El monstruo del desierto

La soledad es el monstruo más peligroso que puede conocerse. No se ve, ni se siente, hasta que ya ha tomado posesión de todo.  No deja espacio para nada. No deja entrar la luz, ni la esperanza, ni a otros.

Tengo por lo menos tres buenos amigos que tuvieron la suerte de nacer en la comarca lagunera. Dos son de Torreón. Por tanto, al enterarme de la tragedia de la semana pasada, donde un chico de once años  se vistió como uno de los asesinos de la masacre de Columbine, llevó dos armas a su escuela y disparó a sangre fría matando a su maestra e hiriendo a otras seis personas antes de suicidarse, los primeros en los que pensé, fue en ellos, mis amigos. Todos tenemos hijos que rondan entre los nueve y los trece años de edad. Nuestros chicos son contemporáneos del agresor y de por lo menos cinco de las víctimas.

Tratar de aventurarse a adivinar qué pasaba por la cabeza y el corazón del acometedor quizá resulte una tarea titánica. El chico era catalogado como un niño  normal, sensible, tranquilo, de buenas calificaciones y buen comportamiento. Sin embargo, el monstruo ya estaba adentro de él. 

Tengo la teoría de que los horrores que hemos cometido los humanos han sido producto de un profundo aislamiento. En cualquier alma que de cabida a la empatía por otro ser humano y que construya lazos con una comunidad, la que sea, es difícil que se gesten los pasos para arrancar de tajo la vida de otros y la propia.  Hemos subestimado la soledad interior y no hemos visto, porque no queremos, que cada vez hay más gente tragada por el monstruo del desierto.  

Reducir el caso del Colegio Cervantes a la influencia de un videojuego o del exceso de tiempo frente a  internet, es dejar de lado la verdadera pregunta: ¿qué llevó a ese niño a no sentir empatía por la maestra que mató o por los compañeros que hirió? ¿qué lo llevó a elegir un final violento para sí mismo?

Antes era fácil detectar a un solitario. Estaba solo y punto. Pero luego, fuimos haciéndonos más y a tener cosas y cosas a nuestro alrededor que sirvieron de camuflage. Entre tantos que somos, tabletas, teléfonos y televisión, resultó fácil perderse en la soledad, aparentando compañía.  Hay solitarios indetectables sentados atrás del escritorio de cualquier oficina, compartiendo la rebanada de pastel del cumpleañero del mes al que notamos ahí, únicamente porque tuvimos que llevarle su rebanada. Hay solitarios en las filas del Oxxo, donde se quedan haciendo plática al cajero porque es el único contacto humano que tendrán en el día. Y sí, hay niños y niñas solitarios escondidos entre los controles de la consola de videojuegos y navegando a la deriva en internet. 

A todos ellos, sin importar su edad, los dejamos ahí, rumiando con sus pensamientos, porque nos hemos vuelto indiferentes a cualquier cosa que nos cause la mínima molestia. Vemos al otro, pero pasamos de largo. No importa que sean nuestros abuelos, nuestros hijos, nuestros colegas. Estamos tan ocupados, tan cansados, tan cortos de tiempo, que un dar simple "buenos días" pareciera un acto heroico. Evitamos el contacto con propios y ajenos y así, nos condenamos todos a la soledad. Antes, creíamos que saludar a un extraño y preguntarle cómo le va, podría ser el inicio de una buena amistad. Ahora vemos con recelo a quien pregunta, porque no nos vaya a querer asaltar, y no preguntamos porque no vaya a ser que nos vean raro. Como si las miradas nos desgastaran. 

No tengo idea de qué pudo pasar por la mente del chico del colegio Cervantes, pero sí quisiera que nuestros hijos nunca se sientan tan solos como para sentir que indiferentes al mundo, aislados y vacíos. Nunca sabemos cuándo un "¿Cómo estás?" pueda ser el salvavidas de alguien más. Con los pequeños detalles, podemos matar al monstruo del desierto.