio.

Twitter. @marcoivanvargas