La democracia es nuestra

¿Qué tipo de relación nos vincula con nuestros gobernantes? ¿El voto es el único vínculo democrático que nos une? Para discutir la idea principal de este texto quisiera hacer una brevísima parada en nuestra Constitución. La esencia puramente republicana de nuestro centenario texto constitucional refleja en sus artículos 39, 40 y 41 varias ideas fundamentales: la soberanía reside en el pueblo -Usted, yo, el vecino, su maestra de 5° grado, su tío, todos-; que todo poder público –instituciones, leyes, gobernantes y funcionarios- dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste; y que el pueblo –bueno, sabio o no- ejerce su soberanía por medio de los poderes de la Unión y de las Entidades federativas.

En español moderno, esto significa que el poder público proviene y se debe a los ciudadanos. Republicanismo también significa igualdad, que implica que entre los ciudadanos de una comunidad, no se reconoce mayor superioridad que aquella que implica el cumplimiento de una función pública conferida por mandato popular. Si las ideas liberales europeas del siglo XVIII y XIX son correctas –y en mi opinión, lo son-, entonces el ejercicio del poder público tiene relación con la voluntad popular.

Quise repasar brevemente los fundamentos republicanos de nuestra constitución para discutir algo que parece no estar muy claro en nuestra democracia representativa. Norberto Bobbio, viejo conocido de la ciencia política y el derecho, advertía que existen dos tipos de representatividad que dependen de las funciones de los representantes: como delegados y como fiduciarios. El delegado tiene un designio preciso, limitado y revocable; y el representante fiduciario posee libertad para actuar en nombre del representado y, por tanto, no tiene una representatividad vinculante ni la obligación de ejecutar mandato.

Aquí viene una noticia. En nuestra democracia representativa tenemos una clara asimetría en la concepción de lo que creemos que define a la representación. De este lado de las urnas creemos en una representación delegada, de aquel lado se cree en una representación fiduciaria. Y ésa es la razón que explica la crisis de representatividad de los gobernantes electos. Ésa es la razón por la que suele creerse que un cierto porcentaje del voto en las elecciones habilita a un representante popular para tomar decisiones en nombre del pueblo soberano, ignorando o pasando por alto a claras manifestaciones públicas –incluso posiciones mayoritarias- sobre un tema determinado.

Tenemos que pensar en la calidad de la representación política como un problema de nuestra democracia. Nos costó trabajo, -sangre, sudor y lágrimas, dijo Churchill-, pero ya contamos con un mecanismo democrático y pacífico para designar representantes. ¿Qué otros dispositivos –también democráticos- debemos diseñar para garantizar la calidad de la representación? ¿Es verdad que el voto mayoritario es un cheque en blanco que habilita y legitima a un gobernante electo para hacer cuanto considere conveniente según su juicio? ¿el gobernante electo representa a la población, a una mayoría partidista o a una forma de pensar? ¿cuál es el papel del ciudadano en nuestra democracia republicana durante los otros dos años y 364 días en que no hay elecciones?.

Insisto en la necesidad de pensar la política con perspectiva de madurez democrática. Conviene evaluar el desempeño de nuestros representantes desde su apertura a escuchar, a deliberar y a justificar sus decisiones a partir de un intercambio de argumentos público, razonado e informado.

Le tengo otra noticia. La exigencia de la calidad de representación siempre proviene de la sociedad, no de los partidos. La democracia es nuestra.

Twitter. @marcoivanvargas