Resulta que como ya les he contado, soy mamá de dos niños a quienes en este espacio he apodado “los Padawanes”. El término viene por un gusto compartido entre Marcos y yo, por la serie de películas Star Wars, en donde los maestros, son llamados Jedi y los aprendices, padawanes. El término lo escogí porque creo que los infantes son alumnos de la vida en general, pero quienes en primer lugar enseñan, somos nosotros, los que los trajimos al mundo. Marcos y yo somos los Jedi de ese par de pequeños; sin embargo, claro nos resulta que nosotros, los adultos a cargo, seguimos siendo en muchos sentidos, un par de padawanes.
La maternidad, en nuestro caso, fue un proceso planeado. He escrito como no soy una mujer precisamente maternal en el sentido tradicional de la palabra. Vaya, los discursos alrededor de la abnegación materna no van conmigo. Tampoco aquellos que ensalzan a la mujer que se desaparece a sí misma para ser madre. Creo, más bien, que la maternidad exige mujeres plenamente presentes, formadas y completas, porque nadie da lo que no tiene. No concibo como una persona pueda transmitir seguridad a un pequeño si ella misma se diluye en inseguridades. Pero esa soy yo, y puedo estar equivocada desde la médula espinal hasta cualquier poro superior de mi epidermis. Por tanto, he aprendido con los años, a entender que la maternidad se asume dependiendo la mujer que la viva.
Creo que la maternidad no hace mujeres. Ser mujer es mucho más que eso y que se puede perfectamente, vivir sin ser mamá de nadie. La maternidad no completa a nadie, si la persona no se plantea la opción o si decide simplemente, no serlo.
Desde que nacieron los padawanes, claro quedó que ciertas cosas cambiarían. Habría lugares y horarios a los cuales no podríamos acceder con ellos y entraríamos en el clan de quienes buscan restaurantes con ludotecas.
Los niños son ruidosos, tiran cosas, se ríen a carcajadas, avientan objetos, aplauden cuando se emocionan, brincan de gusto, lloran si les da miedo o gritan si se enojan. Claro que en ciertos momentos y lugares, es indispensable que los adultos a cargo moderen la conducta de los infantes; sin embargo, vale la pena pensar si de pronto los adultos somos los que necesitamos contenernos menos y hacer lo que ellos: reír a carcajadas, llorar cuando nos duela, enojarse cuando valga la pena. Sí, hay lugares y hay momentos. Pero también debe de haber, en todos lados, tolerancia.
Hace poco alguien que conozco llevó a sus hijos al cine a ver Avengers. La sala estaba hasta el tope y gran parte del público, lógicamente, eran menores de edad. En la fila posterior a donde ella estaba sentada, se acomodó un grupo de personas, todos adultos. En cuanto comenzó la película, los niños comenzaron a preguntar cosas y los adultos de atrás, a callarlos. La madre les explicó a sus hijos que debían bajar la voz y así lo hicieron. Luego, otros niños tiraron palomitas, alguien se vació el refresco, otros aplaudieron cuando cierto personaje levantó el martillo de otro… en fin, se portaron como lo que son: niños, y la pasaron bomba. Los que no la pasaron nada bien, fueron los adultos de la fila posterior, quienes todo el tiempo estuvieron muy molestos y reclamando a los padres. Yo no sé qué esperaban.
Hilé la historia que me contó esta mujer, con los cada vez mas frecuentes comentarios en contra de los infantes en general, en donde se pide restringir a los niños de restaurantes, tiendas de ropa, cafeterías, cines, teatros, en fin, lugares públicos. He escuchado a quienes entre broma y broma, piden que quienes tengamos infantes nos abstengamos, prácticamente, de sacarlos de nuestras casas.
Sí, los niños y niñas pueden ser molestos. A veces parecen hechos de dinamita. Sin embargo, eso se les quitará con el tiempo. Lo que aparentemente también se quita con la edad, es la memoria. Pareciera que algunos adultos borran de sus mentes los berrinches que hicieron de pequeños, lo preguntones que eran, lo lágrima fácil que un día les valió el apodo de “Chilletas” en la escuela.
Me parece fantástico que haya jóvenes y adultos que hayan decidido no ser padres de nadie. Bien por ustedes. Los felicito sinceramente y sin sarcasmo alguno, porque para entrarle a esto, se necesita mucha convicción y, aun así, hay momentos en donde uno se cuestiona desde lo más profundo de su ser, si está haciendo bien el trabajo. Ustedes, los sin hijos, demostrarán el coraje en otros lados y en otras causas valiosas. Lo importante es recordar que aquí, todos cabemos.
Hay que tratar de volver a esos momentos en que uno fue niño o niña y saber que la mayoría de nosotros, no fuimos descendiente directo de Carreño y su manual de buenos modales. Unos fuimos chillonsísimos (pregúntenle a mi mamá), otros el diablo encarnado y con todo y eso, ahora somos adultos de bien.
En una ocasión vi a un niño de unos cuatro o cinco años en un carrito del supermercado. Iba con su madre, quien escogía frutas y verduras. El niño, con un movimiento veloz, le lanzó un aguacate a un señor que pasaba a unos cuantos metros de ahí. La mamá se hizo la occisa. El señor del aguacatazo se quedó estupefacto. Ni siquiera reclamó nada. Sólo se sobó la cabeza. Yo creo que el dolor más grande, se lo va a llevar la mamá, quien no enseñó a su chico límite alguno, ni en ese momento lo obligó a pedir disculpas. Sí, los padres debemos de poner fronteras, nada más cierto.
Pero no podemos vivir en un mundo libre de niños y niñas. Iremos a centros comerciales, caminaremos por las calles con ellos, iremos al teatro, a las librerías y sí, los llevaremos a ver películas que, quizá les sorprenda, pero están dedicados a ellos. Lo haremos en primer lugar, porque tenemos derecho de hacerlo, porque no podemos enseñarles modales si no conviven con otras personas y no podemos guiarles a guardar cierto comportamiento si no están en lugares públicos.
Los infantealérgicos y nosotros tendremos que aprender a vivir juntos, a no juzgarnos entre nosotros y a entender que los espacios son de todos. Y que cada quien se trate sus alergias lo mejor que pueda.

