En esta casa los festejos decembrinos comienzan en octubre y háganle como quieran. Bien sabe usted, lectora, lector querido, que en este hogar potosino formamos parte de las filas del ejército encabezado por el buen Ebenezer Scrooge; por lo que años ha habido que dentro estas cuatro paredes no se ha puesto arbolito navideño, ni colguije alguno que indique que es navidad. De hecho, mi amiga Mireya, que es un duendecito navideño camuflageado de gente normal, goza torturándome desde septiembre, mandándome fotos de adornitos cursis que nunca cruzarán el umbral de esta puerta negra.
Sin embargo; lo que sí nos gusta, es el jolgorio, y en esta temporada la raza convierte los últimos tres meses del año en un gran fin de semana en el cual octubre equivale al viernes, noviembre al sábado y para diciembre ya es domingo. Por tanto, en estos meses los que trabajan los sábados se organizan compromisos festivos para salir a tiempo del trabajo o si se puede, un poquito antes de la hora. Los que se enclaustran en sus casas porque en la semana acaban up to the mother (ahí tradúzcanle), buscan salir a orearse y los que sienten que los traga un torbellino el lunes, para escupirlos ya muy mallugados el viernes, se dan una manita de gato y buscan salir a trepar tejados, aunque estén calientes.
Así, este fin de semana nuestra casa abrió sus puertas para celebrar el que se apuntala a ser el tradicional Bread Brunch, en su primera edición. Todo comenzó el año pasado, que la raza panadera se alocó y comenzó a hacer exotiqueses horneadas culminando con la emblemática mantecocha, delicia que fue sofisticándose al ser rellenada con nutella (guácala), crema pastelera, mermeladas varias, chocolate y cuanta cosa pueda embarrarse dentro de un pan. Luego, siguieron con los panes de muerto y lo demás es historia.
Total, que quién sabe qué estaba pensando Marcos, que decidió que orgarnizáramos un desayuno temático consitente en conchas rellenas de todo, menos cosas dulces. Así, nacieron las conchas rellenas de chilaquiles en salsa de chorizo, las conchas rellenas de mole con queso, las conchas rellenas de picadillo con pasas y almendras, y se hizo un respetuoso reconocimiento a la tradicional concha rellena de frijoles con nata. Lo bueno es que tenemos amigos que nunca dicen que no a una tragazón convencional y mucho menos a una comelitona innovadora. Hasta los puristas cedieron ante el seductor panecito relleno de tostadas con salcitas.
Si es usted de los que se agobia los últimos meses del año, déjeme le digo que acabo de leer un artículo de la Universidad de Pensilvania conducido por Lucas La Freniere y Michelle Newman, en donde encontraron que el 91% de las cosas que nos preocupan ahora, nunca ocurrirán. El objetivo del estudio era demostrar que la mayoría de las preocupaciones a corto plazo no suceden y por tanto, lograr reducir la ansiedad. Así, al igual que otros estudios, pidieron a un número de personas escribir todas sus preocupaciones por cierto período de tiempo más o menos largo. Al cabo de un año se pidió revisar la lista y ver cuántas de esas preocupaciones se materializaron; resultado que poco más del noventa por ciento nunca ocurrieron. De esta manera, los individuos tomaron perspectiva sobre las cosas que les quitaron el sueño y comenzaron a reducir sus niveles de ansiedad.
Preocuparnos, sobre todo cuando vemos que el año termina y hay muchos pendientes sin hacer, puede causar daños emocionales e incluso a la salud. Si bien es cierto estar atento y alerta hacia situaciones que pueden ocurrir nos ayuda a generar escenarios para prevenir que ocurran, también es cierto que darles mayor peso del que específicamente tienen puede evitarnos dejar de disfrutar el presente ante cosas que seguramente ni siquiera ocurrirán.
La cosa es, lectora, lector querido, que si usted ha decidido ya inaugurar el más largo fin de semana del año, hágalo y abrácelo. Organícese huateques, reúnase con quien hace años no ve, no se junte por obligación con nadie, llame a quien ha dejado olvidado y coma lo que se le antoje. Francamente, ya no está uno para poquiteces. Le sugiero, respetuosamente, que aunque usted ya se crea muy adulto, experimente cosas nuevas y le entre a la concha rellena de chilaquiles que el universo le ponga enfrente. Total, que vida sólo hay una.
Ya sabe entonces, lectora, lector querido, que si anda usted jolgorioso, en esta casa estamos dispuestos a hacerle ronda. Y si se come una concha rellena, no sea díscolo y nomás invite.

