Familia no humana

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Son cuatro de cuatro patas y mucho pelo. Tres hembras y un macho. Una de ellas madre de los otros. 

Como la mayoría de las mascotas, llegaron a casa al morir en diferente momento, una singular pareja formada por una hembra bóxer y un macho de una raza miniatura de nombre, galgo italiano: él pequeño y frágil y ella robusta, con gran energía.

Habían muerto con una corta diferencia de tiempo, víctimas del paso de los años y algunos bultos distribuidos en sus cuerpos. Posiblemente un cáncer para perro.

Lloramos su muerte en familia y en la privacidad de nuestras recámaras. No sé porqué siempre me ha dado por llorar a mares la muerte de mis perros.

Los enterramos en el jardín que supo acoger la infancia de mis hijos con sus mascotas.

La llegada de Chabela, nombre de la matriarca, iniciaría la formación de una nueva familia canina que llegaría a integrar a tres cachorros más.

Los perros como muchos sabes, pasan a ser algo esencial una vez que han llegado a nuestras familias; se convierten en uno más de nosotros con algunas diferencias. Con los años la relación mascota-humano se convierte en una especie de complicidad además de una lección continua de paciencia y cierta empatía. Ellos aprenden nuestros tiempos y nuestros estados de ánimo y nosotros aprendemos una forma de “comunicación no humana” pero más humana.

Ellos no se han enterado del azote a la salud que el mundo padece. Dentro de casa se sienten felices de poder dar y recibir compañía más horas de lo acostumbrado. Y ahora que empezamos a salir, se sienten algo desconcertados y preparan en nuestra ausencia, recibimientos que son escuchados en todo el vecindario.

Los perros también enferman y mueren de parvovirus y otras enfermedades y cuando tienen suerte, hasta que son viejos con sus cuidadores y su familia humana.

Y hoy escribo de ellos para evadir ese otro tema -o temas- que son el “pannuestrodecadadía”: la peste moderna y el hedor social.

Tengo profunda pena por todas las personas que se han ido en estas circunstancias, pero también por el azote de violencia que sufre el país y que nos deja la bica seca, la piel pálida y el corazón herido. Todo ello irreconocible pero desafortunadamente muy predecible. No hay que ser especialista en ciencias sociales para sentir el olor del tejido social, que se pudre en nuestras narices.

Pero escribo esto hoy, en una tarde que tiene algo de bueno: un aire fresco que entra por el amplio ventanal, una vista hacia lo verde que me asegura cierto balance y la compañía de cuatro Shit-zsu, cada uno con una personalidad definida y diferente como cada uno de sus nombres.  

Su compañía me hace olvidar la deshumanización de los de mi raza, los que solo tenemos dos “patas”. Afortunada de formar parte de su camada, de su jauría y olvidarme de las hordas humanas que se asesinan en las explanadas de concreto o en la selva urbana.