Me siento en el sillón, lap top al frente, brillo en solitario. Alrededor, todo a obscuras. Los padawandes ya se durmieron y yo, sola con mi soledad porque Marcos no está, me dispongo a escribir la columna semanal. Como usualmente lo hago, repaso en la memoria para tratar de encontrar algo “columneable”. Leo periódicos y de pronto, me distrae el silencio. No hay, a primera revisión, un solo sonido en la casa. El refrigerador calla, el agua no está subiendo al tinaco. Nada. No hay madera crujiendo, ni vidrios rechinando. Luego, desde afuera, se escucha un grito en masa: “¡Gooooool!”. Claro, había olvidado que hoy la esperanza se juega en la cancha del Alfonso Lastras. Comienzo a cantar aquella cancioncita de Morat, Del estadio al cielo.
Seré honesta: el fútbol ni me va, ni me viene. No soy pambolera y siempre tengo que preguntarle a Paulina, mi amiga Sport Billy, si me debo de preocupar, si aplaudo, o si prendo veladoras para que las cosas continúen como están. Eso sí, he encontrado en el deporte, especialmente en el soccer, un fenómeno que para mí resulta más interesante que el juego en sí: las pasiones volcadas en la cacha ante veintidós personas y un árbitro, como indicador de los ánimos nacionales.
Por eso, he leído un poco sobre el fenómeno futbolero, teniendo en la cabecera a Juan Villoro. Los expertos dirán que eso no sirve ni para el arranque, pero lo mío no es necesidad de hacerme especialista, sino más bien curiosidad. ¿Qué tiene ese deporte que lleva a la gente al éxtasis o a la depresión más profunda en cosa de noventa minutos? Villoro lo resume en esto: Dios es redondo y vive en un balón.
Me enganchó completamente un pequeño libro que escribió pensando en el público joven: La cancha de los deseos. La premisa es sencilla: Arturo es un niño que ama a su equipo, el Club Atlántida. Quiere al conjunto con la misma euforia que toda la afición, y con plena consciencia de que es malísimo. Sin embargo, los jugadores son entrañables, la gente los quiere con sincero aprecio; sobre todo a Pancho, el delantero ídolo de las multitudes. Hasta pareciera que lo de menos son los resultados. El padre de Arturo, futbolero también, es científico y haría lo que fuera porque el equipo de los amores de su hijo resultara campeón. Así, ambos trazan un experimento que permite canalizar toda la pasión de la afición en resultados positivos para el club Atlántida.
El nombre del equipo no es casual: evoca a una ciudad mitológica de la cual habrá ciertos indicios pero no certezas, y que, de haber existido, se hundió bajo el océano. Quizá como presagio a un fin trágico aunque no carente de magia, las pasiones se enfocan en un vocablo nada prometedor, como el juego mismo, en donde nunca faltan las sorpresas ni los misterios.
Vuelvo al silencio, aunque ahora tecleo en mi lap dónde puedo ver el famoso partido, sin éxito. No tengo idea de dónde empezar a buscar y el único vínculo que encuentro, está saturado. En eso, nuevos gritos, nuevas reacciones. O ya perdieron, o ya ganaron. Me inclino por lo segundo. En las pérdidas siempre hay silencio. Pasan unos minutos y el sonido de cuetes me distrae. No he escrito ni una palabra. De todas formas, aparto la computadora y subo a la terraza a ver si puedo pescar a lo lejos, las luces de los fuegos artificiales.
Veo a lo lejos el resplandor y escucho a una multitud que viene de todos lados y de ninguno. Regreso de nuevo a La Cancha de los Deseos con Arturo tratando de que el amor de miles de aficionados, se traduzca en goles. Usar la ciencia para suplir las carencias técnicas que evidentemente están ahí, pero que a través de la pasión se convierta bíblicamente el agua en vino, o el deseo de pasar a primera, en ascenso.
Dejo la columna de lado. Hoy es día en que las palabras se niegan a salir. Me voy a la cama y prefiero dejarla reposar. Generalmente al otro día, se escribe casi sola. Pongo la cabeza en la almohada y duermo hasta que de golpe me despiertan 122 cuetes tronando seguiditos. Los conté desde que me despertaron. Quizá fueron más. Seguramente el festejo por pasar a primera división se trasladó hasta algún lugar cercano a mi casa. Padawan Scoutwalker se despierta conmigo y esperamos a que el silencio regrese.
Por la mañana, la glorieta Bocanegra, sede del festejo, está mugrosa. En las orillas se ven latas de cervezas y refrescos. Ni qué decir de las miles de bolsas de papas y cualquier cantidad de envolturas. Leo que en el camino bandalearon un Oxxo. Me cuesta trabajo creer que un aficionado real pudiera comportarse como un delincuente. Lo único que veo, es que hay gente que únicamente necesita un pequeño pretexto para desbocarse.
Leo que el lunes habrá un festejo oficial, desfile y cierre de calles. Me algera que haya algo que festejar, porque últimamente la moral nacional anda por los suelos. Pienso también, que habrá más basura acumulada y no es de celebrarse.
Los ascensos son como los matrimonios. Da gusto que ocurran y cuesta un montón de trabajo llegar a la boda. Sin embargo, lo difícil no es casarse, sino mantenerse casado. Que el Dios redondo conserve al Atlético en las grandes canchas por mucho tiempo, porque a juzgar por las emociones que fluyeron ayer, no quiero ni imaginarme la depresión que nos van a causar si descienden.

