Una mujer, ya entrada en años, sostiene con su brazo derecho una bolsa color mamey mientras trata de empujar la puerta del cajero automático. Pasos atrás, un joven se adelanta hacia la mujer de la bolsa. La señora no se percata de la presencia del chavo hasta que ya está a unos centímetros de ella. Automáticamente, la mujer presiona con su brazo la bolsa que carga al hombro. El joven toma con su brazo derecho la puerta y la empuja para que la mujer pueda pasar sin problema. Ella se relaja. El chavo todavía se espera a que yo llegue, detiene la puerta y me deja pasar. La primera mujer voltea y le dice: -“No haga eso, me dio un sustote”-
Dos ancianos sentados en una banca en el jardín de Tequis. Un niño pequeño pasea en un triciclo frente a ellos. Los dos ancianos le preguntan algo, no alcanzo a escuchar qué, pero la respuesta hace reír al par. La que supongo es mamá del niño, que estaba a unos 25 metros de distancia, acelera el paso, casi corre. Sin decir nada, toma al niño, lo baja del triciclo, carga con una mano al chiquito y con otra, empuja el juguete. Los dos viejitos se quedan sentados con cara de sorpresa.
Una señora hace fila en el supermercado. La cajera pasa por el lector de los precios varios productos. El sonido del rítmico “pip, pip, pip, pip”, concluye con un “-Son $1750.00, señora.-“ La mujer saca unos vales. La cajera, con destreza, comienza a contar y sellar los valecitos. “- Le faltarían $80-“. La mujer busca en su cartera, no hay dinero, genuinamente se sorprende. Luego busca en la bolsa. Nada. Un señor, detrás de ella, le dice: “-No se preocupe, permítame pagarlos-“ Ella voltea, molesta, no le dice nada. En cambio, ordena a la cajera: “-Quite las cajas de kleenex-“Luego, sale del súper con su carrito como alma que lleva el diablo.
Un hombre camina por la calle, va deprisa. Cruza hacia la banqueta de enfrente y se tropieza con el filo de un adoquín mal puesto. Cae cuan largo es, sin tiempo a meter siquiera las manos. Sangra de la nariz. Varias personas se acercan, una le recoge un maletín. “-Deme mi computadora, deme mi computadora.-“ La chica que recogió la el estuche color azul marino se lo pasa de inmediato. Otra mujer le acerca una mascada que traía al cuello, con el logo de un banco impreso y le dije “-Límpiese, está sangrando-“ El hombre se para, toma su computadora y se va. Quién sabe cómo se limpió la sangre.
Puedo entender perfectamente la precaución que hay que tener en lugares públicos. Nos hemos enterado de cada cosa, que los cuidados a veces parecen insuficientes ante estafadores cada vez más creativos. Las historias de gente a quien le clonan su tarjeta de débito al ir al cajero, la de niños arrebatados de sus padres a plena luz del día, la de personas que les robaron sus carteras en medio de confusiones son cotidianas. Cada uno de nosotros conoce a alguien a quien absurda e injustamente le quitaron algo, así en un dos por tres.
Sin embargo, la precaución está quedándose atrás y la paranoia está tomando su lugar. Uno ya no puede ni decir “buenos días” a un desconocido, sin que se te quede viendo raro. Menos jugar con un niño desconocido y ni hablar de regalarle un dulce, porque lo ven a uno con cara de pedófilo. Es cada vez más rara la gente que se deja ayudar si está cargando veintitrés bolsas del mercado con sólo dos manos, a menos que la ayuda provenga del “cerillito” que le auxilió a empacar, porque no sea que nos vayan a robar. Ni qué decir que alguien auxilie para abrir la puerta del auto mientras alguien trata de guardar una carriola y poner en el asiento trasero a un bebé de meses, porque inmediatamente pensamos en un secuestrador de infantes.
Estamos matando la amabilidad y se me hace que esa, no resucita al tercer día.

