Y saldremos algún día a las calles a habitar el mundo y ahí estará la noche con su luna y su viento, su alboroto y sus cada vez menos frecuentes silencios. Y nos preguntaremos si ha sido real, si fue un invento de la mente colectiva, un producto de la saturación del choque de vibraciones cerebrales atrapadas en una rueda de ratón de laboratorio.
Y nuestra mente abandonará ese pensamiento salvo los genios y los grandes pensadores, que escriben novelas o tratados y ensayos sobre esto y lo otro. Sobre lo imaginario y lo real; sobre lo imaginario que llevamos a la realidad en una inconsciencia masiva y muchas veces letal.
Y querremos regresar, verlo a la distancia, pero desde adentro, para aprender de la experiencia, para ralentizar las semanas en cautiverio social, pacífico y casi silencioso.
Querremos regresar a ese instante extremo y amplio que nos permitió el regreso al origen que vive dentro de cada persona, a la que hemos llamado y convertido en masa, pueblo, muchedumbre, prole, comunidad, elite o sociedad.
Esa construcción cultural que ha cubierto con un velo muy grueso nuestra esencia, nuestro sentido de existencia, nuestro devenir y nuestro desarrollo interno.
Ese hacinamiento de personas que vive sin identidad ni voluntad; cegada por el “mainstream”, por la viralidad y la fiebre de “gustar” y “ser gustado”, de mostrar y mostrarse, de ser observado y observar desde la sombra o la clandestinidad de un teclado o una pantalla de cine casero, que mayorías poseen y creen disfrutar.
Y empezaremos a pensar con un predominio anticerebral, con un resuello humano que habrá regresado de a poco; como los animales a sus espacios cuando nos vieron retroceder para aislarnos en nuestras casas, alejados de las avenidas, los centros de consumo y divertimento.
Y la emoción empezará a bullir desde algún lugar dentro, que no recordábamos que existía y que parecía estar extraviado o mutilado. Ese centro micro cósmico que se ha activado lejos de las prisas, los rumores, el estatus quo , el progreso, las macroeconomías y las pertenencias a lugares y grupos, que resecan la piel del alma.
Y nuestras reuniones serán sinceras o más sinceras; y las palabras parecerán haberse escogido para la ocasión, pero serán genuinas y naturales. Lo intentarán. Y las miradas ya no serán ciegas o desviadas y todas las voces serán un canto de agradecimiento por la vida y la oportunidad.
Porque nos hemos dado cuenta que bajo la misma tormenta en diferente barco, nuestros miedos y anhelos son similares, ancestrales y universales.
Y sabremos el significado de la trascendencia a pesar de no poder explicarlo en los tantos lenguajes posmodernos y antiguos que hemos hablado.
Porque desde ahora estaremos listos para hablar desde el corazón y no solamente desde la lengua.
Y seremos los mismos pero renovados.

