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El inventario de las cosas invisibles

Por Yolanda Camacho Zapata

Octubre 27, 2026 03:00 a.m.

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      Desde hace unos días la ciudad ha amanecido mostrando su vocación por el caos. El cielo gris, el viento frío de ese que cala lo más hondo y un tráfico del nabo que pone a prueba hasta a la persona más paciente. Atrás del volante, entre la parálisis temporal de motores y la forzada pausa de las prisas, estuve a punto de ceder a la frustración y caer ante el bocinazo sin sentido. Sin embargo, frente a mi pasó una mujer joven que, buscando atravesar la calle y viendo en el alto obligado su momento, pasó caminando con ligereza. Supongo que sintió mi mirada, se paró por unos segundos frente a mí y me dedicó una reverencia de esas que llevan la ligereza de las bailarinas. Entonces, todo cambió.

      Apagué el podcast que escuchaba en la radio, dejé de librar esa batalla inservible contra los semáforos y comencé a notar las pequeñas certezas que dan el ritmo real de los días. Vi a la gente apresurada con las manos enterradas en las bolsas de sus chamarras, olí a los panes de dulce -seguramente pan de muerto- que un joven cargaba torpemente mientras pasaba en la banqueta de a lado de mí y noté unos pocos pero definidos rayos de luz colándose entre dos nubes enormes que creaban una iluminación tamizada que regalaba el aire de melancolía elegante de una ciudad de más de quinientos años que siegue siendo la misma aunque cambie siempre. 

      En casa el contraste no es menor. Mientras mi hija de intercambio descubre con sorpresa y algo de terror que el aire potosino de la mañana se siente  mucho más que el propio frío de Alemenia y Padawan Solo envía reportes desde Brasil atendiendo el gusto de la familia por la información de primera mano de unas calurosas elecciones que han tenido en vilo a buena parte del continente, me doy cuenta de que la geografía de nuestros afectos también dicta el clima que habitamos. El tráfico y el frío se vuelven soportables cuando los refugios físicos y emocionales están intactos. 

      Mi trabajo diario supone estar gran parte de la semana inmersa en "la gran memoria": leo sobre viejos cacicazgos, el peso de la obra pública, la construcción de instituciones, desde legajos de archivo donde el papel amarillento se resiste a borrar las gotas de café que hace más de ochenta años alguien dejó caer  sobre el expediente. Los relatos de poder se entienden mejor desde la distancia del tiempo y siguen oliendo a café. Luego, hago cuentas: llevo casi dos décadas asomándome a esta ventana que es Pulso – un tiempo donde, francamente, hemos hablado de todo y de nada- y he comprobado que la narrativa más vívida, la que todos sentimos, rara vez se esconde atrás del titular de ocho columnas. 

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      La historia contemporánea, la de usted, la mía, se escribe todos los días en el acto sencillo de abrocharse hasta arriba el suéter, en la pausa de segundos frente al café humeante, en la absurda decisión de sonreír y ver el mundo en la pausa de un semáforo.

      Hoy es martes y seguramente el clima y la ciudad se empeñan en sostener su terco caos. Propongo entonces un acto de rebelión mínima: baje la velocidad -la de su carro, la de la bici, la de su propio paso- y haga su propio inventario de cosas invisibles. Déjese abrazar por el gris otoño, que las prisas, le aseguro, no le van a llevar a ningún lugar mejor.