No podemos negar que Plácido Domingo tiene un vocerrón extraordinario. Uno en un millón. No podemos olvidar tampoco que el tenor tiene un cariño especial por México. Por alguna razón, entre los recuerdos más vívidos en la memoria colectiva del terremoto de 1985, está la imagen de Plácido Domingo ayudando a quitar escombros de un edificio derrumbado. El hombre canta como ángel y aparentemente se portaba como tal.
Hoy el cantante acumula una veintena de acusaciones de acoso sexual de mujeres que se cruzaron con él durante su trayectoria profesional. La historia más o menos es la misma: chicas jóvenes, atractivas, talentosas, miembros de las diferentes compañías operísticas en las que coincidieron con Domingo, a las cuales el tenor por algún motivo comenzaba a mostrar interés, primero profesional y después variaba hacia insinuaciones inapropiadas, invitaciones fuera de la línea, tocamientos no deseados, avances sexuales e incluso presiones para mantener relaciones sexuales con él, haciendo velados comentarios sobre cómo su influencia podía catapultar la carrera de estas mujeres o sepultarla. Una de las víctimas que acabó cediendo después de varios avances, se ha cuestionado al paso del tiempo: “-¿Cómo le dices que no a Dios?-“ Porque para su medio, Domingo equivale a eso, a un dios.
La historia de las cantantes ha traído a mi memoria narraciones de varias mujeres que han trabajado con estos “dioses” y que no han podido salir a la luz pública a denunciar estos elegantes depredadores porque ¿cómo le dices que no a un dios? Desde fuera pudiera parecer fácil: no, es no y cualquiera pudiese pensar que resistirse en el momento es cuestión de mantenerse firme y listo. Sin embargo, la presión de mantener un trabajo, tener futuro, arriesgar la seguridad, no son cosas fáciles con las cuales lidiar, mucho menos cuando se es joven y sin experiencia.
Recuerdo el funeral de connotado personaje. Acudí por el vínculo con cierto familiar del difunto y la iglesia estaba atiborrada de personas, quienes, como es costumbre en estos casos, hablaban puras bondades del muerto, quien había sido un personaje famoso dentro de su área laboral. Cuando quedaban pocas personas en el atrio de la iglesia, alguien soltó que el hombre había sido un llamado “ojo alegre” toda su vida. Varias ex colaboradoras comenzaron a contar historias que iban desde piropos subidos de tono, hasta “besos robados”. El cuate, entre broma y broma, solía sugerir a sus subordinadas cómo vestirse y no desperdiciaba oportunidad para hacer notar lo bien conectado que estaba. Hablaron también de ciertos casos que después de salir de esa oficina y ser permisivas con el jefe, habían efectivamente, conseguido cierto empujoncito en sus carreras. También contaron sobre varios casos de chicas que habían acabado huyendo del lugar. Y ahí quedó la plática, como una serie de anécdotas más. Pero claro, esto pasó hace unos diez años, cuando solíamos evadir estos temas hasta que el depredador en cuestión muriera y todo era visto como una normalidad que ahora resulta atemorizante.
En el caso de Plácido Domingo, se han expuesto también las redes que de manera omisa, decidieron voltear hacia otro lado para que el tenor no fuese molestado, dando pie a que decenas de mujeres tuvieran que soportar la conducta de Domingo. Habrá en este punto quien diga que las chicas en cuestión pudieron decir que no, pero que bien sabían que ser agradable con el tenor les convenía y por eso accedieron. Y claro, habrá también quienes digan que si el “precio” para sostener su carrea era ese, les salió barato. La cuestión no es si hubo quien de manera voluntaria accedió a complacer al tenor, sino que se creó un ambiente propicio para ello en donde omisiones y mal entendidas costumbres pusieron a mujeres en situaciones bajo las que incómodamente tuvieron que optar por complacer sexualmente a un hombre; cuando lo realmente normal, hubiese sido que si alguien quería tener una relación con el tenor, fuese libremente y no por sentir una constante presión por hacerlo, temor por el futuro de sus carreras, ni miedo a perder el lugar que habían ganado con su trabajo.
Hay testimonios de personal de las diferentes compañías operísticas que relatan cómo algunos compañeros creaban todo tipo de excusas para no dejar a la chica objeto del deseo sola, de manera que Domingo no encontrara espacio para sus insinuaciones. Hubo también gente decente, pero no lo suficiente como para que la situación parara. Cualquier denuncia por parte de estas mujeres o de las compañías, equivalía a un suicidio. El cantante era poderoso. Lo suficiente para arrasar con quien le armara un escándalo. Por eso muchos optaron por callar durante años, hasta ahora.
El tenor ha esgrimido una especie de defensa alegando que las acusaciones son “imprecisas” y que “es doloroso oír que he podido molestar a alguien o hacerles sentir incómodos, da igual cuánto tiempo haga de ello y a pesar de mis mejores intenciones. Creo que todas mis interacciones y relaciones fueron siempre aceptadas y consentidas. La gente que me conoce o que ha trabajado conmigo sabe que no soy alguien que pueda hacer daño, ofender o avergonzar a alguien de manera intencionada”, para rematar diciendo que “reconocemos que las reglas y estándares por los cuales somos, y debemos ser, medidos hoy son muy diferentes de lo que eran en el pasado.”
Quizá a primera revisión, las acciones pudieron ser consentidas, pero no hay que perder de vista bajo qué condiciones y, si bien es cierto es injusto juzgar a las personas bajo los estándares del pasado, también es injusto restarles importancia únicamente porque el tiempo ha pasado. No hay que olvidar que: “El acosador se aprovecha de una doble ventaja: la que le proporciona ser jefe —y que de él dependan la continuidad en la empresa de la víctima, su sueldo y su promoción— y la que emana de su género”, dice la encuesta El acoso sexual a las mujeres en el ámbito laboral, realizada en 2006 por el Instituto de la Mujer.
Nadie va a arrebatarle nunca a Plácido Domingo su estupenda voz, ni a borrar su contribución a la historia de la ópera; sin embargo, cada vez se allana el camino para decirle que no a un dios y darle una probadita de su propia mortalidad.

