Por una cabeza

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No me refiero al título de un clásico tango, sino al “tango” que se ha venido presentando con motivo de la renovación de la dirigencia nacional de Morena Partido Político. En su célebre “Ensayo sobre un proletariado sin cabeza” (Ed. Logos, México, 1962), José Revueltas advertía sobre la crisis de la izquierda partidaria en nuestro país en esa época (el Partido Comunista), en términos de una dirección política incapaz de mover el potencial revolucionario de un cuerpo considerado como sujeto histórico del cambio (el proletariado). Las cosas, ahora, pareciera que no son muy diferentes, pero la relación entre cabeza y cuerpo se ha invertido y transformado. Por una parte, es evidente la crisis política que aqueja al principal partido de la izquierda en el país, al extremo de naufragar, reiteradamente, la definición de sus órganos de dirección. Empero, se ha invertido la relación porque pareciera que es el cuerpo el que hoy anda a la deriva; y se ha transformado, porque ya no se tiene como eje del cambio a un sujeto social limitado al proletariado, sino al pueblo en sentido amplio.

Sin embargo, después de varios meses de jaloneo entre aspirantes a la dirigencia nacional de Morena, la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación resolvió la legalidad y legitimidad del proceso interno que ungió a Alfonso Ramírez Cuéllar como presidente interino del partido. La tarea de Alfonso será preparar la renovación de la dirigencia nacional garantizando piso parejo a los aspirantes, unidad en la diversidad, así como la mayor incorporación de militantes y simpatizantes con el movimiento de la Cuarta Transformación, mediante la puesta al día de un padrón que ha sido objeto de lamentable manipulación por una facción. Pero lo más importante será la activación de una fuerza política que acompañe, razonablemente, las decisiones del presidente López Obrador, sobre todo las encaminadas a desmontar vicios heredados de administraciones pasadas que se resisten al cambio. En ese tenor, el combate a la corrupción se presenta como una de las tareas que requieren de amplio apoyo popular para evitar la regresión de prácticas deleznables de grupos formales e informales de presión.

Conozco a Ramírez Cuéllar desde la época en que inició, junto con Juan José Quirino Salas y Manuel Ortega González (QEPD), el movimiento nacional de deudores del campo y la ciudad denominado “El Barzón”, surgido al calor de la crisis financiera precipitada por el famoso “error de diciembre” de 1994 y que aún seguimos pagando todos los mexicanos. En condiciones difíciles, lograron organizar una fuerza social impresionante para detener el acoso de acreedores de la más diversa laya, que amenazaban con despojar de su patrimonio a miles de familias en el país, para después pasar a una etapa de gestión que permitiera, a los diversos sectores productivos golpeados por esa crisis, una progresiva recuperación de su capacidad crediticia y de inversión. Lo anterior ha quedado plasmado en numerosas publicaciones sobre la historia de este movimiento social, entre ellas una de quien esto escribe, a partir de la experiencia compartida de lucha con los fundadores de este movimiento.

Alfonso tiene, pues, una probada capacidad organizativa para lograr enderezar el rumbo de Morena y hacer del cuerpo de este amplio movimiento social-partidario una renovada “esperanza de México”. Para ello, Alfonso ha señalado la necesidad de fortalecer la formación política de los cuadros morenistas, a efecto de que puedan contribuir de manera sensata, razonable, comprometida, crítica y ética a la transformación nacional, asumiendo que no siempre ha sido así, luego de que en la ola de 2018 se colaron personajes que han quedado a deber a la sociedad desde la comodidad de (en)cargos públicos que nunca imaginaron usufructuar. Pero ese es un asunto que ya se dilucidará en la siguiente elección de 2021.