Robert McNamara decía que uno siempre tiene que estar preparado y dispuesto para reexaminar sus propios razonamientos. Esto implica una postura de cierta humildad para reconocer que no somos perfectos, que debemos mantenernos realistas sobre las posibilidades de equivocarnos y que, si las circunstancias lo permiten, tengamos la capacidad de escuchar y entender a quienes se encuentran en desacuerdo con nosotros. El mutuo entendimiento, profundo y auténtico, es justo y necesario. Desde luego, el poder puede emplearse unilateralmente, pero hasta Maquiavelo lo sabía: el ejercicio y la conservación del poder político requiere de evitar los errores de juicio. Nada es tan peligroso como los errores de juicio.
Es por eso que la pluralidad y el consenso tienen sentido. Quienes han estudiado el desarrollo político y democrático de México durante los últimos cuarenta o cincuenta años, podrán coincidir que lo que llamamos transición a la democracia no debe ser confundido con alternancia. Soy de la idea de que la alternancia pacífica es más un resultado de la pluralidad sustantiva, que ha sido alcanzada por la sociedad que ha transformado las instituciones y cuyo reflejo se manifiesta en las urnas, así como en la distribución policromática y equilibrada del poder público.
México no es el mismo que hace diez, treinta o cincuenta años. Cuando en la década de los años 90 del siglo pasado, se hablaba sobre la necesaria Reforma del Estado, los diagnósticos señalaban la ineficacia de las estructuras del mismo para dar voz a un país que ya daba señales claras de crisis política. No había contrapesos ni equilibrio de poderes, el presidencialismo mexicano se convirtió en un referente de estudio a nivel internacional –no por nada fue tan clara e ilustradora la aportación de Jorge Carpizo cuando habló de las facultades metaconstitucionales características del presidencialismo mexicano-. En palabras de José Woldenberg: “teníamos un presidente fuerte, un legislativo subordinado, una Corte que en materia política era omisa”.
Estamos hablando de la pluralidad política en un país que está cambiando. Le presento una evidencia breve –una joya-: El discurso pronunciado por el presidente Luis Echeverría Álvarez el 1 de septiembre de 1974 –googlead si os interesa- con motivo de su Cuarto Informe de Gobierno, ante el Congreso de la Unión comenzó así:
“Honorable Congreso de la Unión: El país es un mosaico geográfico y humano. La mejor manera de servirlo es conociéndolo en todas sus formas y matices, acercándose a él y dialogando con sus habitantes. Desde las oficinas sólo se perciben verdades a medias”.
Minutos más tarde, se pronunció así sobre los jóvenes que formaban parte de grupos disidentes a los que calificó de terroristas: “Surgidos de hogares generalmente en proceso de disolución, creados en un ambiente de irresponsabilidad familiar, víctimas de la falta de coordinación entre padres y maestros, mayoritariamente niños que fueron de lento aprendizaje; adolescentes con un mayor grado de inadaptación en la generalidad, con inclinación precoz al uso de estupefacientes en sus grupos con una notable propensión a la promiscuidad sexual y con un alto grado de homosexualidad masculina y femenina; víctimas de la violencia (…)”. Luego de eso, el estruendoso aplauso del legislativo.
México no es el mismo. La pluralidad y el consenso son importantes. Recuerdo con claridad la réplica que hizo el Diputado Porfirio Muñoz Ledo al entonces presidente Ernesto Zedillo durante la presentación del informe de gobierno en 1997. Era la primera vez en que la pluralidad de los partidos de oposición lograba mayoría en la Cámara de Diputados. La transformación de las Instituciones como resultado de esa pluralidad no fue algo gratuito. Unos años atrás, comenzó creación y consolidación de organismos autónomos ciudadanizados con funciones específicas como lo son el Instituto Nacional Electoral (antes IFE), la Comisión Nacional de Derechos Humanos; y un rato más tarde, el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos personales (antes IFAI), entre otros, que constituyeron importantes avances impulsados desde el acuerdo de las fuerzas políticas para favorecer un bien superior: un estado democrático de garantías y derechos.
Debemos reexaminar nuestros razonamientos. Hay quienes confunden pluralidad con fragmentación y predican la polarización política como normalidad democrática. El tiempo que vivimos, desde entonces como ahora, es crucial. La razón de nuestra Unión, del sentido de estado, se basa en el reconocimiento y preservación de nuestras diferencias políticas. Concibo una etapa de la historia de nuestra democracia donde las Instituciones y las fuerzas políticas reconocen las formas y matices del mosaico humano que es nuestro país, pero privilegian al consenso como un valor superior. Ahí radica la nueva fuerza del estado.
Twitter. @marcoivanvargas

