El mar

Mantengo mis dudas y mis incertidumbres. Pero el mar todo lo cura. Con olerlo, escucharlo basta para cambiar la dimensión de las ideas que circulan por venas, sienes, dedos y ojos.

El mundo con su velocidad nos envuelve. La frase se ha dicho de mil maneras. Y lo vivimos diariamente como si nadie nos hubiera advertido de sus consecuencias y sus implicaciones.

Este torbellino no es el mundo o el sistema solar. Es un torbellino humano conformado de ambiciones, miedos, anhelos, deseos…. Un torbellino hecho de infancia y madurez inconsciente o con demasiada cabeza.  Un torbellino que sacude y absorbe a su paso el entorno y sus ocupantes. Pero el mar todo lo calma. 

El mar, ha sido piedra de toque de mi biografía. Espacio necesario que requieren mi piel y mis poros. Sonido que afina el tono de las preocupaciones y los apuros. O bien, murmullo que mece una cuna imaginaria en la que imaginamos estar, cuando bajo la sombrilla cerramos los ojos al resplandor del sol.

En sus corrientes nos columpiamos y sacudimos las tribulaciones y colocamos a las personas, o más bien, a nosotros mismos en el lugar que nos corresponde. Los juicios y prejuicios se ahogan en la arena antes de tocar el agua de tal manera que, al sumergirnos sentimos que somos un componente más de su sal y su flora.

Pasa el que vende tamarindos, collares, paletas, globos, nieve y pan de elote. Y al rayo del sol compramos por solidaridad más que por compulsión.

Amo el mar desde que tengo memoria y sigo formando memorias cada vez que llego a visitarlo, a recordarle quien soy, a contarle lo que ha pasado en el tiempo que no coincidimos. 

Solo hay que mirarlo para quererlo. Aún el que no lo ha experimentado anhela conocerlo, como si fuera un fenómeno, como si fuera algo fuera de este mundo. Y es que en realidad parece ser de otro mundo.

Nuestro convivir con él nos ha hecho confianzudos e irresponsables y ricos y pobres abusamos de él para una y otra cosa. Tiramos desechos, construimos, aumentamos los precios, ponemos barreras y mil variables. Pero él sobrevive y no pierde ni su ritmo, ni sus mareas. Confabula con la luna para hacer travesuras aumentado su oleaje y su temperatura. Y parece un ser la metáfora de lo infinito que sabemos es el universo.

Yo amo el mar.