El maestro Berrones

Curiosamente, la primera imagen que viene a mi mente al recordar al maestro Berrones, no es frente al pizarrón dándome clase de Derecho Internacional, sino detrás del escritorio de su oficina, cuando años después fue mi jefe. Recuerdo que al pedir trabajo recién llegada de Canadá, sentí alivio de saber que el maestro formaba parte de la terna que decidiría mi contratación. Afable y pausado, me entrevistó en la sala de juntas del lugar y me hizo contarle a detalle cómo había pasado los últimos años. Desde ese día, el maestro se tomaba la molestia de preguntarme cómo iba adaptándome (sobre todos los primeros meses, que Marcos se quedó en Canadá) y me orientó sobre los nuevos lugares para comer que se habían abierto en mi ausencia; porque si alguien sabía distinguir un buen plato, era el maestro Berrones. El hombre ubicaba desde las mejores gordas de Tanquián, hasta las cocinas mas nice del estado. Ambos estábamos de acuerdo en que los huevitos con jamón deben de ser preparados troceando el embutido con las manos y no cortándolo en cuadritos con cuchillo.  

En ese entonces, mi trabajo me llevó a darle la vuelta tres veces a todo el estado y antes de partir, el maestro siempre me recomendaba un restaurante dónde parar a comer, o un changarrito que visitar porque ahí preparaban las mejores chalupas del estado, o el puesto del mercado donde vendían los quesos más sabrosos del municipio. Al llegar, siempre había alguien que mandaba saludar al maestro Berrones. El hombre era más popular que cualquier político en campaña. De regreso yo entregaba los saludos y el maestro, agradecido, recordaba alguna anécdota de quien lo había recordado, ya sea porque había sido su alumno o porque en algún momento habían trabajado juntos. Luego, me preguntaba: "-Y bueno, ¿qué le pareció el caldito de espinazo que le recomendé?-"

Hubo un año especialmente difícil para mí en ese lugar. Él ayudo a sostenerme. Me preparó para entender jerarquías, modos, pero sobre todo, a buscar la ecuanimidad que debe imperar en el ambiente en donde había decidido meterme. Los días más difíciles, me aconsejaba: "-Váyase y respire, no se preocupe. Esto cambia y cambia -" Al final de ese año espantoso, Berrones me dijo: "-¿Ya vio como todo pasa? Cosa de paciencia.-" Nada lo perturbaba. Yo, con la inexperiencia de un novillero que no había  tomado la alternativa, no entenía como el maestro podía guardar la compostura aun ante las afrentas más descaradas. Él, torero experimentado, había vivido suficientes corridas como para entender por dónde venía el toro y si valía la pena o no torearlo.

Años después, ocupé el lugar que había sido suyo en esa oficinay me senté detrás de su escritorio. La felicitación del maestro Berrones fue de las primeras en llegar. Me recordó el año difícil y dijo con su voz calma: "-Véase ahora, la vida es una rueda de la fortuna. No se desgaste innecesariamente. Disfrute el viaje, que da igual estar arriba o estar abajo-". Tenía razón. 

Varias veces nos encontramos en los pasillos de la Facultad de Derecho y nos poníamos al tanto de nuestras vidas, intercambiábamos recomendaciones culinarias, nos acordábamos sin nostalgia alguna de las épocas pasadas y  nos despedíamos a sabiendas de compartir el secreto lazo que se forma cuando dos personas saben que hay sólo hay una manera correcta de preparar huevito con jamón.

Sabía que su salud estaba desde hace tiempo mermada, así que de alguna manera, estaba lista para ver partir a mi maestro; sin embargo, la noticia me ha llenado de una tristeza calma que no deja de ser dolorosa. Voy a extrañarlo cada que desayune huevo con jamón.