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Espectáculo riesgoso

Por Alfonso Lastras Martínez

Octubre 25, 2026 03:00 a.m.

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      En su "Historia de San Luis Potosí", el historiador Manuel Muro escribió:

      "En la noche del 1 al 2 de septiembre de 1859 se presentó en nuestro horizonte el hermosísimo espectáculo de la aurora boreal. Salíamos de una función dramática en compañía de algunos jóvenes de nuestra edad, cuando fuimos sorprendidos por el luminoso meteoro que apareció al norte de la población. Todos nos diseminamos para nuestras casas con el fin de que nuestras familias se levantaran a gozar del bellísimo espectáculo. Antes de media hora recorrían las calles las pocas gentes que se levantaron, unas contemplando extasiadas el hermoso meteoro, y otras asustadas rezando y pidiendo a gritos perdón por sus pecados, creyendo ver en aquel imponente fenómeno la agonía del mundo, a quien esperaban ver por momentos derrumbarse como castillo de popote y entregado a las llamas que en su agitada imaginación veían avanzar sobre la tierra".

      El pasaje describe la aurora boreal provocada por la extraordinaria tormenta solar del 1 y 2 de septiembre de 1859, conocida como el  "evento Carrington", considerada una de las tormentas geomagnéticas más intensas de las que se tiene registro.

      Las auroras boreales son fenómenos poco comunes en México. Por ello, no sorprende que la de 1859, cuya intensidad fue excepcional, causara una enorme expectación. Su resplandor fue tan intenso que también llamó la atención en regiones situadas mucho más al norte. El 3 de septiembre de aquel año, por ejemplo, "The New York Times" publicó el siguiente comentario: "Anoche hubo otra exhibición de la aurora, tan brillante que, alrededor de la una, se podía leer un texto impreso común gracias a su luz".

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      Para comprender lo ocurrido, conviene recordar que el Sol emite continuamente partículas cargadas eléctricamente que viajan por el espacio. Cuando estas partículas interactúan con la atmósfera terrestre, transfieren energía a sus átomos y moléculas, que posteriormente la liberan en forma de luz, produciendo las auroras. En determinadas ocasiones, la actividad solar se intensifica y expulsa grandes cantidades de partículas, capaces de provocar perturbaciones importantes en el campo magnético terrestre.

      Una de estas perturbaciones fue precedida por una observación extraordinaria. El 1 de septiembre de 1859, el astrónomo británico Richard Carrington examinaba la superficie del Sol con su telescopio cuando observó un intenso destello de luz blanca que duró varios minutos. Aproximadamente 17 horas después, una perturbación solar llegó a la Tierra y desencadenó una tormenta geomagnética de enorme intensidad. Sus efectos alteraron los sistemas telegráficos, el medio de comunicación eléctrica más avanzado de aquella época.

      Aunque el evento Carrington es uno de los ejemplos más conocidos de los efectos de una tormenta solar sobre la tecnología, las primeras interferencias de este tipo se habían registrado más de una década antes, cuando los sistemas telegráficos comenzaban a extenderse por Europa. Al respecto, un artículo de autor anónimo publicado en la revista "Nature" en octubre de 1871 relata que un tren en el sur de Inglaterra sufrió un retraso de 16 minutos el 18 de octubre de 1841 debido a una perturbación geomagnética que habría interferido con el sistema telegráfico ferroviario. La interrupción impidió confirmar que el tramo de vía que debía recorrer estuviera despejado, por lo que fue necesario retrasar su marcha para garantizar la seguridad de la circulación.

      Sin embargo, un artículo publicado el 16 de septiembre de 2026 en la revista "Space Weather" cuestiona la fecha consignada en el relato de Nature. El estudio, encabezado por James Wild, de la Universidad de Lancaster, en el Reino Unido, presenta nuevas evidencias que permiten reconstruir lo que probablemente ocurrió.

      Al respecto, Wild y sus colaboradores señalan que la línea ferroviaria mencionada en el artículo de "Nature" no fue inaugurada sino hasta casi cinco años después de la supuesta perturbación geomagnética, por lo que los acontecimientos no pudieron haber ocurrido tal como los describe la revista. Además, los autores no encontraron evidencias de actividad geomagnética de origen solar en el Reino Unido alrededor de octubre de 1841. A partir del análisis de registros geomagnéticos, noticias periodísticas y horarios ferroviarios, Wild y sus colaboradores concluyen que el incidente probablemente ocurrió el 18 de octubre de 1848, la misma fecha y el mismo día del mes indicados por "Nature", pero siete años después de lo señalado en el relato original. La discrepancia se habría debido, por tanto, a un error tipográfico.

      El incidente relatado por "Nature", ocurrido probablemente en 1848, fue uno de los primeros ejemplos documentados de cómo la actividad solar puede interferir con la tecnología humana. Desde entonces, nuestra dependencia de los sistemas eléctricos y electrónicos ha aumentado enormemente. Una tormenta geomagnética de gran intensidad podría afectar las redes eléctricas, las comunicaciones por radio, los satélites y los sistemas de navegación. El espectáculo de una aurora visible en latitudes inusuales sería extraordinario, pero sus posibles consecuencias tecnológicas nos recuerdan que el Sol no solo es fuente de luz y vida: también puede poner a prueba la infraestructura de la que depende nuestra sociedad. Con consecuencias que podrían ir más allá del retraso de un tren por 16 minutos.