Frente al enorme reto que constituye gobernar, me gusta el enfoque de políticas públicas por que supone la necesidad de desarrollar explicaciones sobre los problemas que se enfrentan, entender sus causas y calcular las alternativas de solución que se pueden implementar. No es por purismo de lenguaje –dijo una vez el Dr. Enrique Cabrero-, pero no podemos llamar “políticas públicas” a todas las acciones que hace o emprende un gobierno.
Tiene razón. Tratar de entender los fenómenos como problemas públicos implica rigurosidad metodológica para la definición de los mismos. De esta manera la disciplina de las políticas públicas requiere de la participación experta e informada de otras disciplinas del conocimiento que permitan explorar, describir y explicar la naturaleza de los problemas que un gobierno pretende atender.
Es por eso que ante el surgimiento de fenómenos que parecen superar por mucho a las capacidades institucionales de un gobierno, lo mejor y más recomendable es que las decisiones políticas sean ilustradas desde el conocimiento científico. Lo hemos advertido en otro momento: hay problemas públicos que no se arreglan a billetazos. Estamos ahora en presencia de uno de ellos; uno de estos fenómenos a los que Churchman, Rittel y Webber llamaron -allá en los gloriosos y cada vez más lejanos años 70s- “problemas retorcidos” (Wicked problems, en su idioma original, pero nunca he encontrado una traducción que haga justicia a su significado).
Un problema retorcido es aquel que no tiene definiciones únicas y estáticas; no tiene soluciones mejores, peores o definitivas; no suele haber margen de prueba y error en la implementación de alternativas de solución; no preexisten paquetes de soluciones para ese problema porque suele ser único; presenta una complejidad tal que resulta imposible identificar si la solución a un problema central resolverá problemas secundarios; o peor aún, resulta imposible identificar cuál es el problema principal.
Ante una situación como la que se vive en todo el mundo, necesitamos acudir a la comprensión de los problemas desde lo que la ciencia aporta para entenderlos. No se trata solo de un asunto que en el mejor de los casos debe ser descrito y abordado desde la epidemiología y la salud pública. Resulta sorprendente presenciar cómo cada aspecto de la vida pública y privada ha sido afectado de manera significativa ante este problema difícil de domar. Son las horas del mundo, las decisiones de política que se toman cuestan vidas, tiempo y enormes cantidades de dinero. La reversibilidad –la capacidad de revertir las consecuencias- ante el error en la toma de decisiones es nula. No hay margen de equivocación.
Lejos de (sobre)reaccionar con alarmismo o con dogmatismos miopes, quienes participan en la discusión y formulación de soluciones de política tienen una responsabilidad que pocos asumen con madurez. Gobernar no solo implica decidir sobre bases de conocimiento objetivas e incontrovertibles, no solo obliga la conducción de los asuntos públicos dentro de los estrictos límites de la legalidad y la factibilidad técnica y presupuestal; gobernar también implica entender que hay una enorme población que toma decisiones –personales, económicas, familiares- sobre la base de conocimiento -y de certezas- que se percibe a través de los medios y las redes sociales. Por eso es tan importante comunicar con transparencia, claridad y asertividad, con prontitud, con conocimiento de causa.
A pesar de la obstinación de quienes insisten en no entender la seriedad del problema que estamos enfrentando –o de la necedad de lucrar políticamente con ello-, no cuesta ningún trabajo voltear a cualquier lado y encontrar a mujeres y hombres que, desde su propio ámbito, no esperan pasivas(os) a que alguien haga algo, sino que comprometen su conocimiento, empeño, trabajo, corazón y esfuerzo en ser parte de la solución.
Ése es el sentido de la gobernanza en democracia de la que tanto se habla en las aulas, congresos y eventos públicos. La confección de alternativas que requieren de la participación de múltiples agentes donde todas(os) tienen algo distinto qué aportar. Es ahí donde cobra sentido la noción de un gobierno conductor por encima de la vetusta idea del gobierno interventor. Frente a escenarios de crisis complejas, la eficacia de las Instituciones depende de la capacidad de las(os) gobernantes de instrumentar alternativas lógicas que indiscutiblemente se enriquecen desde la propia sociedad. Gobernar en democracia también significa abordar los problemas desde la inteligencia colectiva. Para luego, es tarde.
Twitter. @marcoivanvargas

