El otro espacio

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Nunca habíamos sido tan conscientes de los espacios como ahora, que muchos de nosotros hemos decidido atender las instrucciones de las autoridades de salud y salir lo menos posible a la calle. La pandemia nos ha obligado a refugiarnos en espacios que antes tenían una limitada vida.

Conozco a alguien que le ha dado por mover los muebles de su casa cada dos semanas, como buscando reinventar las mismas cuatro paredes. También se de quienes se han dedicado a decorar sus espacios: cambian cortinas, pintan paredes, agregan cojines, quitan cojines. Cualquier cosa con tal de cambiar el escenario. 

Otra mujer me contaba que nunca se había dado cuenta de lo inapropiado que es su departamento para vivir. Madre soltera de una hija que no rebasa los diez años, habían tenido su vivienda prácticamente como dormitorio. Entre el trabajo, la escuela y las actividades extraescolares, llegaban a su casa prácticamente de noche. El forzado encierro de los primeros meses les hizo darse cuenta de la falta de luz natural y la nula ventilación. Ha estado buscando un nuevo espacio, en donde, me decía: “De perdida nos dé el sol.” 

Uno de mis amigos enfermó de Covid. Ha estado poco más de  semana y media aislado en su habitación. Vive con su familia, quienes han estado a cargo de atenderlo. Sin embargo, al hablar con él, uno puede notar que las cuatro paredes de su cuarto comienzan a caerle sobre los hombros. Ya no hay serie en la televisión que aguante, ni libro que lo distraiga. Parece ser que lo peor de la enfermedad ha pasado, pero tiene aún que esperar a que una segunda prueba confirme que el virus se ha ido. Habrá que tener espalda fuerte para cargar esos muros.  

Otros han convertido sus casas pequeñas fábricas. Ya he visto quienes se han (nos hemos) dedicado a cocinar y ahora, se volvieron expertos en hacer que la masa triplique su volumen al usar correctamente la levadura que antes parecía lejana y misteriosa. Se también de quien ya ha aprendido a hacer velas aromáticas y jabones con ingredientes naturales que ahora forman parte de su catálogo de ventas. Casas-fábrica, casas-tienda, casas-panadería.

Están también aquellos que se han visto obligados a cambiar de espacio. El dinero no está fluyendo y la mejor manera para reducir el impacto, es buscando lugares más baratos para vivir. Hay paredes nuevas y cambio de espacios, pero no necesariamente tranquilidad. Del otro extremo están quienes, previa paga, han ofrecido al público sus casas de campo con alberca, ahora que viajar se convirtió en actividad de alto riesgo. Ofrecer un lugar para olvidar lo que estamos viviendo, también se vuelve necesario.

El otro espacio, más complicado que aquél que forman las paredes, somos nosotros mismos. Podemos cambiar muebles, quitar cortinas, abrir ventanas, cerrar hornos. Podemos incluso mudarnos, vivir por unos días en medio de una alberca o recorrer jardines privados. El otro espacio estará siempre con nosotros. Así como la rodilla seguirá doliendo y la espalda seguirá con comezón sin importar nuevos códigos postales; así también la angustia, la incertidumbre, la paz o la calma  viajarán inevitablemente con nosotros. Por eso quizá convenga, antes de resanar muros o cambiar muebles, atender al “otro espacio”. Quizá para eso sirvan las pandemias.