El problema de la democracia

“No News is good News”. Así reza un aforismo anglosajón que bien podría traducirse como “no tener noticias es buena noticia”. Se dice que esta frase se pudo haber originado durante el reinado de James I de Inglaterra al referirse al hecho concreto de que la ausencia de malas noticias es en realidad una buena noticia.

Si uno lo piensa con cierto detenimiento puede ser que el buen rey James tenía razón. En política por ejemplo, la ausencia de conflictos es en realidad una de las mejores situaciones para gobernar; no implica una utópica situación de una sociedad que no tiene divisiones o que no presenta fenómenos, se trata más bien de que estos no rebasen un umbral para constituirse como problemas que afecten negativamente a cualquiera de sus integrantes.

En otro momento he mencionado ya que la tranquilidad con la que se han desarrollado las elecciones en nuestro país es una de las mejores noticias con las que contamos. Esto no significa que no se hayan presentado fenómenos que pueden considerarse problemas ni tampoco que nuestro sistema  electoral sea infalible, la buena noticia es que contamos con una base institucional de normas, procedimientos y mecanismos que permiten procesar estas situaciones dentro de los umbrales de la normalidad democrática. Esto nos permite cosechar paz en las calles y en las plazas. 

Veamos esta idea con mayor detenimiento a partir de dos situaciones hipotéticas. Imagine usted un escenario como el que se vivió en durante la elección federal del 2006 donde el margen de ventaja entre el primer y segundo lugar es tan estrecho que la tranquilidad pública depende de la capacidad de un sistema de resistir a las presiones o incluso a las narrativas del fraude. O imagine un segundo escenario en donde los márgenes de ventaja son tan grandes, que en la noche de la jornada electoral todo mundo se va a descansar con tranquilidad teniendo una idea clara de quienes habrán de gobernar durante el siguiente periodo constitucional.

¿De qué depende entonces que tengamos tranquilidad post electoral? ¿Del margen de ventaja entre el primero y segundo lugar? ¿o de la capacidad de nuestro sistema electoral de garantizar la integridad de una elección cuyo resultado puede ser respetado incluso con un margen de ventaja muy pequeño?. Permítame ser más claro en esta provocación reflexiva: en un país como el nuestro, la tranquilidad política tiene una relación directa con la confianza en las autoridades electorales. Y esta se basa en la capacidad que se tiene de garantizar de que la voluntad expresada en las urnas se respete plenamente.

Ha comenzado ya la discusión sobre la naturaleza y los alcances de la próxima reforma electoral en nuestro país. Me llama poderosamente la atención que la base argumentativa de quienes se han animado a adelantar algunas propuestas se centra principalmente en el costo de las elecciones y no en la consolidación de sus procesos. Pareciera que ya no preocupa la confiabilidad del sistema sino su costo. ¿Esto es buena noticia?.

No me adelanto a la respuesta que Usted puede tener. Solo quisiera advertir un par de ideas más que podrían pasar inadvertidas si no se le presta la atención adecuada.  Como lo mencioné líneas atrás, parece que contamos con el entramado de normas y autoridades suficiente y necesario para garantizar la integridad de nuestras elecciones, el foco del perfeccionamiento de nuestro sistema debe centrarse en la capacidad de garantizar condiciones de equidad en la contienda mientras se agilizan o simplifican algunos procedimientos. Lo segundo es pensar en un punto de equilibrio: ¿Cuánto debe costar la tranquilidad política de nuestro país?. 

Twitter. @marcoivanvargas