[Spoiler Alert: esta no es una canción
de Joaquín Sabina, pero sí destaca
cosas que valen la pena]
No mire ahora, pero solo restan 339 días para la celebración de la jornada electoral del 6 de junio de 2021 donde se realizará –una vez más- la elección más grande –en términos cuantitativos- en la historia del país. Entiendo que usted ya leyó esto hace un par de años cuando ocurrió la elección del 2018 y entiendo también que la dimensión de las elecciones no debería ser medida únicamente en términos cuantitativos –como ponerle atención al crecimiento constante del padrón electoral- sino que debe ponderarse también la complejidad de los mismos. Para esto no hay medidas objetivas e incontrovertibles, pero sí referentes cualitativos que tampoco faltan.
Vamos por partes. Ya hemos dicho hace algunas semanas que nuestro sistema electoral cuenta con un modelo de organización y realización de las elecciones que implica una operación logística que sea capaz de recibir a más de 90 millones de personas para que hagan un mismo trámite –votar- a través del mismo procedimiento en un horario de 8 a 18 horas. Usted y yo sabemos que muy probablemente ese domingo no saldrá a votar la totalidad de personas que integramos la lista nominal, pero el dispositivo de organización sí debe tener la capacidad de recibirnos a todos. Con sol, lluvia, sismo, pandemia o lo que sea. Así lo tenemos dispuesto.
Para ello, desde hace un montón de años se ha formado en México un entramado legal e institucional que configura y hace funcionar al sistema. Tenemos partidos políticos, pero también candidaturas independientes. Tenemos autoridades administrativas ciudadanizadas (el INE, los OPLEs –el CEEPAC, para el caso de San Luis Potosí), autoridades jurisdiccionales (los tribunales electorales) y autoridades de procuración de justicia (las Fiscalías). Tenemos un modelo de financiamiento público de las elecciones que favorece el control y fiscalización de los recursos y evita –en teoría y por diseño- la predominancia del dinero privado que podría someter –insisto, podría- a los contendientes a los designios e intereses de sus patrocinadores. Tenemos un sistema de control del gasto que fiscaliza el ejercicio de esos recursos y verifica la legalidad de su aplicación. Tenemos un modelo de comunicación política que regula la manera en que partidos, candidatas(os) y otros grupos de interés se presentan ante el electorado en los medios masivos de comunicación. Tenemos estrictos estándares de producción de materiales electorales que evitan la falsificación de las boletas, las actas y todos los documentos que dan certeza de que no habrá documentación apócrifa.
¿Me permite seguir? Seré breve. Tenemos un sistema de conteo de los votos que asegura que las normas elementales de la aritmética determinen que las sumas cuadren. Tenemos un modelo de observación y acompañamiento que permite que el escrutinio verifique la legalidad de todas las actividades del proceso. Tenemos sistemas informáticos y estadísticos que informan a la población cómo se van recibiendo los paquetes y cómo se van contabilizando los resultados. Tenemos regulaciones para perseguir y sancionar los delitos electorales.
¿Y sabe qué tenemos también?. Violencia política por razón de género, donde algunos cretinos dificultan y violentan a las mujeres para que puedan participar como candidatas o ejercer su cargo. Tenemos simuladores que improvisan el cumplimiento de las normas de paridad y de representación de los pueblos indígenas. Tenemos la incursión de la delincuencia organizada que trata de someter y amedrentar a quienes de forma auténtica y legítima, buscan ponerse al servicio de la población. Tenemos voluntades corruptas que a través del chantaje, la producción y divulgación de noticias falsas, buscan confundir a la población y polarizar hasta generar hostilidad. Tenemos manipuladores que deterioran el valor del voto y pretenden degradarlo en limosnas.
Pero eso no es todo. Tenemos también la enorme disposición de miles o millones de personas que encuentran en la celebración de elecciones pacíficas, a una vía transitable del cambio político y la exigencia por la rendición de cuentas. En otro momento he dicho que la democracia y la autonomía de las autoridades electorales no es una graciosa concesión de estado sino un patrimonio de la ciudadanía que fue construida, sí o sí, desde la pluralidad y la garantía de libertad.
La democracia es camino, no punto de llegada. En este tránsito hemos encontrado libertad, pluralidad, diálogo, confianza, verdad. Todas aquellas cosas que valen la pena. Los desafíos del presente y futuro son enormes y complejos. Con estatura política y compromiso ético, todos quienes participamos en estos procesos podríamos compartir más o menos una misma idea: una vez que hemos encontrado algo valioso, no podemos perderlo. Ningún capricho, ninguna obsesión, ninguna voluntad efímera se encuentra sobre el bien superior. Que todos nuestros esfuerzos se encaminen en cuidar y proteger aquello valioso que hemos encontrado, no lo vamos a perder.
Twitter. @marcoivanvargas

