El monstruo

Compartir:

Hace mucho que no veíamos al mundo tan enfermo. Cada día las estadísticas muestran que en México los infectados por Covid-19 aumentan ya por cientos. De domingo a lunes,  sumamos más de 700 casos nuevos a nivel nacional. En San Luis para el lunes ya teníamos 69 casos. Diez más en un solo día. El país está enfermo y se va a enfermar más. A como vamos, todos vamos a conocer a alguien en nuestro círculo cercano infectado, o bien, vamos a ser nosotros los enfermos. Aunque toquemos madera, así será. Secretaría de Salud estima que en San Luis Potosí habrá 30,000 personas enfermas; de estos, 7% morirán, es decir, 2,100 potosinos muertos. Todo esto, tomando el peor escenario. 

Después de cada conferencia queda un sabor en la boca amargo. La sensación es física. No es imaginarse el sabor. Es que ahí está, junto con un hoyo negro en la boca del estómago y las preguntas: ¿Y ahora, qué hago yo con estos datos? ¿Dónde los pongo? ¿Cómo los muevo? ¿Quiénes son eso diez nuevos enfermos en San Luis? ¿Dónde estaban? ¿Con quién estuvieron? ¿Cómo se sienten? ¿Quién los está cuidando?

De niña compartía habitación con mi hermana. Teníamos unas camitas más chaparritas de lo normal, adecuadas para chavillas como nosotros. Recuerdo bien que en noches malas, escuchaba claramente cómo los monstruos se iban acumulando debajo de mi camita. Los oía respirar y sentía que con sus pezuñas pegaban la base de mi colchón. Me quedaba paralizada. Veía a mi hermana a lado, profundamente dormida y sabía que mis papás estaban a unos metros, pero no despertaba a nadie. Me quedaba ahí, sola con mi miedo. He vuelto a sentir esa sensación olvidada. Trabajo en seguridad, no puedo quedarme encerrada a piedra y lodo. Todo el tiempo me acompaña ese enemigo invisible, que es más real que cualquier monstruo. Está pegado a mi ropa, se queda en la suela de mis zapatos, vive en el aro de mis lentes, se sube conmigo al carro. No lo veo, pero lo escucho respirando sobre mi nuca, me empuja por la espalda, se esconde en la ropa que me quito. Lo espanto a punta de espumazos de jabón, a tiros de alcohol en spry, a trapazos de agua con cloro. 

Necesitamos dar  sentido a los demonios que viven entre los datos escalofriantes que nos presenta la estadística y por eso,  las historias de la pandemia brillan como la espada en la piedra del Rey Arturo. Todos los datos tienen propósito cuando los acompañamos de una narrativa que los hace humanos. Para eso sirven las Ciencias Sociales: nos recuerdan los lazos de la humanidad y  que, para bien o para  mal, nadie está solo. El dato acompañado de la historia transforma el miedo en solidaridad, en caridad, en empatía. Yo no quiero que si alguien de los míos se enferma, o si yo me enfermo, seamos un número más en la estadística. Necesito que se conozcan las historias para despertar la humanidad aletargada en el otro y que no sea la indiferencia lo que nos acabe matando.

Todavía faltan meses para que esto termine y cada día libro una batalla con el monstruo invisible que quiere acomodarse y vivir bajo mi cama. Sin embargo, ya no soy la niña que se quedaba paralizada esperando que amaneciera. Ahora tengo historias que contar.