Temporada de informes

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A Sigmund Freud le atribuyen, entre otras cosas, esa frase que reza: “lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia”. Mientras que el odio es aversión, la indiferencia resulta desconcertante y dañina porque implica la ausencia de una posición, denota falta de interés. 

Es esa falta de interés la que hace que miles de personas en este país, se duelan de la indiferencia de las instituciones públicas para considerar o atender a los problemas que les afectan de manera particular. Probablemente Usted se habrá enterado que el domingo 24 de mayo de 2020, el periódico The New York Times dedicó la portada completa de su edición en papel para publicar cientos de nombres de personas que fallecieron a causa de infección por COVID-19. La intención del periódico era “humanizar” las cifras que día a día se publican sobre esta crisis mundial. No se trata de hablar de cifras, sino de las vidas que han sido afectadas. De quienes se han ido y de quienes nos hemos quedado. 

No resto valor alguno a la preocupación de las personas que emiten juicios a propósito de las cifras que señalan la existencia o dimensión de un problema. Como era de esperarse, el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática publicó la revisión de cifras de variación del Producto Interno Bruto en nuestro país, para detallar que la economía mexicana registró una caída anual de 18.7%. Por otra parte se publica que en México se suman más de 62 mil muertes por Covid -sabemos que pueden ser bastantes más-. De nuevo, lo importante no está en las cifras sino en la humanización de su significado. 

En otro momento hemos hablado ya sobre las distintas posturas que existen frente a los problemas públicos. Los ganadores buscan reducir el conflicto, los perdedores buscan expandirlo. Y mientras eso ocurre, la atención de los mismos corre el peligro de convertirse más en un asunto de política: o como encanta a algunos advertir: “ya se politizó” “es golpeteo”. Se convierte más en bandera que en problema público. Ahí se encuentra una raíz de la propia indiferencia. Puede haber funcionarios públicos que se preocupan más por la percepción pública de su eficacia que por la atención concreta del problema a resolver.

Como evidencia de lo anterior, es posible identificar distintos episodios de la actuación de funcionarios públicos que destinan recursos para construir percepciones. Permítame ser muy claro en esto: no es que no se invierta -o gaste- en atender un problema, pero me resulta frívolo, irresponsable y timorato priorizar la construcción de una percepción por encima de la transformación de una realidad. 

Se viene la época de los informes de gobierno, por todas partes. Ejecutivos, legislativos, ayuntamientos. La Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales -en su artículo 242 párrafo 5- establece que los anuncios y spots no se considerarán propaganda cuando la difusión se limite a una vez al año y se transmitan siete días antes de la entrega y hasta cinco días después de la fecha en que se rinda un informe de gobierno. Esta disposición legislativa funciona como una salida ante lo establecido en el párrafo octavo del artículo 134 de la Constitución que prohíbe que la propaganda gubernamental haga uso de “nombres, imágenes, voces o símbolos que impliquen promoción personalizada de cualquier servidor público”.

No se harán esperar, en todo el país, los señalamientos sobre el uso de recursos públicos para promover a personajes que puedan o no buscar un puesto público en una próxima elección. Eso será materia de conocimiento de la autoridad competente para cada caso concreto. Lo que quiero advertir aquí, es que, en el nombre de la discusión de los informes de gobierno, el debate público no debería deshumanizarse en cifras, a favor o en contra. O trasladar el valor de la discusión pública para tasarlo en efectos electorales. 

En el nombre de la empatía, como todas las cosas que verdaderamente importan, conviene mirar a los problemas desde el significado que tiene para las personas. No son los números, los discursos, los dichos o las formas, sino lo que éstos significan. Lo advirtió Lichtenberg: “Todo tiene su profundidad. Quien tiene ojos ve todo en todo”. 

Twitter. @marcoivanvargas