Veneno puro

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Plot Twist: Las narrativas distópicas no son profecías autocumplidas.

Hace unos días escuché en la radio una opinión sobre algunos comportamientos y prioridades de este grupo demográfico al que muchos entusiasma llamar “Millenials”. Ya se imaginará; a estos villanos favoritos, culpables de nacer entre los primeros años de la década de 1980 y hasta el año 2000, se les acusa de que su enorme familiaridad con el uso de herramientas digitales de comunicación, les ha llevado a no repetir los códigos de comportamiento que caracterizaban a las generaciones anteriores. 

¿Cuáles códigos? Los que Usted quiera: la manera en que se conciben como miembros de una comunidad, sus hábitos para conocer, para relacionarse, para comunicarse. Sus valores y prioridades; su aproximación sobre la cultura y las costumbres, su religiosidad, la manera en la que aprenden, consumen, deciden, comparten. Sus hábitos cotidianos, la manera en que votan. Todo.

Voy a pasar por alto la tremenda impostura que representa generalizar –o peor aún, juzgar- un comportamiento asumiendo que se trata de una constante para toda persona nacida dentro de un intervalo de tiempo, independientemente del contexto en el que crezca y se desarrolle. Sabemos que esa lógica de homogeneizar a toda una generación bajo un sistema de comportamientos definidos es básica e indiscutiblemente errónea. Lo que es cierto es que con investigación seria y estadística pulcra, es posible identificar algunos rasgos y tendencias que sugieren la existencia de fenómenos que requieren ser descritos y definidos con el cuidado debido. Vamos hablando en serio, pues.

Regreso a un evento sobre la generación en cuestión. Hace unos años una persona –que en ese tiempo tenía unos 17 años de edad- me preguntó sobre el área del conocimiento a la que dedicaba mi docencia: -“Oiga maestro, ¿Y usted de qué da clases?. –De Política, contesté. –Ahh; la policía te está extorsionando…” (entonces comienza a cantar la canción Gimme The Power de Molotov). En ese momento me llamó mucho la atención la primera noción de “Política” que tenía una persona que votaría por primera vez en la elección federal del 2012. Evitando por completo la falacia de la generalización, me ronda desde entonces una pregunta fundamental: ¿Quién construye la narrativa con la que entendemos al gobierno y a las instituciones públicas?. 

Mi preocupación es ésta: vivimos rodeados de fenómenos de lo público que conocemos por distintos medios. La reacción de la sociedad ante estos fenómenos no suele ser homogénea –aquí podría caber cierta distinción entre generaciones- y depende, en gran medida, de la manera en que se perciben y entienden estas cosas. Lo que sigue es la acción colectiva, el acto u omisión en consecuencia, la reacción de la gente. Percibo un grave problema de entendimiento público sobre lo que son y cómo funcionan las instituciones que nos gobiernan. No creo que sea un problema de instrucción pública formal, creo que se ha construido la narrativa de forma errónea. 

A nadie sorprende que en estos días –o en los anteriores-, los personajes políticos hagan deformaciones de la realidad para promover públicamente una agenda que se ajuste a sus intereses particulares o de grupo. De esta forma resulta común que a la fecha aún existen acusaciones retóricas que señalan que las autoridades electorales –el INE o el CEEPAC- son maquinarias de fraudes electorales. Que los órganos jurisdiccionales –la Suprema Corte o los Tribunales- son instrumentos de la clase dominante. En ese mismo orden de ideas abunda en el imaginario colectivo la idea de que todo el gobierno roba, que toda la policía es corrupta, que toda la prensa miente, que todos los docentes son incompetentes; o de forma análoga, que una persona o un gobierno puede solucionarlo todo, y si no lo logra, fue por culpa de alguien más. 

Años de escuchar estos mensajes modelan una realidad desde la que la sociedad percibe lo público. Esta tergiversación de lo que son y lo que hacen las instituciones públicas tiene un riesgo mayor: la indiferencia. En lo personal me preocupa y me resulta gravísimo que abunden personas a las que les da igual a quién designan para asumir un puesto en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que les da igual si existen reformas constitucionales sobre el sistema educativo, o la manera en que se discute y decide sobre el presupuesto público.

El distanciamiento y la indiferencia es veneno puro para nuestras democracias. En esta ocasión le propongo reflexionar sobre la siguiente idea: ¿será más fácil gobernar cuando se desincentiva el escrutinio público?. No podemos rendirnos ante un falso determinismo basado en una percepción errónea de lo que son las Instituciones. Creo en nosotros: la realidad es nuestra. 

Twitter. @marcoivanvargas