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Estamos a pocos días de Día de Muertos, con sus tradiciones históricas y sus símbolos, dentro del marco del espacio único que ocupa el festival en el núcleo de lo que significa ser mexicano. También nos encontramos —como es inevitable en estas fechas— en ese momento del año en el que resulta casi obligatorio contrastar esta festividad con su contraparte más ruidosa y estridente: Halloween.
En parte, esto se debe a la cercanía entre ambas fechas, pero también a que, de formas muy distintas, las dos abordan el tema de la muerte. Pero no termina ahí: existen otras dos razones por las cuales, hoy en día, Dia de Muertos y Halloween se mantienen en una oposición perpetua y cada vez más desequilibrada.
El primero de estos factores es la proximidad de Estados Unidos a México. Como ocurre con cualquier par de naciones de sus respectivas dimensiones que comparten una frontera tan extensa, resultaría ingenuo suponer que no existe una importante permeación cultural entre ambas. De hecho, es una queja habitual entre los anglosajones en Estados Unidos que la cultura mexicana —y, en un sentido más amplio, la cultura latina— tiene una presencia mayor en muchas zonas al norte de la frontera que la suya propia. En parte, esto no es más que racismo convencional; sin embargo, lo que sí se puede deducir de tales quejas —sin lugar a controversia— es que México está presente en Estados Unidos. Y, por supuesto, también es cierto lo contrario: Estados Unidos está presente en México. Ya sea en la vestimenta que utiliza casi todo el mundo acá, o en las franquicias estadounidenses que se ven en la mayoría de las esquinas de cualquier pueblo o ciudad, o en los programas de televisión en cada canal, etc etc... Así que no es de extrañar, por tanto, que Halloween también tenga una presencia significativa al sur de dicha frontera.
No obstante, es la segunda razón —a saber, la hegemonía cultural internacional de Estados Unidos, articulada en torno a los mecanismos corporativos ya mencionados— la que la mantiene omnipresente y la que, en particular, se percibe como una invasión silenciosa, pues apunta deliberadamente al futuro de la sociedad mexicana al centrarse en su porvenir: mediante la captación de nuestra juventud.
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Reconociendo esto, se tendría que entender que cualquier debate comparativo entre el Día de Muertos y Halloween no es, en el fondo, una comparación, sino más bien una defensa del primero frente a las apropiaciones del segundo. Resulta verdaderamente increíble el poder que puede tener un simple dulce; la fuerza bruta del azúcar como arma. Conocemos y comprendemos el poder que el azúcar ha tenido históricamente, pero es fácil olvidar que lo seguimos experimentando hoy mismo.
Ante todo esto, es importante ampliar la mirada hacia el contexto internacional, y observar cómo se percibe el Día de Muertos a nivel global; pues no cabe duda de que, desde Suecia hasta Francia, y desde Australia hasta China, la forma en que México —tanto en el ámbito privado como en el público— venera esa delgada línea entre este mundo y el más allá, convierte a esta festividad en un referente de gran trascendencia. No se trata solo de una resonancia cultural única, sino, precisamente, del hecho de que ¡no es Halloween!
Porque a estas alturas existe una amplia comprensión de que Halloween es una celebración vampírica, una festividad sin alma. Si bien es cierto que tiene sus raíces en la cosecha, el paso de las estaciones y la mortalidad humana, estos fundamentos han quedado olvidados hace mucho tiempo. El Día de los Muertos, en cambio, permanece arraigado en lo que realmente es. A pesar de la reciente expansión de las procesiones públicas y de las manifestaciones externas de esta festividad, sigue siendo, en esencia, un ritual de recuerdo de carácter privado centrado en la familia.
Así pues, aunque es natural sentir que la cultura en México se encuentra amenazada, tal vez este año valga la pena recordar que, cada vez más, esta es valorada a nivel internacional —en otras culturas— tanto por lo que representa como por lo que no es. En ello reside una esperanza: la esperanza de que la humildad y la autenticidad sigan siendo un lenguaje valorado más allá del horizonte, y de que las tradiciones vividas con autenticidad tengan un futuro.



