El loco

De niña me daba mucho miedo ir caminado por la calle y encontrarme a una de esas pobres personas que habían perdido el sentido de la realidad y caminaban mugrosos, con capas de ropa sucia sobre sí y hablando solos. Creía que inesperadamente iban a saltar sobre mí y que algo malo iba a pasarme. Me llamaban la atención aquellos que empujaban carritos de supermercado con un mundo de cosas arriba, que iban desde cartones y cobijas, hasta jaulas de pájaros. Una vez vi una con un canario adentro. Me daban más miedo los hombres que las mujeres, no sé por qué. A todos les decía “los Ecolocos” por aquél personaje de la serie de mi infancia, Odisea Burbujas.

Luego, el miedo se convirtió más bien en curiosidad, ¿qué había pasado en la vida de esas personas, para que acabaran perdidas en sí mismas? En algunos casos, era fácil suponerlo: caminaban acompañadas del inconfundible olor a alcohol y thiner. En otros, todo apuntaba a historias más interesantes. Me acuerdo bien que uno de mis tíos estaba seguro que un tipo que caminaba siempre por el rumbo de la zona universitaria-Hospital Central, había sido su compañero de generación en la carrera. De hecho, el loco siempre le saludaba bien atento, “-¡Adiós, mi Luis!-“, le decía. Nadie supo dar pista de en qué momento había ocurrido el radical cambio de universitario a andante de calles.

Un día una mujer me pegó un susto tremendo. Yo trabajaba en pleno centro, donde antes eran las Salas del Supremo Tribunal de Justicia, ahí, en donde ahora son las oficinas del Congreso del Estado, en la cabeza de Juárez, como le decimos. Mi querido Nubecino, el Volkswagen azulito que me acompañaba en aquellos días, me esperaba pacientemente donde encontráramos lugar para estacionarlo. Casi nunca batallábamos, porque siempre he sido tempranera y a esas horas, ni los barrenderos andaban. Un día, dejé al Nubecino sobre Manuel del Conde, que es una pequeña calle perpendicular a donde Melchor Ocampo se hace angostita, paralelo a Independencia. Pues ahí dejé al Nubecino y caminé hacia Independencia, por el SAT. Crucé la calle y en lugar de caminar sobre Galeana, pensé en acortar el camino y llegar a un costado del edificio, sobre Comonfort. Pues yo no sé de qué zaguán salió, pero una mujer apareció de la nada, me tomó del hombro y me dijo “-Me despertaste, me despertaste, la vas a pagar-“Yo salí vuelta gorro hacia la oficina. Llegué con taquicardia y Juve, el mozo de la Sala, tuvo que ir a comprarme un bolillo para el susto. Huelga decir que no volví a caminar sobre Comonfort a esa hora.

Hace unos días caminé hacia el estacionamiento donde dejo mi carro. Ahí, en la puerta, estaba sentado uno de esos pobres hombres. Me alcanzó a verle la cara. Era joven, sucio de meses, harapos por ropa. A su lado, había uno de esos carritos pequeños con dos rueditas que se usan para cargar las cosas del súper, cuando no hay mucho por llevar. Traía un suéter rojo, una bolsa con naranjas, un bolillo lamoso, un paquete abierto de galletas y muchos periódicos. Él mismo se sentaba sobre un cartón y varios diarios. En sus manos, un periódico al revés, como si leyera. Murmuraba cosas inentendibles, manoteaba y hacía como si se peleara con alguien. Yo, que lo veía desde la acera de enfrente, lo observaba con calma e incluso creí ver a su interlocutor imaginario. En eso, un hombre, también joven, vestido de saco y corbata, pasó frente a él. “-¡Locos, todos estamos locos! ¡Nada tiene sentido!-” El chavo de corbata se sorprendió. Hizo alto. El loco se paró tomó los cartones que le servían de asiento y los metió a su carrito. Luego, ambos comenzaron a caminar, uno junto a otro. El loco seguía diciendo cosas, el trajeado inclinó la cabeza, como para escucharlo mejor.

Jamás he visto dos personas más cuerdas.