A menudo platico con los muertos y quisiera decir que éstos me responden. Sin embargo, resulta absurdo: ni siquiera estoy segura de que exista un “más allá.” Y es que esto que tengo aquí resulta por sí mismo tan completo, que no veo la necesidad de rematarlo con la promesa de un postre incomprobable, cocinado por la buena intención de un grupo de personas que quizá no quedaron satisfechos con el platillo principal, o que se empeñan en alargar la sobremesa.
Envidio a las personas que tienen la capacidad de creer a ciegas en un Dios que los estará esperando en un ambiente nebuloso con música de arpas, o, de perdido, con olor a libros como el paraíso de Borges.
Y, sin embargo, a veces me sorprendo hablándole al Dios que me enseñaron de pequeña y encomendándole mis hijos a Mater. Entonces me siento hipócrita e incongruente, porque en el fondo de mi ser, algo me dice que le estoy hablando a la nada.
He visto a gente suplicando a la divinidad para obtener un milagro imposible: que curen a un hijo, que salven a la madre. Los veo y me estremezco. Envidio su entrega absoluta e incondicional a lo que no puede verse, ni tocarse, ni probarse. Entonces pienso que ha de ser reconfortante estar arropado por esa fe mística. Se ha de sentir tan bien como la noche con sábanas frías en verano, el abrazo de una madre o el éxtasis al hacer el amor. Se ha de vivir, por un momento, la ausencia total de incertidumbre.
Creo en Jesús. Así como creo en Mahoma o en Buda. Así como Sabines creyó en su tía Chofi. Creo porque hay evidencia histórica de que estuvieron aquí. El hecho de que hayan sido mortales no les resta mérito. Si fueron seres divinos no me consta, ni tampoco me impresiona.
De niña, creo, hubo ciertos momentos en que no cuestioné mayor cosa aquello que me enseñaron en catecismo. La idea de un ser supremo siempre atento a mí, me pareció atractiva, misteriosa e intrigante. Entiendo la función de un Dios árbitro, regulador de lo bueno y lo malo, silbando en la cancha de quien anota una falta. Ese Dios me ayudó a centrar parámetros y definir líneas morales.
Luego, crecí. Crecí y por un tiempo me arrebató la idea de un Jesucristo radical, izquierdoso y liberador. Ese me salvó del romanticismo cursi del dios de las palomitas de catedral, y, mejor aún, del vengativo y rencoroso, del que se regocija del sufrimiento humano, del que pide penitencias y se da de latigazos para expiar culpas en lugar de no cometer pecados asquerosos, en primer lugar.
El dios de mi juventud tuvo un extraño parecido con el Che Guevara, con la imagen cool del Jesús de los cuadros maristas. Ése salvador estaba guapo, tenía cabello castaño al aire, ojos azul Brad Pitt y parecía rockstar. Tenía la mirada de quien sabe todo. Y ahora que sobrepaso por diez años la edad en que dicen que murió, me pregunto qué tanto pudo saber un chavo de 33 años.
Los cierto es que sin esa época yo sería aún mas insoportable de lo que soy, más arrogante de lo que me permito y más inconsciente de lo que lucho por evitar. ¿Tuvo algo que ver la fe?, ¿Mi cambio fue un Damasco?, ¿Se obró en mí según su palabra?
Casi nunca hablo de mi fe, o de la falta de ella, que para el caso es lo mismo. Hay gente que muestra una franca decepción -tan buena mujer que parezco-, otra se entristece -pobre mujer, sin fe no tiene nada-, muchos se enojan: ¿Cómo puedo cuestionar la existencia de un Dios y la fe en éste, si tengo el amor de un hombre, hijos, familia, amigos, trabajo? Porque para ellos, ésa es la presencia divina, evidencia pura. Para mi no está tan claro.
Y aún así, no me siento hereje, ni irreverente, porque si hay un Dios, como Benedetti dijo, no creo que le molesten mis dudas. Quizá, con suerte, me vea como yo veo a mis hijos cuando cuestionan sin problemas los datos absurdos que los adultos les presentan. Y, hasta ahora, no me ha caído ningún rayo exterminador.
Por eso estas épocas me sobrecogen. Porque veo los pétalos de cempaxúchitl, huelo el copal, toco las fotos de mis muertos y deseo con toda la fuerza de mi alma que todo sea cierto. Que de verdad haya algo más allá, que me estén viendo, que sonrían por lo estúpido de mis dudas y pido -rezo- que al otro día encuentre los platos a medio comer, las botellas terminadas y el vaso esté sin agua.
Porque quiero verlos. Quiero verlos a todos, incluso a los que no extraño a diario. Quiero ver volar a un colibrí en el jardín de mi casa y creer que sea cierto que son las almas de aquellos que me dejaron.
Ha de ser lindo tener la certeza de la existencia de Dios y su paraíso lleno de almas familiares. Porque yo…yo sólo tengo la certeza de que vivo y moriré.

