El 15 de junio de 1808, Jane Austen escribió a su hermana: “Mi querida Cassandra, ¿Por dónde debo comenzar?, ¿Cuál de todas mis naderías importantes debo contarte primero?”. El oxímoron con el que inicia esta carta representa a una inesperada oportunidad para pensar sobre algunas cosas que pueden parecer irrelevantes para otros, pero que están llenas de significado para alguien.
Dicen que una de las virtudes más notorias en la novela de Jane Austen es que logra construir y exponer de cuerpo entero, los enredos y sentimientos de sus personajes –sobre todo de sus heroínas- desde la narración de la vida corriente. Sin pasar por alto el enorme valor que representa la escritura de su novela en una época donde las circunstancias de la mujer eran mucho más injustas de lo que son ahora –el pseudónimo con el que firmaba sus textos era “una dama”-, hay algo en todo esto que quiero destacar hoy: hay enorme valor en poner atención a lo que es importante para las personas.
La visibilización de lo que es importante para las personas representa un puente entre lo público y lo privado, y una oportunidad de construcción de comunidad. Explico. En una sociedad plural, las personas tendemos a formar comunidades alrededor de afinidades en ciertos asuntos, intereses o maneras de ver el mundo. Esto funciona así desde hace cientos de años. Muchas veces, el entorno en el que nos desarrollamos establece un marco de valores y significados a partir de los cuales modelamos y definimos lo que es valioso o importante. Luego, cuando una persona tiene la oportunidad de conocer –así, en el sentido más amplio que puede existir del verbo-, multiplica la posibilidad de encontrar o desarrollar espacios de comunión con otros. Así vamos formando comunidades. Así vamos creciendo personalmente.
Y es la existencia de estas comunidades, de estos espacios de comunión, intercambio y expresión, lo que ha permitido que una sociedad aprenda de sí misma a partir de la pluralidad y la hiperdiversificación de maneras de ver el mundo. Lo que sigue, es la construcción de una agenda pública donde una sociedad y su gobierno, trabajan por aquello que es importante.
La definición de la agenda es un asunto crucial. Imagine un proceso de formulación de una lista de asuntos que la sociedad considera como importantes y, por tanto, su gobierno debe atender. Desde luego que pueden estar los macro-temas en los que todos coinciden: Salud, educación, seguridad, economía, empleo. Pero lo relevante de la agenda tiene que ver con los detalles de cada tema en un contexto donde los recursos son limitados, así como el reconocimiento de otros temas que son importantes pero que no parecen ser notorios para quienes toman decisiones. Cuando el presupuesto es finito –quiero decir que tiene límite, no de buena hechura- entonces viene la priorización. ¿Qué de la educación? ¿salud para quién? ¿en dónde la seguridad? ¿economía de qué? ¿cuál tipo de empleo?. Y se pone todavía mejor: ¿alguien ya pensó en los derechos? ¿la legislación y los programas públicos deben exigir o beneficiar de la misma forma a los desiguales?. Son solo ejemplos.
La eficacia de un gobierno depende entonces, de la capacidad de resolver los temas que se encuentran en la agenda. Si lo pensamos de manera inversa, imagine cómo percibiría una sociedad a su gobierno cuando éste no tiene la capacidad de atender y resolver los problemas que se le plantean. Por eso la definición de la agenda es importante. Eric Elmer Schattschneider formuló una noción magnifica al respecto. Hablaba de que el ejercicio sustancial del poder político radicaba en la capacidad de controlar los límites en los que los actores pueden operar. Se refiere al control de la agenda pública. A la definición explícita y exclusiva de los asuntos que habrán de atenderse. Esto lo habíamos dicho en otro momento: de lo que se trata, es que la gente solo hable de los asuntos que un gobierno puede resolver –o si se es oposición, el interés estará en discutir los problemas que el gobierno no puede resolver-. Un poder político gana cuando logra que la sociedad solo hable de los asuntos que a este poder interesa, y dentro de los estrictos límites que así ha definido. Lo contrario a ello, diría Marcos Mundstock, es reflexionar fuera del recipiente.
Por eso nuestras naderías son importantes. Porque dotan de riqueza y significado a lo que somos y lo que hacemos. No necesitamos –o no deberíamos necesitar- del aval o la aprobación de una jerarquía, de una élite o peor aún: de unos autócratas, para poder determinar lo que importa o no, lo que es necesario, prioritario o relevante. Es la sociedad la que debe definir sus mecanismos de visibilización y discusión de lo que debe hacerse, lo que debe cuidarse.
Hay quien considera, por ejemplo, que el cuidado de los niños es una nadería. ¿Recuerda a Fátima Cecilia, la niña torturada y asesinada en Tláhuac en febrero pasado? ¿ese tema ya dejó de importar? ¿y todos los demás?.
Twitter. @marcoivanvargas

