Cuando estábamos en primaria, mi mamá nos decía en época de exámenes: “-Miren niñas, seis es calificación, lo demás es vanidad.-“ y, aunque siempre nos ayudaba a estudiar y nos regañaba si nos portábamos irresponsables, nos ponía en el lugar justo para tomar las riendas de nuestras propias actividades, sintiéndonos acompañadas. Estudió con nosotros los primeros años escolares, luego, nos dejó solas cuando ya habíamos formado la disciplina suficiente. Le gustaban las buenas calificaciones, claro, pero no había ninguna presión para que fuésemos genios académicos.
Ahora no sé qué virus malévolo se ha apoderado de padres y madres. Hay rondando un discurso de excelencia donde la imperfección se convierte en defecto. Que si el chavito estudia piano, tiene que ser el nuevo Rajmáninov; si pinta, debe de ser una mezcla de Velázquez y Picasso; si corre debe ser poquito más que Uasin Bolt; si cocina, tiene que ser Martín Berasategui con todo y ocho estrellas Michelín; son listillos en la escuela, tienen que llenar la boleta de dieces, sin importar si el moconete en cuestión es mucho más matemático que artístico, o narrativo y conceptual. Resulta que en todo tiene que ser excelente, sin importar las habilidades que el universo le haya otorgado. Se acabó aquello de que “Seis es calificación, lo demás es vanidad”. Ahora, todos tenemos que ser pefectos.
Pensé en eso mientras veía la sonrisa de una chavita que acababa de salir de la alberca. Los padawanes estaban en modo nadador y este fin de semana hubo competencia que nos mantuvo cerca del agua por tres días. Ahí vi a esa chiquita, sonriendo toda mojada, marcada con unos hoyuelos, que, según Wikipedia son “muescas visibles causadas por la piel subyacente que se forman en las mejillas de algunas personas” cosa que para algunos bien podrían pasar por errores de a naturaleza, pero que en la cara de esa niña, se veían como dos alberquitas de gloria. A su lado estaba otro niño, igual de mojado. Reconocí en él a uno de los competidores de una ronda anterior, todavía sin secar. El padre del chico le estaba dando una santa regañiza. Le decía en un tono francamente molesto, que por qué no había dado la brazada de tal manera, que movía la cabeza mucho, que las pataleadas no empataban con las veces que respiraba. Me dio mucha tristeza, porque si bien es cierto el chico, con su tipo rechochito y su cara redonda distaba mucho de ser Michael Phelps, había dejado los pulmones en la alberca y lejos de darle alguna palabra de aliento, lo único que recibió fue regaños.
Y entonces, comencé a fijarme en los perdedores, en los movimientos de su cuerpo, en la expresión de sus caras. Quienes llegaban en los últimos lugares salían de la alberca con movimientos pausados, presas del cansancio. Sus músculos se marcaban mucho más, se quitaban gorros y gogles como queriendo liberar la cabeza de una buena vez. Algunos reflejaban en el rostro decepción por no haber logrado la meta, otros, en cambio, se daban cuenta de que, si bien es cierto no habían llegado en los primeros lugares, sí habían batido sus propios tiempos y entonces la cara se les iluminaba y hacían señales de triunfo, algunos incluso bailaban. Otros, sin embargo, se daban cuenta de que no lo habían hecho bien y volteaban inmediatamente a las gradas donde estábamos los adultos ya sea a buscar consuelo o a tratar de encontrar la compasión de sus padres, incluso con miedo. Esta última era la cara del niño de cara redonda.
Los ganadores, en cambio, tenían una actitud distinta. Me fijé, sobre todo, en aquellos para los que obtener medalla es cosa cotidiana. Había gusto, sí, pero en muchos de ellos, se reflejaba únicamente la rutina. Todo, hasta las victorias, cansan.
Puse atención en las pláticas post derrota que los nadadores tenían con los adultos que los acompañaban. Había en algunos de ellos, una empatía profunda con los chicos. Los aplaudían, los consolaban. Pero un número mucho mayor de lo que me hubiera gustado escuchar, daba a sus hijos más bien discursos en donde se exaltaba aquello de “tienes que ser el mejor”, “sé que puedes esforzarte más”, “hazme sentir orgulloso”, “sabes el esfuerzo que hacemos para pagarte el equipo y venir”, “yo nunca pude aprender a nadar bien, así que aprovecha y hazlo”. Todo dicho en diferentes tonos. Quién sabe, pero me sonaba más a padres frustrados por sus propias complicaciones, que a adultos tratando de fortalecer la educación de sus hijos.
No hay quien vaya por la vida ganándolas todas, o al menos yo no conozco a nadie. Conozco, eso sí, perdedores mayúsculos que han sabido lograr que pequeñas victorias se convierten en el norte de sus brújulas. Churchill decía que el éxito consiste en ir de fracaso en fracaso, sin perder el entusiasmo. Tenía razón. El fin de semana, vi a muchos jóvenes exitosos no porque ganaran medallas, sino porque a pesar de las derrotas, seguían metiéndose a la alberca una y otra y otra vez. Qué pena que muchos adultos no hayan visto lo mismo.
Hoy entonces, quiero rendir un elogio a los perdedores: a los que no vamos a ganar medallas olímpicas pero que salimos a hacer ejercicio; a los que escribimos pero no vamos a ganar el Nobel de Literatura, ni el Pulitzer, ni el Estatal de Periodismo; a los que cocinamos con más entusiasmo que técnica; a los que estudian mucho pero no son alumnos de excelencia, pero si de constancia; a los que trabajan duro todos los días pero no son jefes; a los que no tendrán un cuerpazo de modelos, pero hoy no se comieron la concha con cajeta porque están intentando comer más sano; a los que van a dar clases todos los días puntalmente, aunque nadie les haya dado premios al mejor docente; al que tachan de tarugo por no aceptar corruptelas, pero que es quien más sabe de los trámites de su oficina.
A todos aquellos que convertimos las pequeñas fallas musculares en sonrisas con hoyuelos pero; sobre todo, va este elogio a quienes a pesar de los guamazos, siguen metiéndose a la alberca.

